miércoles, 8 de diciembre de 2010

Espérame en el cielo

Ya no es lo mismo de antes. Te fuiste hace cuatro años, y desde tu partida la vejez se apropió de mí. Desde que se fue ese compañero de vida… nunca pude volver a sonreír como antes. Cómo me gustaría volver a jugar cartas contigo, cocinar juntos, discutir juntos. Daría todo por escucharte roncar nuevamente, por gritarte que dejes de comer, por decirte que no le des tanta papilla a nuestra nieta, que ya está bastante gordita.



Ya no es lo mismo de antes, mi memoria ya no es la misma y me canso con más facilidad. Mis arrugas se hicieron más profundas, y ya no soy la misma de hace cuarenta años. A veces lloro mirándome al espejo, ¿por qué Dios es tan injusto? ¿Cómo cambié tanto? A veces quisiera irme de una buena vez.


Mis hijos ya no vienen a visitarme, he pasado a ser un estorbo más en la familia. De mis tres nietos, la única que viene es Andrea, y muchas veces terminamos peleando.


Ya no me puedo acordar de las cosas como antes, de nada sirven los mil crucigramas que hago día a día. Es triste, ¿sabes? Ni siquiera puedo mantener una conversación, nadie puede entenderme… no puedo darme a entender. Mi sazón no es la misma, ya me olvidé de comidas que hacía desde los once años, cuando mamá me dejó a cargo de mis cinco hermanos. Ya no me da hambre, no le siento gusto a nada…


Últimamente me he vuelto más paranoica que nunca, hay muchas personas que quieren dañarme. Mi hija mayor dice que es porque no salgo. Pero dime, ¿a dónde voy a ir? No le veo el sentido a andar en la calle, eso es para los jóvenes.


Hace semanas que no sonrío, hace semanas que nadie viene a visitarme, hace dos días que dejé de cocinar, estoy cansada.


Me duele la cintura eternamente, me duele la rodilla cuando estoy mucho tiempo parada, y la espalda cuando estoy mucho tiempo echada. Me pregunto… ¿cuántos años más tengo que padecer? Ya no me queda mucho, mi única esperanza es Andrea, no tengo nada más aquí.


Mis hijos día a día se alejan más, soy un peso en sus vidas, un gasto más. Ya quiero irme de aquí.


Aún recuerdo esas tardes veinteañeras, cuando salíamos a bailar, cuando me adorabas y yo te adoraba a ti. Cómo adorabas ese lápiz labial rojo que no me quitaba ni para dormir, y yo cómo adoraba ese bigotito y ese sombrero que tanta clase te daba… Éramos la pareja perfecta. Y pensar que hoy ya no puedo maquillarme, el pulso me traiciona; me parece un tanto ridículo maquillarse ya a esta edad, ¿para qué? Si ya nadie me mira, y no quiero que nadie más me mire.


¿Recuerdas cuando nació nuestra primera hija Sofía? Éramos tan jóvenes, y Sofía era tan hermosa. Andreita, su hija, está más hermosa ahora que ya va a cumplir quince años. Se parece mucho a Sofía, y tiene un aire a mí cuando tenía veinticinco…


Y pensar que tú lo único que querías era ver a Andreita cuando cumpliera quince… ya se acerca su cumpleaños y tú no estás aquí. Y yo tampoco debería estar.


Me queda poco tiempo, lo tengo asegurado. No más de un año, no puedo más de un año.


Me duelen los ojos, las gafas ya no me sirven para nada, cada día veo peor y tengo una tos que no se quita con nada. He subido de peso a pesar que no como mucho.


Ya no es lo mismo de antes, ya no aguanto esta soledad, ya no aguanto dormir a un lado de la cama sin tener a quien callar en las madrugadas, ya no aguanto no verte afeitar por las mañanas, ya no aguanto no dejarte preparado el cepillo de dientes. No aguanto levantarme y preparar el desayuno para mí sola. Ya no aguanto vivir…


Espérame en el Cielo, mi amor, que pronto iré a hacerte compañía.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Salud

La soledad la consumía, la nostalgia de aquella adolescencia perdida era su compañera del dia a dia, el miedo a no tenerle ya miedo a nada era un asunto imposible de olvidar. ¿Qué había hecho de su vida? Los restos del amor de su vida descansaban en un cementerio a las afueras de la ciudad, su madre no queria saber nada de ella y su padre había fallecido cuando ella a penas tenía cuatro años. ¿Qué le quedaba ya a sus treinta y ocho años? ¿Y aquella mejor amiga de toda la primaria, secundaria y academia? Probablemente casada y con hijos, con una carrera a lo mejor no tan millonaria como la de ella, pero qué más da un poquito más o un poquito menos de dinero, si esa frase cliché de "el dinero no compra la felicidad" tiene tanta razón. Un whisky doble más, por favor, que no aguanto esta pena, sí, en las rocas, gracias. Ya lleva cinco whiskys y está a punto de caerse al suelo y morir ahí, pero qué mejor muerte para una escritora famosa: sola, millonaria y borracha, ¡qué clase!
Pero no iba a morir en ese momento, no sin su copita de vino, como debe ser. Ese día se cumplirían 32 años de amistad con ella, de fraternidad, de amor, de compañía. Y ella seguía en aquel bar con el mismo quinto whisky doble en las rocas. Y ahí se iba a quedar porque no sabía tomar y estaba muy borracha como para conducir hasta su lujosa y muy, pero muy sola casa.
- Treinta y dos años, ¡salud! - le dijo a una señora de aparentemente su misma edad.
- Treinta y dos años, amiga mía, y sólo ebria puedes reconocerme.
Aquellas dos mujeres solas, pasadas ya los treinta años, y muy pero muy borrachas rompieron en un llanto típico de aquella combinación de whisky doble con gotas de recuerdos, pena y nostalgia. Una situación tan patética, tan penosa como era de esperarse.
Ninguna de las dos se había casado, ni tenía familia, ni más amigos que el recuerdo de una juventud descontrolada- Y dos copas de vino, por favor, para celebrar este vergonzoso reencuentro, gracias, y es que màs borrachas no podemos estar, ¡por nosotras! por haber perdido tanto tiempo valioso, por no tener vida, por nosotras caricho, porque más borrachas no podemos estar.
Entonces así, borrachas y felices, salieron de la mano a las cinco de la mañana en dirección a ningún lado, en dirección a recuperar el irrecuperable tiempo perdido. Después de todo, la soledad en compañía nunca llega a ser tan mala como la soledad en soledad.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Cualquiera

Una sonrisa cualquiera no puede hacer cambiar mi día, una sonrisa cualquiera es simplemente eso: una sonrisa cualquiera, sin valor, sin sentimientos ni emociones, una sonrisa que no va ni viene, ni da ni recibe.

Cansada de esperar aquella que nunca llega, cansada de pararse bajo la lluvia en un día de primavera, cansada de tardes frías de verano y de días soleados en invierno… no hay más sonrisas ya. Pero qué más da, cansada de suicidarse eternamente y seguir viva, cansada de deshidratarse y tener agua aún en el cuerpo, cansada de morir de hambre y sentirse satisfecha; tan sólo necesitaba una sonrisa perfecta, no una sonrisa cualquiera.

