jueves, 5 de agosto de 2010

Reencuentro

Nos reencontramos en aquel bar, no fue difícil reconocerlo aún así después de nueve años sin verlo. Él tenía 28 y yo 22, había pasado tanto, pero tanto. Yo me había vuelto a enamorar, él estaba próximo a casarse con su amada Alessandra. Sin embargo, ahí estábamos los dos, dos amantes frustrados y sin futuro, recordando lo poco que duró, y lo hermoso que fue. Yo, poco tiempo después de que nos prohibieran vernos, un año aproximadamente, empecé una relación con aquel músico perfecto, con Josué… Pero no puedo explicar el sentimiento de reencontrarme con Leonardo, de pronto volví a tener 13 años, volví a sentirlo a mi lado. Volvimos a recordar juntos. “¿Recuerdas cuando tuve que ir a comprarlos?”, me preguntó. “Claro, y cuando regresaste la vecina te vigilaba por la ventaba, felizmente no te vio entrar al edificio”, respondí. Tantas cosas vividas en tan poco tiempo. Él iba vestido completamente casual, mientras yo iba con un vestido blanco y zapatitos de taco, para aparentar un poco más de 22 años. Tomábamos una copa de vino, mientras él fumaba como nunca lo vi fumar. “Sí Fiore, fumo más que nunca. Tengo que admitir que tenerte frente a mí me pone más nervioso de lo que nunca pensé”. Yo me comía las uñas, recién pintadas de un rojo intenso, como siempre le gustó a Leonardo. Estaba impaciente, necesitaba tocarlo. Ni bien entré al bar y lo vi sentado, lo primero que pensé fue en darle un cálido beso en la mejilla, pero no pude con mis nervios, le dije un frío ‘hola, a los años’ y me senté frente a él. Me miraba con esa mirada pícara de antes, no había cambiado en nada. Bueno, tal vez ahora tenía un poco menos de cabello, y ya no llevaba aquella trencita que solía usar en invierno. Su piel estaba un poco más plomiza, y sus labios un poco pálidos. Es el cigarro, afirmé en mis pensamientos. Mi celular sonó, era Josué preguntando si iba a ir en la noche a la reunión en el refugio, le dije que no sabía, que a lo mejor y tenía algo que hacer. No sé mentir, lo único que quería era hablar con Leonardo toda la noche, para siempre si era posible. Sentía algo extraño, no era enamoramiento. A mi edad ya aprendía a diferenciar entre gusto, ilusión, enamoramiento y amor. Sí, aún lo amaba, pero cuando pensaba en Josué se me olvidaba que estaba con mi primer amor al frente mío, y lo único que quería era ir y recostarme junto a él, que me hiciera masajes y me susurrara cosas al oído. “Te vez hermosa Fiore, hermosa”, me dijo Leonardo. Había olvidado su costumbre aquella de repetir los adjetivos dos veces, y de pronto retrocedí todo. “Te extraño”, le solté. “¿Nos vamos?”, me dijo. Afirmé con la cabeza, pagó la cuenta y nos fuimos. Nos subimos a su auto, me preguntó a dónde quería ir y respondí que no sabía. Nuevamente dejaba todo a su disposición, y él lo notó. “No has cambiado Fiorella, no has cambiado…”, dijo seguido de una sonrisa de esas clásicas suyas. “Ale está en el apartamento, ¿a dónde quieres ir?”, repitió. Yo no sabía a dónde quería ir, no me importaba en realidad. “A mi apartamento, vivo sola desde los 18 gracias a mi papá”, dije. Me llamó inmadura y mantenida. Quince minutos después llegamos a mi mini-departamento en Miraflores, estacionó el coche mientras que yo jugaba con mis llaves. Entramos, estaba todo prolijo y ordenado, como nunca antes. Nos sentamos en el sofá, puse un disco con música clásica y le pregunté si quería una copa de vino tinto. “Cómo has crecido preciosa, ya no eres una adolescente y eso me encanta”. No me la creí esta vez, me sentía tan diferente… Serví el vino y me senté a su lado, encendí un cigarrillo yo también, y él me acarició el cabello. Volteé el rostro y lo vi tan cerca de mí, podía sentir su respiración, él no paraba de mirarme los labios… “Amo a Josué tanto como tú amas a Alessandra”, le dije. Alejó el rostro y me dijo “Tengo que irme”. “¿Te vas porque sabes que no tendremos sexo?”, pregunté un poco decepcionada. “Sí Fiorella, me encantas, me encantas y no me resisto a ti”, le dije que se fuera entonces, le di un beso en la mejilla y lo oí arrancar el auto. Se fue, yo me bañé, lavé las copas, y me fui al refugio con Josué y sus amigos, jamás la pasé tan bien con él, siempre había vivido pensando que estaba con él porque quería recuperar lo que Leonardo nunca me dio. Y ese día precisamente me di cuenta que amaba a Josué como nunca jamás había amado a nadie.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Wake up alone


Un vaso de whisky doble en las rocas, un cigarrillo prendido, la radio encendida y la mesa puesta. No va a llegar, él no va a llegar. Hoy desperté sola, como todos los días. Desperté sin él a mi lado, porque nada va a volver a ser como antes. Esas noches de ensueño se quedaron ahí, abandonadas en un pasado en el que sólo puedo regresar en mi mente... Despierto sola, en una mañana fría de julio, y por cosas de la vida no hay mensajes en el contestador, por razones que jamás entenderé no tengo pareja fija desde que amanecí con él, los dos completamente vestidos, después de una noche tan hermosa de besos y abrazos... Y nada más. Tomar para recordar, ese whisky apesta si no lo tomo junto a ti. Pero bueno, hoy desperté sola... Y no hay aviso alguno que me diga que mañana será diferente. Él habrá despertado con una prostituta, o con una chica de negocios... Él habrá despertado solo como yo. ¿Volverás? No, la respuesta es clara, clara como no están mis pensamientos hoy.  Hoy me he fumado dos cajetillas grandes de Marlboro Rojos, de esos que él nunca fumaría, porque él no fuma y yo sí, porque el otro me dejó ese maldito vicio. Pero no importa, cuando lo vuelva a ver no tendré olor a cigarrillo... Cuando lo vuelva a ver tendré esas converse que él ama, ese pitillo desgastado y esa casaca negra, y pareceré lo que él quiera que parezca. Cuando lo vuelva a ver a solas tendré que vestirme femenina, y que se sienta orgulloso de salir conmigo, y por ende le suba el ego. Un chico como él saliendo con una chica como yo, no debería. No quiero encontrar lo que tú no me supiste dar, te quiero encontrar a ti mi amor, regresa, regresa el tiempo a aquella noche. ¿Puedes? Sí, tú todo lo puedes, si eres capaz de hacerme volar tan sólo con respirar cerca mío, ¿por qué no podrías regresar el tiempo? No, no, que yo sea difícil de complacer no quiere decir que tú todo lo puedas, ¿cierto? Lo siento, no quiero despertar sola mañana mi vida. ¿Qué te parece si te das un poquito de cuenta de lo que siento por ti? Es  que ya lo sabes, eso es lo peor... ¿Y si llamas? No tengo tu número, maldita sea. Quiero que suspires y digas tres veces mi nombre, que me acaricies el cabello y me recalques lo bien que huelo, que me digas que mi mirada te intimida, y que mis labios son sabrosos, que me digas lo bien que sabe mi labial en mis labios y lo sexy que me veo vestida de chica mala. Quiero que me cuentes tus sueños, y lo que haces al recordarlos, que me digas lo bien que hablan tus amigos de mí, y de lo bien que te hago quedar. Quiero recordar contigo por teléfono, y volver a vivir. Quiero despertar a tu lado una noche más...

lunes, 2 de agosto de 2010

Amelia (?)