Sola, se sentía sola, se siente, no, no se siente. Una muerta, está muerta pero sonríe, pero su sonrisa es una sonrisa cualquiera. Sin nadie, sin nadie firme, sin nadie en carne y hueso. Cómo desearía que todos ellos fueran reales, que estuviesen presentes a su lado, diciéndole al oído lo mucho que vale… cuánta falta le hacen aquellos amigos de verdad, aquellos que no tiene más a su lado.
Y si debiera perderlos, y si lo mereciera lo aceptaría, pero, ¿por qué? Basta de sonrisas cualquieras, por favor, ¿a caso no ven su desesperación? No es buen momento para preguntas, porque no habrán respuestas, no habrá nada ni nadie que remedie algo.

Como en cuentos de hadas aparecen, como en cuentos de hada prometen, como en películas desaparecen, como en películas no cumplen, como en la vida real nada es real. No hay días de luz, no hay finales felices, no hay finales porque la vida continúa.

¿Amor? El amor se demuestra, no se dice ni se lee. ¿Cómo coño demostrar algo indemostrable? ¿Cómo hacer lo imposible a kilómetros de distancia? ¿Cómo madurar cuando todos te ayudan a seguir como estás?
Una sonrisa cualquiera no puede hacer cambiar mi día… Yo necesito tu sonrisa, una sonrisa de una persona real como tú, como cada persona, cada amiga que está esparcida por este asqueroso mundo. Necesito un abrazo tuyo, un beso de él, una cachetada de ella; necesito a alguien real y firme, alguien al que pueda abrazar, besar, cachetear. Necesito alguien más, a veces no es suficiente con tenerlo, a veces necesito una amiga, una esposa, una novia, una hermana, algo.

Aunque se debe admitir que si estuviese sola no se sentiría bien, si no lo tuviese, si estuviese soltera, solterona y sin amigas.
Después de todo no está en una soledad tan solitaria.
Después de todo sigue necesitando una sonrisa que no sea cualquiera, y mucho menos de cualquiera.
Amigas, las necesito tanto a mi lado.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Eres mia

Salí de mi casa a las 5:30pm, el camino en bus eran unos quince minutos, llegaría tarde, pero con la seguridad de que él todavía no estaría ahí. Lo conozco, conozco su impuntualidad. Pero, aunque suene raro, me encanta esperarlo, llenarme de nervios, dejar que el viento me despeine un poquito, y que él me vea ahí parada, esperándolo. Esperándolo, como siempre lo hice.
Llegué diez para las seis, esperé un par de minutos con los audífonos puestos, escuchando the nicest thing - Kate Nash, y sí, esa canción siempre me gustó para cuando se trataba de él.
Ni bien terminó la canción, con esa frasesita hermosa I wish that we could see if we could be something, alguien me tomó de la cintura, me dio un beso y me abrazó. Era él, no lo había visto llegar, no le había sonreído al verlo dos metros lejos.
- No te vi llegar - atiné a decirle.
- Entré por atrás - me dijo mirándome de pies a cabeza. Hizo una seña de aprobación - que bonita estás.
Caminamos como siempre, en dirección al parque de siempre. Llegamos a nuestra banca predilecta, pero nos adelantamos un poquito y nos fuimos a otro parque. Nos sentamos y nos pusimos a conversar de él, como de costumbre. Luego me preguntó por mí, por cómo iba la relación con mis padres y hermanos. Mencionó muchas, muchísimas veces el hecho de que ya tenía dieciséis y era una señorita, que me veía muy linda y que amaba mi cabello, mi olor, mis ojos, mis cejas y mis besos.
Nos besamos un largo rato, hasta que comenzó a hacer un frío infernal (sí, suena algo irónico decir infernal cuando hacía frío, en fin). Y no era para menos, estábamos en julio. Nos abrazamos muy fuerte, y me dijo de nuevo, como dos años atrás: "te diría que quiero pasar una noche contigo, pero ya lo hicimos".
Y en mi cabeza no dejaba de sonar la frasesita esa Look, all I know is that you're the nicest thing I've ever seen, and I wish that we could see if we could be something... Yo siempre quise algo con él, y había sobrevivido a la necesidad mortal de hablarle de aquello, de decirle que no quería ser un beso más. Sobreviví por miedo a perderlo, no fui a la guerra por miedo a salir herida. Así no iba a perder nada. Pero Ricardo era una de las cosas más bonitas que me habían pasado, después de Israel, claro está.
- ¿Te dije que estoy viviendo sola? - Le dije.
- ¡Carajo Amber! Te felicito pues...
- No quiero dormir sola esta noche
- Ay Dios Santo - dijo haciendo un sonido que indicaba que mal pensaba todo, pero estaba bien, yo lo dejaba mal pensar siempre.
- ¿Estás libre esta noche?
- Siempre estoy libre para ti
- ¿No irás donde tus amigos?
- No Amber, prefiero una noche contigo. Ellos pueden hacerlo sin mí.
- ¿Qué traes en la mochila?
- Me iba a quedar en la casa de Alonso, entonces traje un lompa un boxer y otro polo.
- Preciso, ¿no?
- El destino, como aquel día en el que no sabía si acercarme a ti o no.
- Lo mejor.
- Me cago de frío Amber.
- ¿Nos vamos?
Nos levantamos y nos quedamos abrazados besándonos unos minutos. Enseguida caminamos de la mano hacia el paradero, donde él siempre me dejaba. Esta vez era diferente, todo sería diferente porque había empezado diferente: no lo esperé mucho, no lo vi llegar, no nos sentamos en la misma banca, y finalmente, no me regresaría sola a casa.
Tomamos un bus que estaba casi vacío, y nos sentamos y nos pegamos mucho para darnos calor. Me levanté y le dije al conductor que bajaba en aquel paradero, Ricardo salió detrás mío. Caminamos tomados de la mano sin decir palabra alguna. Finalmente llegamos a mi pequeño apartamento. Abrí la puerta.
- Bienvenido.
- Wow Amber, qué rico
- Acá dentro no hace frío
Nos sentamos en el sofá a ver televisión, preparé café y serví unas galletitas. Abrazados, terminamos de ver la película, por primera vez. Momentos después fuimos a la cama, estábamos cansados. Yo sabía que no iba a ir más allá, no en nuestra primera noche de invierno juntos. Al menos quería eso.
Me recosté, él entró al baño y salió en "pijamas", el cual constaba de su boxer y un polo. Se tiró encima mío y me susurró al oído: Eres mía.