Bueno, al menos las primeras palabras ya están puestas, así que supongo que este es un inicio. Ni bueno ni malo, un inicio y punto. ¿Qué es esto? No lo sé, no sé nada hoy. Hace un momento todo pintaba rosa, pero ya no más. Y como en un cuento de drama, la historia se desarrollaba con una tétrica musiquilla de fondo. ¿Y ahora? Ahora nada, ahora metal. Ahora soy una perdedora.

Estaba ahí, echada en su cama escuchando As Blood Runs Black a todo volumen. Y su mamá desde su cuarto gritando que apagara esa música de mierda. Que cómo era posible llevar un cristianismo como proclamaba y escuchar esa música satánica.



- ¡Tú no eres cristiana! – Gritaba la madre enojadísima.


- ¿Qué hablas? Déjame tranquila, ¿sí? – Respondía la hija creyéndose una adolescente rebelde.


- ¡Honra a tu padre y a tu madre! ¿Qué acaso no te enseñan eso en esa Iglesia de mierda a la que vas? No sé por qué no eres católica, los cristianos son todos raros, son sus creencias estúpidas.


- Ya basta.


Nadie iba a enseñarle cómo llevar su cristianismo. Bueno, en todo caso, Amelia no era una cristiana modelo. Su vida era un caos completo, pero le gustaba así. Adoraba no ser normal, vivir una vida irónicamente preciosa. Irónica, ésa era la palabra que la describía. Ironic, de Analis Morisette era una canción que definía su vida. Tenía apenas 15 años, recién empezaba su vida. Y como muchas adolescentes ya a esa edad, tenía muchos problemas. Comenzaban los consejos que nunca seguía, comenzaban las escapadas de casa, los besos con lengua, las insinuaciones de chicos. Comenzaba la vida realmente.

Ahora un poquito de punk acústico, para disminuir la rabia, para aumentar el dolor al recordar. Porque cada palabra es una punzada. Una punzada agriamente dulce. Figúrate, yo aquí muriendo de frio, y tal vez tú, en el otro lado del mundo, sudando, muriendo de calor. ¿Irónico no? Porque cuando hace mucho frio te gustaría que haga un poco de calorcito. Y cuando hace demasiado calor cómo desearías un poco de viento para refrescarte. Porque cuando eres lacia deseas ser ondulada, y cuando eres ondulada matarías por ser lacia. Porque si eres blanca te gustaría broncearte, y si eres morocha te gustaría ser blanca. Porque no tienes los ojos verdes, porque no los tienes azules, porque no los tienes cafés. Porque si pesas así te gustaría pesar menos, y si pesas asá te gustaría pesar un poco más. Porque nunca estás contento con lo que tienes. Porque la vida está llena de ironías. Porque tal vez no tenga sentido lo que escriba.


Se quedó dormida con un documento en Word abierto, tratando de escribir su vida. Despertó a las dos de la mañana, con el ruido de la ventana de su cuarto sonar, debido al fuerte viento que había esa madrugada. Frio, frio de madrugada, no había nada más rico que eso. Se quedó un gran momento viendo el cielo, que por cierto esa madrugada de mayo se veía más hermoso que nunca. No había una sola estrella, ni una sola nube. No había nada, más que el cielo entre violeta y oscuro. Ven querido amor, ven a conocerme, ven a que te conozca, ven a encontrarte. Ven a decirte que lo siento. Ven a traerme problemas, como todo amor adolescente. Amelia se volvió a dormir.



- Amelia, son las siete de la mañana. – Dijo mamá.


- Ya mami, ya me levando.


Y cuando vio la hora: eran las seis y veinte. Siempre era así, siempre le mentían con la hora para que se levantara. Pero ya ni modo, tenía que ir al colegio nuevamente. La semana empezaba igual de cagada que siempre. A bañarse. Frío. Y bueno, esta vez sí que llegaría temprano a la mierda, digo, colegio. Cuarto de secundaria, un año jodido. Todos dicen que en Perú al menos, tercero de secundaria es el peor grado, el más tranca. Pero para Amelia todo se complica en cuarto. Sobre todo cuando en tu colegio hacen el viaje de promoción en ese año. ¿Qué? Sí, están locos. Nadie dijo que sería tan difícil el colegio.


Compañeros inútiles, sin sentido, viviendo vidas normales. Chicas fáciles, chicos que se creen muy vivos. Bueno, el drama de toda escuela, creo yo. Y bueno, siempre hay una Amelia en cada salón. De esas chicas bonitas pero tranquilas, a esas a las que un chico pendejo jamás le pediría para estar. De esas chicas con las que los piropos no dan resultado. De esas inteligentes de las que ya casi no hay en estos tiempos. Y además de todo: cristiana. ¿Un asco completo no? ¿Pero qué tiene de malo ser bonita? Que te quieren para otras cosas. ¿Qué tiene de malo ser tranquila? Que no te quieren para nada. ¿Qué tiene de malo ser cristiano? Me agarraron, no sé qué tenga de malo, pero tampoco sé que tenga de bueno. Finalmente entró el profesor de álgebra. Ese profesor que Amelia tanto detestaba. Era un daño con él. La clase se pasó extremadamente lenta. Y el recreo llegó finalmente. A juntarse con el grupito de siempre. Esas chicas que o tienen enamorado, o han estado con medio colegio. Eso a Amelia no le gustaba, siempre pensó que las relaciones dentro del colegio no servían para nada. Es que es simple: no puedes enamorarte estando en el colegio, es un daño. Todo lo que empieza en el colegio, termina en el colegio. O en la universidad, o como quieras pensar. Y esas chicas, ni tan bonitas, ni tan fáciles, eran la única compañía de la solitaria Amelia.


No me gusta el nombre Amelia, nunca lo disfruté. Es como aquellos nombres de tiempos pasados, que no se usan más. Y mamá nunca para de decirlo: Amelia esto, Amelia lo otro. No necesitan recordarme que tengo ese nombre, Dios. Y lo lamento si te llamas Amelia, es simplemente que jamás disfruté de ese nombre. Se me congelan los pies, pero no tengo ni la menor intención de taparme o ponerme medias. No quiero ni pensar, en este momento tengo un nudo inmenso en la garganta. No más recuerdos, no más imaginación. Por la recontra puta. Es difícil escribir así y pensar que después te leerán aquellos de tu Iglesia, y se darán cuenta que el enemigo está ahí retorciéndote la mente, haciéndote tener pensamientos extraños. Es duro aceptar que después de esto te marginarán, o tratarán de convencerte de que uses ese don que Dios te dio para escribir sobre Él y los cambios que hizo en ti. Pero sinceramente, no leería libros acerca de Dios. Es más, los he comprado y no he pasado del primer capítulo, y en algunos, no he pasado de la introducción. No quiero cambiar. Y bueno, si soy un poco más honesta, me interesa un carajo lo que la gente pueda pensar de mí. Soy como soy, creo en Dios, lo amo a Él, pero no amo a la religión.
 
De regreso a casa era lo mismo de todos los lunes: lentejas. ¿Qué acaso las familias peruanas no tienen más imaginación? Medio millón de peruanos come lentejas los lunes. Y a Amelia no le gustan las lentejas. Dice que no quiere comer, su madre dice que bote la comida si no le gusta. La bota. Entonces se acerca el drama de nuevo, que por qué la botó, que por aquí, que por allá. Portazos. A hacer tareas, la monotonía de siempre. Y es que siempre se ponía a pensar, y a darse cuenta de que su vida no servía para nada más que estudiar y tratar de progresar. Su mamá tan sólo quería que sea profesional, que estudiara turismo y hotelería, tal vez para así poder viajar y salir del maldito país. Pero ni se daba cuenta que Amelia no tenía vida. Jamás salía a fiestas mundanas, no fumaba, no tomaba. Era prácticamente una monja. Sin ofender. Entonces ponía en su reproductor un poco de death core, para relajarse ella y que su madre se enojara más. Guturales, guturales, y más guturales.