jueves, 5 de agosto de 2010

Reencuentro

Nos reencontramos en aquel bar, no fue difícil reconocerlo aún así después de nueve años sin verlo. Él tenía 28 y yo 22, había pasado tanto, pero tanto. Yo me había vuelto a enamorar, él estaba próximo a casarse con su amada Alessandra. Sin embargo, ahí estábamos los dos, dos amantes frustrados y sin futuro, recordando lo poco que duró, y lo hermoso que fue. Yo, poco tiempo después de que nos prohibieran vernos, un año aproximadamente, empecé una relación con aquel músico perfecto, con Josué… Pero no puedo explicar el sentimiento de reencontrarme con Leonardo, de pronto volví a tener 13 años, volví a sentirlo a mi lado. Volvimos a recordar juntos. “¿Recuerdas cuando tuve que ir a comprarlos?”, me preguntó. “Claro, y cuando regresaste la vecina te vigilaba por la ventaba, felizmente no te vio entrar al edificio”, respondí. Tantas cosas vividas en tan poco tiempo. Él iba vestido completamente casual, mientras yo iba con un vestido blanco y zapatitos de taco, para aparentar un poco más de 22 años. Tomábamos una copa de vino, mientras él fumaba como nunca lo vi fumar. “Sí Fiore, fumo más que nunca. Tengo que admitir que tenerte frente a mí me pone más nervioso de lo que nunca pensé”. Yo me comía las uñas, recién pintadas de un rojo intenso, como siempre le gustó a Leonardo. Estaba impaciente, necesitaba tocarlo. Ni bien entré al bar y lo vi sentado, lo primero que pensé fue en darle un cálido beso en la mejilla, pero no pude con mis nervios, le dije un frío ‘hola, a los años’ y me senté frente a él. Me miraba con esa mirada pícara de antes, no había cambiado en nada. Bueno, tal vez ahora tenía un poco menos de cabello, y ya no llevaba aquella trencita que solía usar en invierno. Su piel estaba un poco más plomiza, y sus labios un poco pálidos. Es el cigarro, afirmé en mis pensamientos. Mi celular sonó, era Josué preguntando si iba a ir en la noche a la reunión en el refugio, le dije que no sabía, que a lo mejor y tenía algo que hacer. No sé mentir, lo único que quería era hablar con Leonardo toda la noche, para siempre si era posible. Sentía algo extraño, no era enamoramiento. A mi edad ya aprendía a diferenciar entre gusto, ilusión, enamoramiento y amor. Sí, aún lo amaba, pero cuando pensaba en Josué se me olvidaba que estaba con mi primer amor al frente mío, y lo único que quería era ir y recostarme junto a él, que me hiciera masajes y me susurrara cosas al oído. “Te vez hermosa Fiore, hermosa”, me dijo Leonardo. Había olvidado su costumbre aquella de repetir los adjetivos dos veces, y de pronto retrocedí todo. “Te extraño”, le solté. “¿Nos vamos?”, me dijo. Afirmé con la cabeza, pagó la cuenta y nos fuimos. Nos subimos a su auto, me preguntó a dónde quería ir y respondí que no sabía. Nuevamente dejaba todo a su disposición, y él lo notó. “No has cambiado Fiorella, no has cambiado…”, dijo seguido de una sonrisa de esas clásicas suyas. “Ale está en el apartamento, ¿a dónde quieres ir?”, repitió. Yo no sabía a dónde quería ir, no me importaba en realidad. “A mi apartamento, vivo sola desde los 18 gracias a mi papá”, dije. Me llamó inmadura y mantenida. Quince minutos después llegamos a mi mini-departamento en Miraflores, estacionó el coche mientras que yo jugaba con mis llaves. Entramos, estaba todo prolijo y ordenado, como nunca antes. Nos sentamos en el sofá, puse un disco con música clásica y le pregunté si quería una copa de vino tinto. “Cómo has crecido preciosa, ya no eres una adolescente y eso me encanta”. No me la creí esta vez, me sentía tan diferente… Serví el vino y me senté a su lado, encendí un cigarrillo yo también, y él me acarició el cabello. Volteé el rostro y lo vi tan cerca de mí, podía sentir su respiración, él no paraba de mirarme los labios… “Amo a Josué tanto como tú amas a Alessandra”, le dije. Alejó el rostro y me dijo “Tengo que irme”. “¿Te vas porque sabes que no tendremos sexo?”, pregunté un poco decepcionada. “Sí Fiorella, me encantas, me encantas y no me resisto a ti”, le dije que se fuera entonces, le di un beso en la mejilla y lo oí arrancar el auto. Se fue, yo me bañé, lavé las copas, y me fui al refugio con Josué y sus amigos, jamás la pasé tan bien con él, siempre había vivido pensando que estaba con él porque quería recuperar lo que Leonardo nunca me dio. Y ese día precisamente me di cuenta que amaba a Josué como nunca jamás había amado a nadie.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Wake up alone


Un vaso de whisky doble en las rocas, un cigarrillo prendido, la radio encendida y la mesa puesta. No va a llegar, él no va a llegar. Hoy desperté sola, como todos los días. Desperté sin él a mi lado, porque nada va a volver a ser como antes. Esas noches de ensueño se quedaron ahí, abandonadas en un pasado en el que sólo puedo regresar en mi mente... Despierto sola, en una mañana fría de julio, y por cosas de la vida no hay mensajes en el contestador, por razones que jamás entenderé no tengo pareja fija desde que amanecí con él, los dos completamente vestidos, después de una noche tan hermosa de besos y abrazos... Y nada más. Tomar para recordar, ese whisky apesta si no lo tomo junto a ti. Pero bueno, hoy desperté sola... Y no hay aviso alguno que me diga que mañana será diferente. Él habrá despertado con una prostituta, o con una chica de negocios... Él habrá despertado solo como yo. ¿Volverás? No, la respuesta es clara, clara como no están mis pensamientos hoy.  Hoy me he fumado dos cajetillas grandes de Marlboro Rojos, de esos que él nunca fumaría, porque él no fuma y yo sí, porque el otro me dejó ese maldito vicio. Pero no importa, cuando lo vuelva a ver no tendré olor a cigarrillo... Cuando lo vuelva a ver tendré esas converse que él ama, ese pitillo desgastado y esa casaca negra, y pareceré lo que él quiera que parezca. Cuando lo vuelva a ver a solas tendré que vestirme femenina, y que se sienta orgulloso de salir conmigo, y por ende le suba el ego. Un chico como él saliendo con una chica como yo, no debería. No quiero encontrar lo que tú no me supiste dar, te quiero encontrar a ti mi amor, regresa, regresa el tiempo a aquella noche. ¿Puedes? Sí, tú todo lo puedes, si eres capaz de hacerme volar tan sólo con respirar cerca mío, ¿por qué no podrías regresar el tiempo? No, no, que yo sea difícil de complacer no quiere decir que tú todo lo puedas, ¿cierto? Lo siento, no quiero despertar sola mañana mi vida. ¿Qué te parece si te das un poquito de cuenta de lo que siento por ti? Es  que ya lo sabes, eso es lo peor... ¿Y si llamas? No tengo tu número, maldita sea. Quiero que suspires y digas tres veces mi nombre, que me acaricies el cabello y me recalques lo bien que huelo, que me digas que mi mirada te intimida, y que mis labios son sabrosos, que me digas lo bien que sabe mi labial en mis labios y lo sexy que me veo vestida de chica mala. Quiero que me cuentes tus sueños, y lo que haces al recordarlos, que me digas lo bien que hablan tus amigos de mí, y de lo bien que te hago quedar. Quiero recordar contigo por teléfono, y volver a vivir. Quiero despertar a tu lado una noche más...

lunes, 2 de agosto de 2010

Amelia (?)

Bueno, al menos las primeras palabras ya están puestas, así que supongo que este es un inicio. Ni bueno ni malo, un inicio y punto. ¿Qué es esto? No lo sé, no sé nada hoy. Hace un momento todo pintaba rosa, pero ya no más. Y como en un cuento de drama, la historia se desarrollaba con una tétrica musiquilla de fondo. ¿Y ahora? Ahora nada, ahora metal. Ahora soy una perdedora.

Estaba ahí, echada en su cama escuchando As Blood Runs Black a todo volumen. Y su mamá desde su cuarto gritando que apagara esa música de mierda. Que cómo era posible llevar un cristianismo como proclamaba y escuchar esa música satánica.



- ¡Tú no eres cristiana! – Gritaba la madre enojadísima.


- ¿Qué hablas? Déjame tranquila, ¿sí? – Respondía la hija creyéndose una adolescente rebelde.


- ¡Honra a tu padre y a tu madre! ¿Qué acaso no te enseñan eso en esa Iglesia de mierda a la que vas? No sé por qué no eres católica, los cristianos son todos raros, son sus creencias estúpidas.


- Ya basta.


Nadie iba a enseñarle cómo llevar su cristianismo. Bueno, en todo caso, Amelia no era una cristiana modelo. Su vida era un caos completo, pero le gustaba así. Adoraba no ser normal, vivir una vida irónicamente preciosa. Irónica, ésa era la palabra que la describía. Ironic, de Analis Morisette era una canción que definía su vida. Tenía apenas 15 años, recién empezaba su vida. Y como muchas adolescentes ya a esa edad, tenía muchos problemas. Comenzaban los consejos que nunca seguía, comenzaban las escapadas de casa, los besos con lengua, las insinuaciones de chicos. Comenzaba la vida realmente.

Ahora un poquito de punk acústico, para disminuir la rabia, para aumentar el dolor al recordar. Porque cada palabra es una punzada. Una punzada agriamente dulce. Figúrate, yo aquí muriendo de frio, y tal vez tú, en el otro lado del mundo, sudando, muriendo de calor. ¿Irónico no? Porque cuando hace mucho frio te gustaría que haga un poco de calorcito. Y cuando hace demasiado calor cómo desearías un poco de viento para refrescarte. Porque cuando eres lacia deseas ser ondulada, y cuando eres ondulada matarías por ser lacia. Porque si eres blanca te gustaría broncearte, y si eres morocha te gustaría ser blanca. Porque no tienes los ojos verdes, porque no los tienes azules, porque no los tienes cafés. Porque si pesas así te gustaría pesar menos, y si pesas asá te gustaría pesar un poco más. Porque nunca estás contento con lo que tienes. Porque la vida está llena de ironías. Porque tal vez no tenga sentido lo que escriba.


Se quedó dormida con un documento en Word abierto, tratando de escribir su vida. Despertó a las dos de la mañana, con el ruido de la ventana de su cuarto sonar, debido al fuerte viento que había esa madrugada. Frio, frio de madrugada, no había nada más rico que eso. Se quedó un gran momento viendo el cielo, que por cierto esa madrugada de mayo se veía más hermoso que nunca. No había una sola estrella, ni una sola nube. No había nada, más que el cielo entre violeta y oscuro. Ven querido amor, ven a conocerme, ven a que te conozca, ven a encontrarte. Ven a decirte que lo siento. Ven a traerme problemas, como todo amor adolescente. Amelia se volvió a dormir.



- Amelia, son las siete de la mañana. – Dijo mamá.


- Ya mami, ya me levando.


Y cuando vio la hora: eran las seis y veinte. Siempre era así, siempre le mentían con la hora para que se levantara. Pero ya ni modo, tenía que ir al colegio nuevamente. La semana empezaba igual de cagada que siempre. A bañarse. Frío. Y bueno, esta vez sí que llegaría temprano a la mierda, digo, colegio. Cuarto de secundaria, un año jodido. Todos dicen que en Perú al menos, tercero de secundaria es el peor grado, el más tranca. Pero para Amelia todo se complica en cuarto. Sobre todo cuando en tu colegio hacen el viaje de promoción en ese año. ¿Qué? Sí, están locos. Nadie dijo que sería tan difícil el colegio.


Compañeros inútiles, sin sentido, viviendo vidas normales. Chicas fáciles, chicos que se creen muy vivos. Bueno, el drama de toda escuela, creo yo. Y bueno, siempre hay una Amelia en cada salón. De esas chicas bonitas pero tranquilas, a esas a las que un chico pendejo jamás le pediría para estar. De esas chicas con las que los piropos no dan resultado. De esas inteligentes de las que ya casi no hay en estos tiempos. Y además de todo: cristiana. ¿Un asco completo no? ¿Pero qué tiene de malo ser bonita? Que te quieren para otras cosas. ¿Qué tiene de malo ser tranquila? Que no te quieren para nada. ¿Qué tiene de malo ser cristiano? Me agarraron, no sé qué tenga de malo, pero tampoco sé que tenga de bueno. Finalmente entró el profesor de álgebra. Ese profesor que Amelia tanto detestaba. Era un daño con él. La clase se pasó extremadamente lenta. Y el recreo llegó finalmente. A juntarse con el grupito de siempre. Esas chicas que o tienen enamorado, o han estado con medio colegio. Eso a Amelia no le gustaba, siempre pensó que las relaciones dentro del colegio no servían para nada. Es que es simple: no puedes enamorarte estando en el colegio, es un daño. Todo lo que empieza en el colegio, termina en el colegio. O en la universidad, o como quieras pensar. Y esas chicas, ni tan bonitas, ni tan fáciles, eran la única compañía de la solitaria Amelia.


No me gusta el nombre Amelia, nunca lo disfruté. Es como aquellos nombres de tiempos pasados, que no se usan más. Y mamá nunca para de decirlo: Amelia esto, Amelia lo otro. No necesitan recordarme que tengo ese nombre, Dios. Y lo lamento si te llamas Amelia, es simplemente que jamás disfruté de ese nombre. Se me congelan los pies, pero no tengo ni la menor intención de taparme o ponerme medias. No quiero ni pensar, en este momento tengo un nudo inmenso en la garganta. No más recuerdos, no más imaginación. Por la recontra puta. Es difícil escribir así y pensar que después te leerán aquellos de tu Iglesia, y se darán cuenta que el enemigo está ahí retorciéndote la mente, haciéndote tener pensamientos extraños. Es duro aceptar que después de esto te marginarán, o tratarán de convencerte de que uses ese don que Dios te dio para escribir sobre Él y los cambios que hizo en ti. Pero sinceramente, no leería libros acerca de Dios. Es más, los he comprado y no he pasado del primer capítulo, y en algunos, no he pasado de la introducción. No quiero cambiar. Y bueno, si soy un poco más honesta, me interesa un carajo lo que la gente pueda pensar de mí. Soy como soy, creo en Dios, lo amo a Él, pero no amo a la religión.
 
De regreso a casa era lo mismo de todos los lunes: lentejas. ¿Qué acaso las familias peruanas no tienen más imaginación? Medio millón de peruanos come lentejas los lunes. Y a Amelia no le gustan las lentejas. Dice que no quiere comer, su madre dice que bote la comida si no le gusta. La bota. Entonces se acerca el drama de nuevo, que por qué la botó, que por aquí, que por allá. Portazos. A hacer tareas, la monotonía de siempre. Y es que siempre se ponía a pensar, y a darse cuenta de que su vida no servía para nada más que estudiar y tratar de progresar. Su mamá tan sólo quería que sea profesional, que estudiara turismo y hotelería, tal vez para así poder viajar y salir del maldito país. Pero ni se daba cuenta que Amelia no tenía vida. Jamás salía a fiestas mundanas, no fumaba, no tomaba. Era prácticamente una monja. Sin ofender. Entonces ponía en su reproductor un poco de death core, para relajarse ella y que su madre se enojara más. Guturales, guturales, y más guturales.