Así pasaban las semanas, y el frío en Perú comenzaba a aumentar. El mundo se estaba destruyendo de a poquitos, la gente lo estaba destruyendo. El fin del mundo se venía, o tal vez, lo único que se venía era el fin de la monotonía de Amelia. Siempre se ponía a pensar en qué era aquello en lo que pensaba tanto, aquello que necesitaba. No necesitaba de un chico, no era como todas las demás. Pero algo faltaba en ese corazoncito, tenía un vacío que nadie podía llenar. Un vacío que tal vez no estaba vacío, tal vez y simplemente estaba dañado. Pero nadie podía objetar o reparar en eso. Tenía una vida tan común en aquellos tiempos. Padres divorciados, su mamá hizo su vida, su papá la suya. Medios hermanos por todas partes. Rebeldía adolescente común. Madre que se creía perfecta, padre que no existía. Algo tan normal. Y es siempre lo mismo. Pero ¿quién eres realmente? ¿Para qué vives? ¿Para los demás? ¿Para tus padres? No, trata de nuevo. ¿Ves? Es siempre lo mismo. Y los chicos que ahora todos tocan algún instrumento. Y las chicas que ahora todas se delinean los ojos. Es siempre lo mismo. Pero Amelia toca guitarra, y no se delinea los ojos. Y por sobre todas las cosas: no es lesbiana. Entonces qué mierda será, porque tampoco le gusta ningún chico. Tal vez no sea nada, y su único propósito en la vida sea ser lo que su madre quería. Su controladora madre. Muchas veces llegaba a sentir que no sentía amor. Sentir que no sentía, gran frase. Pero tomémosla como ella era: tierna, dulce. No, no era ni mierda.


Junio llegó, el peor mes del año desde siempre. El colegio seguía exactamente igual, nada parecía cambiar. Nada iba a cambiar ya, y la desesperación no podía más con ella. ¡Necesito irme de aquí! Gritaba en su mente. Necesitaba huir, encontrar una verdadera razón de ser. Pero no podía, porque simplemente no tenía las agallas suficientes, no era una persona aguerrida, una persona de valor, era una simple cobarde. No estaba acostumbrada a esas cosas, a ese dolor inmenso. Y es que los días se pasaban con ese dolor en el pecho, sin nada ni nadie capaz de sacárselo. Sus amigas ahora eran sólo compañeras de recreo. No tenía vida social, no tenía amigas, era toda una completa extraña en ese colegio. Y de vez en cuando se le acercaban algunos chicos a hablarle, pero todos salían espantados. Sin embargo siempre se hablaba bien de ella: que es una chica dulce, que es bien bonita, que es diferente a las demás. Cómo causar tan buena imagen hablando tan poco.


Dolor era la única palabra que tenía en mente, dolor inmenso. Inocencia, era muy inocente, no sabía nada de la vida, pero a la misma vez sabía mucho. Nunca había tenido un enamorado, nunca había sentido lo que era un abrazo de amor, un piquito, un beso, un beso apasionado. No, nunca. Eso es en lo único que piensan los adolescentes, aquellos que están con las hormonas a mil. No, eso no era lo único en lo que pensaba Amelia. También pensaba en metal y reggae, y en mucho dolor. Había llegado al punto de quedarse sin un miserable amigo, no tenía nadie con quien hablar. Y bueno, en sí nunca hablaba mucho, nunca contaba nada. Tampoco tenía nada que contar. Impotencia, era también un nuevo sentimiento, o sensación, o lo que sea. Se sentía impotente de no poder hacer nada por ella misma, impotente de no poder ser como los demás.