Así pasaban las semanas, y el frío en Perú comenzaba a aumentar. El mundo se estaba destruyendo de a poquitos, la gente lo estaba destruyendo. El fin del mundo se venía, o tal vez, lo único que se venía era el fin de la monotonía de Amelia. Siempre se ponía a pensar en qué era aquello en lo que pensaba tanto, aquello que necesitaba. No necesitaba de un chico, no era como todas las demás. Pero algo faltaba en ese corazoncito, tenía un vacío que nadie podía llenar. Un vacío que tal vez no estaba vacío, tal vez y simplemente estaba dañado. Pero nadie podía objetar o reparar en eso. Tenía una vida tan común en aquellos tiempos. Padres divorciados, su mamá hizo su vida, su papá la suya. Medios hermanos por todas partes. Rebeldía adolescente común. Madre que se creía perfecta, padre que no existía. Algo tan normal. Y es siempre lo mismo. Pero ¿quién eres realmente? ¿Para qué vives? ¿Para los demás? ¿Para tus padres? No, trata de nuevo. ¿Ves? Es siempre lo mismo. Y los chicos que ahora todos tocan algún instrumento. Y las chicas que ahora todas se delinean los ojos. Es siempre lo mismo. Pero Amelia toca guitarra, y no se delinea los ojos. Y por sobre todas las cosas: no es lesbiana. Entonces qué mierda será, porque tampoco le gusta ningún chico. Tal vez no sea nada, y su único propósito en la vida sea ser lo que su madre quería. Su controladora madre. Muchas veces llegaba a sentir que no sentía amor. Sentir que no sentía, gran frase. Pero tomémosla como ella era: tierna, dulce. No, no era ni mierda.


Junio llegó, el peor mes del año desde siempre. El colegio seguía exactamente igual, nada parecía cambiar. Nada iba a cambiar ya, y la desesperación no podía más con ella. ¡Necesito irme de aquí! Gritaba en su mente. Necesitaba huir, encontrar una verdadera razón de ser. Pero no podía, porque simplemente no tenía las agallas suficientes, no era una persona aguerrida, una persona de valor, era una simple cobarde. No estaba acostumbrada a esas cosas, a ese dolor inmenso. Y es que los días se pasaban con ese dolor en el pecho, sin nada ni nadie capaz de sacárselo. Sus amigas ahora eran sólo compañeras de recreo. No tenía vida social, no tenía amigas, era toda una completa extraña en ese colegio. Y de vez en cuando se le acercaban algunos chicos a hablarle, pero todos salían espantados. Sin embargo siempre se hablaba bien de ella: que es una chica dulce, que es bien bonita, que es diferente a las demás. Cómo causar tan buena imagen hablando tan poco.


Dolor era la única palabra que tenía en mente, dolor inmenso. Inocencia, era muy inocente, no sabía nada de la vida, pero a la misma vez sabía mucho. Nunca había tenido un enamorado, nunca había sentido lo que era un abrazo de amor, un piquito, un beso, un beso apasionado. No, nunca. Eso es en lo único que piensan los adolescentes, aquellos que están con las hormonas a mil. No, eso no era lo único en lo que pensaba Amelia. También pensaba en metal y reggae, y en mucho dolor. Había llegado al punto de quedarse sin un miserable amigo, no tenía nadie con quien hablar. Y bueno, en sí nunca hablaba mucho, nunca contaba nada. Tampoco tenía nada que contar. Impotencia, era también un nuevo sentimiento, o sensación, o lo que sea. Se sentía impotente de no poder hacer nada por ella misma, impotente de no poder ser como los demás.

Justo cuando pienso que nada puede ser peor, comienzo a recordar todo. Tengo muchas ganas de llorar, pero no puedo parar esto, tengo que seguir. Un poquito de reggae. ‘Tú sabes que el amor existe’. Sí, sí que existe. Como también existe la soledad, la decepción, el desamor, etc. No es real esto, esto es un sueño, una ilusión, un espejismo. ¿Lo es? Por favor dime que lo es. No aguanto el frio, pero más fría está mi alma. Está congelada, me impide volver a lo mismo. Es extraño cómo en unos minutos las sensaciones van cambiando, las emociones, los pensamientos. Es impresionante cómo funciona el cerebro, ¿no? O el enemigo, no lo sé. Ah, y que quede claro que con la palabra ‘enemigo’, me refiero al demonio mismo. Así suelen llamarlo los cristianos, creo. Aunque ahora último ya no sé nada del cristianismo, ni de lo que esto significa.

Amelia nunca olvida, pero ha vivido tanto que no tiene nada que recordar. Soy irónica. Amelia no ha vivido nada, no tiene vida, tal vez ni siquiera exista. Por eso, ese día era un día especial, era el día en el que ella moriría.



Alistó todo. Una navaja muy afilada y unas aspirinas. La muy ingenua creyó que moriría así. Tonta, así jamás morirás. Y como dice la canción, ‘tu ignorancia es nuestro peor enemigo’. ¿Y mamá? Mamá bien gracias pintándose las uñas y maquillándose para su novio el feo alto de mierda. Hijo de puta, cómo le robó a Amelia su mamá. Ratero. ¡Policía, lléveselo! ¡Llévese a este malnacido que le robó su mamá a Amelia cuando cumplía siete años! ¡Léveselo y dele pena de muerte! ¿Mamá también tenía derecho a ser feliz no? Sí, pero a costa de Amelia no tenía justificación. La relación madre-hija no existía en esa casa. A veces era como si su madre no la quisiera. Era todo tan triste. Se remangó los brazos. Muerte lenta y sangrienta. Comenzó. Un poquito, primero suavecito para acostumbrarse al dolor. ¡Auch! Sí dolía un poquito. Pero no era como esperaba, la sangre no rebalsaba, no salía a chorros. Un poco más fuerte. Sus brazos se llenaron de puntitos de sangre. No escurría. Más fuerte, ya no sentía dolor. La sangre comenzó a chorrear, y Amelia lloraba, lloraba y gemía. Entró su hermano menor. Le preguntó que pasaba, y ella sólo le dijo que un gato la había arañado. ¿Qué pasaría con su pobre hermano? ¿Lo dejaría así? Conociendo a su madre. Amelia, eres muy egoísta, y quiero que lo sepas. También quiero que sepas que Z no es la última letra del abecedario. Nada de lo que quiero que sepas es cierto, y lo sabes. Su vida es una mentira. Pero es la clásica de los suicidas, ¿no? “Yo ya estoy muerto por dentro, soy un muerto en vida. Qué más da si me muero en carne y hueso, si mi alma ya está muerta”. Y nunca un suicida tuvo tanta razón. Amelia no paraba de llorar, necesitaba una explicación. Tenía mil razones para morir, y ni una para vivir. ¿Su hermano? Él se las arreglaría. La sangre paró de chorrear, y Amelia no se sentía ni un poco mal. Salió de su casa corriendo, total, era viernes, podía regresar hasta el domingo a hacer tareas para irse nuevamente a la mierda, corrijo de nuevo, colegio. Corrió, corrió y corrió. Sólo se había tomado la molestia de llevar consigo su billetera con cincuenta soles. Se cansó de correr, se había olvidado que tenía unos diez días sin comer. ¿Anorexia? No, no era anoréxica, simplemente no tenía hambre. No quería bajar de peso, total ya estaba muerta, a nadie le iba importar verla gorda o delgada. Era la misma chola con diferentes polleras. Tomó un taxi desde San Isidro hasta Plaza San Miguel, era lo más lejos que conocía ella. Se fue a un parque que quedaba por ahí a llorar, a querer desaparecer. Quería explicarse por qué no había podido morirse. Quería entender cómo era que la gente podía creer en Dios. Amelia sí creía en Dios, pero no lo entendía. Oraba, o al menos trataba de hacerlo, pero siempre era lo mismo, porque cuando tienes el corazón tan dañado, y no estás dispuesto a aceptar a Dios en tu alma, jamás sanarás. Jamás. Dejó de pensar, y comenzó a llorar más. No había nadie en ese parque, y ya estaba oscureciendo. No, no tenía miedo, no más. ¿Miedo a qué? ¿A que vengan y la violen? No, ya no había nada que perder. Nadie podría quererla a ella. Ella no sabía lo que era que alguien la quisiera, al menos nunca se percató del inmenso amor que le tenía su familia. ¿Inmenso? Dejémoslo en amor simplemente. Y no sigo, porque después quedaré en un simple aprecio. Y seguía llorando la condenada, ya nada podía pararla.