Justo cuando pienso que nada puede ser peor, comienzo a recordar todo. Tengo muchas ganas de llorar, pero no puedo parar esto, tengo que seguir. Un poquito de reggae. ‘Tú sabes que el amor existe’. Sí, sí que existe. Como también existe la soledad, la decepción, el desamor, etc. No es real esto, esto es un sueño, una ilusión, un espejismo. ¿Lo es? Por favor dime que lo es. No aguanto el frio, pero más fría está mi alma. Está congelada, me impide volver a lo mismo. Es extraño cómo en unos minutos las sensaciones van cambiando, las emociones, los pensamientos. Es impresionante cómo funciona el cerebro, ¿no? O el enemigo, no lo sé. Ah, y que quede claro que con la palabra ‘enemigo’, me refiero al demonio mismo. Así suelen llamarlo los cristianos, creo. Aunque ahora último ya no sé nada del cristianismo, ni de lo que esto significa.

Amelia nunca olvida, pero ha vivido tanto que no tiene nada que recordar. Soy irónica. Amelia no ha vivido nada, no tiene vida, tal vez ni siquiera exista. Por eso, ese día era un día especial, era el día en el que ella moriría.



Alistó todo. Una navaja muy afilada y unas aspirinas. La muy ingenua creyó que moriría así. Tonta, así jamás morirás. Y como dice la canción, ‘tu ignorancia es nuestro peor enemigo’. ¿Y mamá? Mamá bien gracias pintándose las uñas y maquillándose para su novio el feo alto de mierda. Hijo de puta, cómo le robó a Amelia su mamá. Ratero. ¡Policía, lléveselo! ¡Llévese a este malnacido que le robó su mamá a Amelia cuando cumplía siete años! ¡Léveselo y dele pena de muerte! ¿Mamá también tenía derecho a ser feliz no? Sí, pero a costa de Amelia no tenía justificación. La relación madre-hija no existía en esa casa. A veces era como si su madre no la quisiera. Era todo tan triste. Se remangó los brazos. Muerte lenta y sangrienta. Comenzó. Un poquito, primero suavecito para acostumbrarse al dolor. ¡Auch! Sí dolía un poquito. Pero no era como esperaba, la sangre no rebalsaba, no salía a chorros. Un poco más fuerte. Sus brazos se llenaron de puntitos de sangre. No escurría. Más fuerte, ya no sentía dolor. La sangre comenzó a chorrear, y Amelia lloraba, lloraba y gemía. Entró su hermano menor. Le preguntó que pasaba, y ella sólo le dijo que un gato la había arañado. ¿Qué pasaría con su pobre hermano? ¿Lo dejaría así? Conociendo a su madre. Amelia, eres muy egoísta, y quiero que lo sepas. También quiero que sepas que Z no es la última letra del abecedario. Nada de lo que quiero que sepas es cierto, y lo sabes. Su vida es una mentira. Pero es la clásica de los suicidas, ¿no? “Yo ya estoy muerto por dentro, soy un muerto en vida. Qué más da si me muero en carne y hueso, si mi alma ya está muerta”. Y nunca un suicida tuvo tanta razón. Amelia no paraba de llorar, necesitaba una explicación. Tenía mil razones para morir, y ni una para vivir. ¿Su hermano? Él se las arreglaría. La sangre paró de chorrear, y Amelia no se sentía ni un poco mal. Salió de su casa corriendo, total, era viernes, podía regresar hasta el domingo a hacer tareas para irse nuevamente a la mierda, corrijo de nuevo, colegio. Corrió, corrió y corrió. Sólo se había tomado la molestia de llevar consigo su billetera con cincuenta soles. Se cansó de correr, se había olvidado que tenía unos diez días sin comer. ¿Anorexia? No, no era anoréxica, simplemente no tenía hambre. No quería bajar de peso, total ya estaba muerta, a nadie le iba importar verla gorda o delgada. Era la misma chola con diferentes polleras. Tomó un taxi desde San Isidro hasta Plaza San Miguel, era lo más lejos que conocía ella. Se fue a un parque que quedaba por ahí a llorar, a querer desaparecer. Quería explicarse por qué no había podido morirse. Quería entender cómo era que la gente podía creer en Dios. Amelia sí creía en Dios, pero no lo entendía. Oraba, o al menos trataba de hacerlo, pero siempre era lo mismo, porque cuando tienes el corazón tan dañado, y no estás dispuesto a aceptar a Dios en tu alma, jamás sanarás. Jamás. Dejó de pensar, y comenzó a llorar más. No había nadie en ese parque, y ya estaba oscureciendo. No, no tenía miedo, no más. ¿Miedo a qué? ¿A que vengan y la violen? No, ya no había nada que perder. Nadie podría quererla a ella. Ella no sabía lo que era que alguien la quisiera, al menos nunca se percató del inmenso amor que le tenía su familia. ¿Inmenso? Dejémoslo en amor simplemente. Y no sigo, porque después quedaré en un simple aprecio. Y seguía llorando la condenada, ya nada podía pararla.