- No llores. – Era un chico un poco guapo. – No sé por qué llores, pero si es por un chico no vale la pena. Los hombres son todos unos hijos de puta.


- No lloro por eso.


- ¿Puedo ayudarte?


- No. – Lo miró a los ojos.


- ¿Vale la pena por lo que estás llorando?


- Mi llanto no tiene motivo, mi vida no tiene motivo.


- ¿Qué dices?


- Déjame, sólo trato de morirme.


- Cortándote las venas no te vas a morir preciosa. – Dijo mirando sus brazos completamente descubiertos. - La vida es muy bella.


¿Bella? ¿Por qué todo el mundo tiene esa estúpida manera de pensar? La vida no es bella, no tiene nada de bella. Bella para los felices es. No quería hablar.






- ¿Vives por acá? – Preguntó él.


- No.


- Mira, yo una vez me quité de mi casa, y me fui donde unos amigos. Mis viejos me hicieron pasar por pendejadas bien feas. No sé por qué te quieras morir, yo he pasado por cosas asquerosamente feas, y por las huevas no es. Siempre todo tiene un motivo.


- No me vengas, por favor, con que Dios tiene grandes planes para mi vida. Estoy muy cansada de eso.


- ¿Dios? Dios no tiene planes para ti, eres tú la que los tiene. Eres sólo tú la que decide seguir así como estás o poder mejorar.


- Me llamo Amelia.


- Soy Ramón.


Hablaron hasta las once de la noche en aquel parque de San Miguel. Él era lindo, ella linda. Pero para Amelia nada podía pasar, por el simple hecho de que ya estaba muerta, y nada más iba a cambiar.


- ¿Por qué te cortas?


- Porque me quiero morir.


- Nada, estás muy rica para que te mueras. Que se mueran las feas y las cholas, a esas nadie las quiere.


- Qué malo. – Sonrió.


Eso era lo bueno de Ramón, que a pesar de todos los problemas que pudiese tener, él siempre estaba feliz. Tal vez por el mismo hecho de que era músico. Sí, tenía una banda de deathcore, era un chico malo y sexy. No podía entender cómo era que un chico así se le había acercado. Él pudiendo tener a mil chicas y a mil putas juntas en ese momento, decidió quedarse con la deprimida Amelia.


Poco a poco lo fue conociendo, o bueno, lo conoció un poco hasta las once de la noche, cuando decidió regresar a su hogar, si se le puede llamar así. Ramón vivía en el Callao, en La Perla exactamente. Tenía 18 años, y en septiembre cumpliría 19. Era mayor de edad, era libre. Estaba en un instituto estudiando no sé qué cosa. Ah, y por último, era medio putón. Sí, tal vez como la mayoría de chicos. Salía con muchas chicas, generalmente para hacer cositas malas por ahí. Bueno, sólo con las ricas. En conclusión, no era el chico perfecto que necesitaba en su vida Amelia, ni siquiera se acercaba. Ella siempre había soñado, inocentemente, con un chico alto, no tan apuesto, inteligente y con un sueño definido. Con un chico caballero y fiel. De una sola mujer. Mientras que Ramón era unos centímetros más alto que ella, guapo, inteligente pero vago, y con mil metas a realizar. Era caballero y fiel, pero no tenía enamorada así que se daba la gran vida. Pero ya no estaban para parloteadas, tenía que regresar a casa. Se fue en taxi, sana y salva. Viva, sobre todo. Pero al entrar a casa le esperaban muchos más problemas. Dónde has estado, dónde mierda te has metido, qué chucha te crees, tienes quince años, etc. Las clásicas. Ella no respondió, pero su manga blanca manchada de sangre lo explicaba todo. Con que te quieres matar, no sirves para nada, ni matarte puedes hacer bien, lárgate de acá, no te cortes más que me cagas la sábana que tú no lavas, etc. A llorar nuevamente al cuarto. Y es que esa felicidad momentánea que le había dado Ramón era eso simplemente: momentánea. Y total, nunca lo volvería a ver, porque al putito de Ramón se le había ido de la cabeza el pedirle el número celular, o al menos el correo electrónico. Se le fue al pobre, y atormentó toda la noche. Amelia era una chica muy bonita, pensaba. Y Amelia, sabiendo que nunca más lo volvería a ver, se quedó dormida, decepcionada. Pero antes de eso se tomó un par de pastillas relajantes. Durmió como tronco. A la mañana siguiente mamá ya se había ido a trabajar, y le tocaba salir con su papá. Amelia le contó que tal vez necesitaba una psicóloga, y él le respondió que no tenía plata. La clásica. Nunca tienen plata, nunca se preocupan por ella. Ella no existe, ella no es hija. Demonios.


El lunes en el colegio todo seguía igual, ella quería que fueran vacaciones de julio ya. El colegio la tenía harta, mil tareas, tareas que no hacía. No quería exigirse más, era todo tan terrible. No podía dejar de pensar en Ramón. ¿Por qué aparecía un chico en su vida justo en ese momento? Al menos tenía algo en qué pensar. Ya no pensaría todo el día en lo mucho que le dolía el trato de su madre, un día bien y dos días mal. Eso no era vida. ¿Qué estaría haciendo Ramón? Ramón ciertamente estaba pensando en Amelia, pero estaba almorzando con una chica que quería con la banda. Una fea bien fea, una fea horrible, pero ella pagaba el almuerzo. Y Ramón todo conchán aceptaba. ¿No se lo iba a perder no? Con lo tragoncito que es él, ni modo pues. Mientras tanto Amelia regresando a casa con la cabeza gacha, esperando que sea viernes para dormir toda la tarde. Queriendo que nunca llegue el domingo. Porque después del domingo viene lunes, y el lunes es el inicio de la semana de tortura, el inicio de los días a la mierda, digo, colegio. Pero extrañamente la semana se pasó volando, dos semanas, tres semanas. Y ya era julio, y faltaban dos semanas para las vacaciones de invierno. ¡Aleluya! Tres semanas libres de gente estúpida de colegio. Porque siendo sinceros, la gente es bien estúpida allá. Hacen tonterías, estupideces. En fin. Ese sábado decidió no salir con papá, e ir a Plaza San Miguel a ver si compraba algo de ropa. Se dio mil vueltas por Ripley, Saga, y las todas las tiendas de allá. Sólo compró un polo negro que decía: REVENGE. ¿Venganza? ¿De qué? ¿A quién? Se estaba volviendo media loquita la niña. Con la bolsa en la mano, se compró un café y se fue dispuso a ir al mismo parque de la vez pasada a escuchar música. Las probabilidades de volverse a encontrar con él eran casi nulas. Dije casi. Cuando estaba pagando ya el café sintió que le jalaron el bolso. Un hilo de frio recorrió su cuerpo. ¿Le iban a robar? Eso era lo único que le faltaba para decidir que se iba a morir. Volteó con mucho miedo. Una cara sonriente la esperaba. Era él. Amelia se tardó demasiado en reaccionar...


CONTINUARÁ

martes, 20 de julio de 2010

Eso no es amor

Si necesitas alguien para ser feliz, eso no es amor.
Es carencia.

Si tienes celos, inseguridad y haces cualquier cosa para mantener a alguien a tu lado, aún sabiendo que no eres amado, y dices que crees en esa persona, pero no en los otros, que te parecen rivales, eso no es amor.
Es falta de amor propio.

Si crees que tu vida queda vacía sin esa persona; no consigues imaginarte solo y mantienes una relación que se acabó sólo porque no tienes vida propia, eso no es amor.
Es dependencia.

Si piensas que el ser amado te pertenece; te sientes dueño y señor de su vida y de su cuerpo; no le das la oportunidad de expresarse, de decidirse, sólo para afirmar tu dominio, eso no es amor.
Es egoísmo.

Si no lo deseas; no te realizas como hombre o mujer con esta persona; prefieres no tener relaciones íntimas con esa persona, sin embargo sientes algún placer en estar a su lado, eso no es amor.
Es Amistad.

Si discuten por cualquier motivo; se mueren de celos uno del otro; ni siempre hacen los mismos planes; les falta acuerdo en diversas situaciones; no les gusta hacer las mismas cosas o ir a los mismos lugares, pero hay un deseo de estar íntimamente juntos, eso no es amor.
Es Deseo.

Si tu corazón late más fuerte; el sudor se pone intenso, tu temperatura sube y baja vertiginosamente, sólo en pensar en la otra persona, eso no es amor.
Es Pasión.

Pero después de todo, ¿qué acaso no es el conjunto de todos estos lo que hacen el sentimiento del amor? ¿Qué no son las experiencias la que nos ayudan a descifrar este sentimiento? Entonces, ¿qué es el amor?

lunes, 19 de julio de 2010

Entrada 100, no es la más feliz


En el dolor ya no hay nadie que me sostenga, en el llanto no hay nadie que me consuele. No hay protección, no hay mejor opción, no hay un nosotros por siempre. ¿Hasta cuándo? No hay a quién dedicarle canciones cursis de amor, no hay a quién acosar por teléfono, no hay a quién abrazar cuando te sientas sola, no hay a quién besar cuando necesites un beso… No hay amor. No hay estabilidad, y creo que necesito un descanso de la inestabilidad emocional. Quiero decirle te amo a alguien, y que me responda que él también me ama. Me cansé de ver personas tomadas de la mano, nicks de amor y fotos de personas besándose, me cansé. No quiero recordar, una pastilla, un eterno resplandor de una mente sin recuerdos, gracias. Y ahora todo va normal, pero no quiero que todo vaya así… No hay nadie esperándome en casa, no hay nadie que pueda verme de pie, triunfante y realizada, ahora que me va bien. Y ya superando todo, superando fracasos, dolores, amores no correspondidos, y ya superando todo no sé qué más es aquello que queda por superar. No vuelvo a ser yo, no existe alguien como yo. Hay futuro, hay planes, hay sueños, hay vacíos. Ahora hay dolor. Basta del pasado, basta de mirar atrás. Sin desgarramientos, por favor. Sin crisis, sin llantos, sin gritos. Esta no soy yo… A veces uno lo tiene todo: salud, dinero, familia, belleza, pero siempre hay algo que falta, algo que no te hace sentir completo. AMOR. Sí, no sé cuándo fue que decidí que quería enamorarme, o tal vez no haya sido una decisión. Tal vez necesite un hombre que me de apoyo, abrazos y mensajes de texto, que desee salir conmigo y me soporte en esos días del mes. Tal vez no lo encuentre ahora, o tal vez nunca lo encuentre. Alguien que se sienta orgulloso de quién soy y de aquello que nunca seré. No quiero que “llegue mi momento”, lo quiero ahora, justo ahora. Quiero consolar a alguien en mis brazos, secar sus lágrimas, que no se avergüence de llorar ante mí. Pido demasiado. Pero a veces desearía llamarlo, escuchar su voz, escucharlo pronunciar mi nombre tres veces seguidas de un suspiro tierno. Quiero a alguien con quién pelear, herir y pedir perdón. Quiero que alguien me tome fuerte del brazo y me diga que no me dejará ir hasta que no se aclare todo.
En la adversidad no hay nadie aquí, en el frio no hay quien me abrigue. No hay amor, ni desilusión, no hay sentimientos, ni sentimientos compartidos, No hay amor de a dos, ni de a uno, o tal vez sí. No hay quien diga que estará ahí para mí. No hay calor. Y ya no pienso superar más cosas, no pienso mejorar, no pienso ser humilde.

martes, 13 de julio de 2010

Sol en julio


Desesperación, impotencia, flojera. Hoy salió sol.  As blood runs black, my fears have become phobias.  Desgano, inapetencia, ganas de dormir todo el día… Lástima que esos sentimientos apenas y duren hoy. ¿Por qué tenía que salir sol en julio? ¿Por qué no hace calor? Porque hoy el sol no calienta, porque ya no calienta como antes. Deathcore, maldición, ya iban cuatro días escuchando jazz, jazz blues, blues, y algo de rock peruano.  Eso no es ningún indicio de alguna futura depresión, pero en fin…  Tampoco necesito ni una cucharada de cianuro en mi café, porque simplemente no quiero café. ¿Cuánto más va a durar este sol? No me alegra la vida un sol que no calienta, no me interesa. No hace frio, no hace calor, no me gustan los puntos medios. Supongo que nadie soportará mi mal humor, ni mi histrionismo, ni mi forma de ser, así de lunática… Al menos eso asegura mamá. ¿La verdad? No me importa mucho el qué dirán, a pesar de que es una de mis fuentes de vida.  Un poco de relajación, un poco de nada de vida social, un poco de aislamiento, un poco de sol en julio. El mundo está patas arriba, y me encanta. Un poco de soledad, esa inevitable, esa con la que te levantas en la mañana y sabes que no tiene sentido. Un poco de envidia, por aquella amiga tuya que tiene todo lo que tú quieres tener. Un poco de celos, por aquellas amigas que te cambian por sus novios. Un poco de incredulidad, por aquellas personas que se enamoran pasada la mitad de su vida. Un poco de rabia, por aquella gente que habla sin saber. Un poco de sol en julio, por personas como yo que no saben qué pasará en el 2011. Y finalmente, un poco más de incoherencias, por toda aquella gente que vive en la normalidad.