- No llores. – Era un chico un poco guapo. – No sé por qué llores, pero si es por un chico no vale la pena. Los hombres son todos unos hijos de puta.


- No lloro por eso.


- ¿Puedo ayudarte?


- No. – Lo miró a los ojos.


- ¿Vale la pena por lo que estás llorando?


- Mi llanto no tiene motivo, mi vida no tiene motivo.


- ¿Qué dices?


- Déjame, sólo trato de morirme.


- Cortándote las venas no te vas a morir preciosa. – Dijo mirando sus brazos completamente descubiertos. - La vida es muy bella.


¿Bella? ¿Por qué todo el mundo tiene esa estúpida manera de pensar? La vida no es bella, no tiene nada de bella. Bella para los felices es. No quería hablar.






- ¿Vives por acá? – Preguntó él.


- No.


- Mira, yo una vez me quité de mi casa, y me fui donde unos amigos. Mis viejos me hicieron pasar por pendejadas bien feas. No sé por qué te quieras morir, yo he pasado por cosas asquerosamente feas, y por las huevas no es. Siempre todo tiene un motivo.


- No me vengas, por favor, con que Dios tiene grandes planes para mi vida. Estoy muy cansada de eso.


- ¿Dios? Dios no tiene planes para ti, eres tú la que los tiene. Eres sólo tú la que decide seguir así como estás o poder mejorar.


- Me llamo Amelia.


- Soy Ramón.


Hablaron hasta las once de la noche en aquel parque de San Miguel. Él era lindo, ella linda. Pero para Amelia nada podía pasar, por el simple hecho de que ya estaba muerta, y nada más iba a cambiar.


- ¿Por qué te cortas?


- Porque me quiero morir.


- Nada, estás muy rica para que te mueras. Que se mueran las feas y las cholas, a esas nadie las quiere.


- Qué malo. – Sonrió.


Eso era lo bueno de Ramón, que a pesar de todos los problemas que pudiese tener, él siempre estaba feliz. Tal vez por el mismo hecho de que era músico. Sí, tenía una banda de deathcore, era un chico malo y sexy. No podía entender cómo era que un chico así se le había acercado. Él pudiendo tener a mil chicas y a mil putas juntas en ese momento, decidió quedarse con la deprimida Amelia.


Poco a poco lo fue conociendo, o bueno, lo conoció un poco hasta las once de la noche, cuando decidió regresar a su hogar, si se le puede llamar así. Ramón vivía en el Callao, en La Perla exactamente. Tenía 18 años, y en septiembre cumpliría 19. Era mayor de edad, era libre. Estaba en un instituto estudiando no sé qué cosa. Ah, y por último, era medio putón. Sí, tal vez como la mayoría de chicos. Salía con muchas chicas, generalmente para hacer cositas malas por ahí. Bueno, sólo con las ricas. En conclusión, no era el chico perfecto que necesitaba en su vida Amelia, ni siquiera se acercaba. Ella siempre había soñado, inocentemente, con un chico alto, no tan apuesto, inteligente y con un sueño definido. Con un chico caballero y fiel. De una sola mujer. Mientras que Ramón era unos centímetros más alto que ella, guapo, inteligente pero vago, y con mil metas a realizar. Era caballero y fiel, pero no tenía enamorada así que se daba la gran vida. Pero ya no estaban para parloteadas, tenía que regresar a casa. Se fue en taxi, sana y salva. Viva, sobre todo. Pero al entrar a casa le esperaban muchos más problemas. Dónde has estado, dónde mierda te has metido, qué chucha te crees, tienes quince años, etc. Las clásicas. Ella no respondió, pero su manga blanca manchada de sangre lo explicaba todo. Con que te quieres matar, no sirves para nada, ni matarte puedes hacer bien, lárgate de acá, no te cortes más que me cagas la sábana que tú no lavas, etc. A llorar nuevamente al cuarto. Y es que esa felicidad momentánea que le había dado Ramón era eso simplemente: momentánea. Y total, nunca lo volvería a ver, porque al putito de Ramón se le había ido de la cabeza el pedirle el número celular, o al menos el correo electrónico. Se le fue al pobre, y atormentó toda la noche. Amelia era una chica muy bonita, pensaba. Y Amelia, sabiendo que nunca más lo volvería a ver, se quedó dormida, decepcionada. Pero antes de eso se tomó un par de pastillas relajantes. Durmió como tronco. A la mañana siguiente mamá ya se había ido a trabajar, y le tocaba salir con su papá. Amelia le contó que tal vez necesitaba una psicóloga, y él le respondió que no tenía plata. La clásica. Nunca tienen plata, nunca se preocupan por ella. Ella no existe, ella no es hija. Demonios.


El lunes en el colegio todo seguía igual, ella quería que fueran vacaciones de julio ya. El colegio la tenía harta, mil tareas, tareas que no hacía. No quería exigirse más, era todo tan terrible. No podía dejar de pensar en Ramón. ¿Por qué aparecía un chico en su vida justo en ese momento? Al menos tenía algo en qué pensar. Ya no pensaría todo el día en lo mucho que le dolía el trato de su madre, un día bien y dos días mal. Eso no era vida. ¿Qué estaría haciendo Ramón? Ramón ciertamente estaba pensando en Amelia, pero estaba almorzando con una chica que quería con la banda. Una fea bien fea, una fea horrible, pero ella pagaba el almuerzo. Y Ramón todo conchán aceptaba. ¿No se lo iba a perder no? Con lo tragoncito que es él, ni modo pues. Mientras tanto Amelia regresando a casa con la cabeza gacha, esperando que sea viernes para dormir toda la tarde. Queriendo que nunca llegue el domingo. Porque después del domingo viene lunes, y el lunes es el inicio de la semana de tortura, el inicio de los días a la mierda, digo, colegio. Pero extrañamente la semana se pasó volando, dos semanas, tres semanas. Y ya era julio, y faltaban dos semanas para las vacaciones de invierno. ¡Aleluya! Tres semanas libres de gente estúpida de colegio. Porque siendo sinceros, la gente es bien estúpida allá. Hacen tonterías, estupideces. En fin. Ese sábado decidió no salir con papá, e ir a Plaza San Miguel a ver si compraba algo de ropa. Se dio mil vueltas por Ripley, Saga, y las todas las tiendas de allá. Sólo compró un polo negro que decía: REVENGE. ¿Venganza? ¿De qué? ¿A quién? Se estaba volviendo media loquita la niña. Con la bolsa en la mano, se compró un café y se fue dispuso a ir al mismo parque de la vez pasada a escuchar música. Las probabilidades de volverse a encontrar con él eran casi nulas. Dije casi. Cuando estaba pagando ya el café sintió que le jalaron el bolso. Un hilo de frio recorrió su cuerpo. ¿Le iban a robar? Eso era lo único que le faltaba para decidir que se iba a morir. Volteó con mucho miedo. Una cara sonriente la esperaba. Era él. Amelia se tardó demasiado en reaccionar...


CONTINUARÁ