lunes, 12 de julio de 2010

Conexión


Partió dejando a la calurosa Roma, tras unas vacaciones merecidas y llenas de aventura. Europa tiene esa magia, ese encanto, eso que Latinoamérica jamás podrá tener, ¿verdad? Esa clase… Pero el viaje estaba llegando a su final. Había salido de Roma a las 10 en punto de la mañana, curiosamente no hubo retraso. No quería llegar a Lima, a la oscura Lima. Vuelo 235 en clase económica, salió a casi tres mil dólares sólo de regreso. Qué se hace, cuando hay, hay.  Conexión en Nueva York: 9horas 50minutos. Pensaba salir, un poco de aire norteamericano, antes de llegar a la mierda de país este que cada vez está peor. No, ni ganas de salir del aeropuerto, considerando que Regina siempre tuvo esa fascinación por los aeropuertos. Es tan entretenido ver a gente apurada, a gente triste, a gente feliz. Es un lugar lleno de emociones, lleno de turistas, lleno de cosas caras. Así que se sentó con una obra, con su botella de agua, su cigarrillo y su bolso Gucci. Ni ánimos de prender la laptop, estaba en su día, en su último día antes de volver a la cruda realidad peruana. Había pasado su mejor cumpleaños con un hermoso italiano en Nápoles, en una casa vieja y alejada, sola para ellos dos. Gian Paolo, hermosísimo, con un ego infinito, con un cuerpo deslumbrante, con un corazón imposible de tocar. Pero, ¿qué mierda? Había cumplido 23 años, no le interesaba nada más que divertirse con un italiano de 1.90m y cabello castaño oscuro y ojos verdes. Qué sexy. A recordar un poquito. Dejó el libro, porque es más rico recordar con un cigarrillo. Aún le faltaban 9horas con 20min para poder abordar el avión con destino a la desaparición, desesperación y desconocimiento total. Un poquito más de recuerdos para el alma, por favor, porque cómo no ser feliz recordando. Pero ni en el aeropuerto hay paz, caricho.
-          English?
-          Can I help you?  - Respondió Regina mirando al chico que había osado interrumpir su ensoñación mezclada con recuerdos.
-          Ah, no, I… I don’t know… - Al parecer ni el inglés lo hablaba bien. – I just, you know, I saw you here… Alone.
-          I don’t want sex. – Regina solo quería volver a recordar, ¿tanto era pedir?
-          Nemmeno io. - ¿Qué acaso las personas no saben que cambios bruscos de idiomas pueden afectar el cerebro de una Regina que acaba de terminar una ensoñación?
-          Scusa? Hai parlato in italiano vero?
-          Si, scusa, l’inglese non lo parlo perfettamente. Mi chiamo Gian Luca.
-          Sono Regina, da dove sei?
-          Roma, e tu? Mi sembri da... Venezia?
-          Lima, Peru
-          Peru?
-          Sí, sí, Peru.
Interesante, había conocido a un chico guapísimo y al instante le había dicho que no quería sexo. Gran manera de iniciar una conversación.  Conversaron unos instantes más, acerca de Perú, acerca de las bellezas de Italia, acerca de por qué mierda no se habían conocido antes. Gian Paolo, Gian Luca, qué no tienen más imaginación que ponereles Gian a todos...
 La invitó a tomar un café, un moccha frapuccino, más bien por favor, para matar este calorsito asqueroso que ya me cansó un poquito, 10$, tome, gracias. No hay nada que hacer, esté donde esté, (excepto, claro está, en Italia), Starbucks es el lugar con más estilo. Un poquito de jazz instrumental de fondo, un moccha frapuccino, y un caramel frapuccino para el caballero. Dos personas de mediana edad, disfruando de su último día de vacaciones, conversando como si se conocieran de toda la vida. Qué viaje tan placentero, que frapuccino tan rico. Y ciertamente nunca había sentido un frapuccino tan rico en toda su vida. O era el toque americano, o era el sabor de un nuevo Gian en su vida.
-          Sei bella, bellissima, assai bella... Lo sapevi?
-          Io? Bella? Non puó essere. – Este condenado había logrado sonrojarla.
-          Sí, lo sei. Voglio un’altro frapuccino, vuoi un’altro?
-          No.
-          Cosa vuoi fare, bella?
-          Non lo so, ancora mancano 8 ore per ritornare. Cazzo!
-          Sai che siamo venuti nel stesso aereo vero?
-          No, non lo avevi mai detto. Anche tu vai...
-          Peru? Si cara.
-          Lima?
-          No.
-          Dove?
-          Non lo so, ma Lima no.
Qué tipo más extraño, más bello, más único, más diferente. Su acento, su manera de mirar, su forma de cambiar tan inoportuna u oportunamente, no sé, de tema lo hacía la mejor pesona para pasar sus últimas horas fuera de la desolación. Un frapuccino después, estaban saliendo del americano Starbucks y se dirigían a sentarse a fumar un Marlvoro fresh. Sí, ¿de cuándo acá Regina fumando fresh? Con él se sentía en las nubes, necesitaba menta, necesitaba ese aliento...
-          Cosa faresti se ti bacio? - ¿Qué haría si la besara? Obviamente derretirse.
-          A me?
-          Si bella, a te.
-          Non lo so.
-          Chiudi gli occhi.
-          No, non voglio.
-          Chiudi gli occhi bella Regina.
-          Eh.. – cerrando los ojos – Non voglio un bacio.
Gian Luca le dio un beso en la frente, y cuando Regina lo miró, el estaba prendiendo otro cigarrillo, con una sonrisa entre pícara y burlona. Apenas y se conocían, ella no quería besarlo, Regina no era así. ¿Qué? ¡Vamos! Tenía 23 años, si no lo hacía ahora, a los 40 años ya nadie querría ni siquiera invitarle un frapuccino, y mucho menos ofrecerle otro. Estaba anocheciendo, faltaban cinco horas para tomar la conexión Nueva York – Lima, y sinceramente, quería quedarse en ese aeropuerto. Dejaron los cigarrillos y se recostó en sus varoniles y atléticas piernas, música de fondo, llamadas a personas que iban a perder el vuelo, extranjeros, niños corriendo, abuelitos de la mano, no había nada más perfecto, nada más perfecto que ese momento.
-          Ti amo. – Dijo Gian Luca
-          Ed io ti amo a te bello.
-          Sei perfetta... – Le dijo dándole un gran y tierno beso.
Regina se quedó dormida en su regazo, soñando cosas perfectas. Sólo él la había hecho soñar, se había enamorado en unas horas, era amor, se olía en el aire. Sólo quería abrazarlo y nunca dejarlo ir, que ese momento fuese eterno, que el tiempo jamás pasara, estaba volviendo a soñar. Después de unas vacaciones alocadas en Europa, había logrado enamorarse.. ¿En un par de horas? ¿Eso existe? Se quedó dormida al instante, después de ese beso perfecto. Sin duda entre aquellos dos había habido una conexión instantánea. Él se quedó mirándola por un largo rato...
-          Mrs. Di Bari Vega Regina, please go throw the boarding room number 9. Mrs. Di Bari Vega Regina, please go throw the boarding room number 9.
¿Tan rápido? Despertó sobre saltada. ¿Gian? ¿Dónde estas? ¿Dove sei? No estaba, se había ido, ¿y no le había avisado? ¿Ni un chau? Lo vería en el avión, supuso. Clase ejecutiva: viejos empresarios con laptops. Clase turista: de todo, menos un Gian Luca alto y no tan guapo como Gian Paolo. Nada, no estaba, ¿perdería el vuelo? ¿Habría ido al baño y al no encontrarla la estaría buscando? Nada parecía darle respuesta alguna. Quería preguntar por él, pero no sabía sus apellidos, no era posible que eso estuviese pasando. Al abrir su bolso Gucci, un papelito que decía: Sei la donna piú bella che ho mai conosciuto, ti amo. Gian Luca. ¿Nunca más lo vería? Horas más tarde: Bienvenidos al Aeropuerto Jorge Chavez, la temperatura es de 17°C.