miércoles, 8 de diciembre de 2010

Espérame en el cielo

Ya no es lo mismo de antes. Te fuiste hace cuatro años, y desde tu partida la vejez se apropió de mí. Desde que se fue ese compañero de vida… nunca pude volver a sonreír como antes. Cómo me gustaría volver a jugar cartas contigo, cocinar juntos, discutir juntos. Daría todo por escucharte roncar nuevamente, por gritarte que dejes de comer, por decirte que no le des tanta papilla a nuestra nieta, que ya está bastante gordita.



Ya no es lo mismo de antes, mi memoria ya no es la misma y me canso con más facilidad. Mis arrugas se hicieron más profundas, y ya no soy la misma de hace cuarenta años. A veces lloro mirándome al espejo, ¿por qué Dios es tan injusto? ¿Cómo cambié tanto? A veces quisiera irme de una buena vez.


Mis hijos ya no vienen a visitarme, he pasado a ser un estorbo más en la familia. De mis tres nietos, la única que viene es Andrea, y muchas veces terminamos peleando.


Ya no me puedo acordar de las cosas como antes, de nada sirven los mil crucigramas que hago día a día. Es triste, ¿sabes? Ni siquiera puedo mantener una conversación, nadie puede entenderme… no puedo darme a entender. Mi sazón no es la misma, ya me olvidé de comidas que hacía desde los once años, cuando mamá me dejó a cargo de mis cinco hermanos. Ya no me da hambre, no le siento gusto a nada…


Últimamente me he vuelto más paranoica que nunca, hay muchas personas que quieren dañarme. Mi hija mayor dice que es porque no salgo. Pero dime, ¿a dónde voy a ir? No le veo el sentido a andar en la calle, eso es para los jóvenes.


Hace semanas que no sonrío, hace semanas que nadie viene a visitarme, hace dos días que dejé de cocinar, estoy cansada.


Me duele la cintura eternamente, me duele la rodilla cuando estoy mucho tiempo parada, y la espalda cuando estoy mucho tiempo echada. Me pregunto… ¿cuántos años más tengo que padecer? Ya no me queda mucho, mi única esperanza es Andrea, no tengo nada más aquí.


Mis hijos día a día se alejan más, soy un peso en sus vidas, un gasto más. Ya quiero irme de aquí.


Aún recuerdo esas tardes veinteañeras, cuando salíamos a bailar, cuando me adorabas y yo te adoraba a ti. Cómo adorabas ese lápiz labial rojo que no me quitaba ni para dormir, y yo cómo adoraba ese bigotito y ese sombrero que tanta clase te daba… Éramos la pareja perfecta. Y pensar que hoy ya no puedo maquillarme, el pulso me traiciona; me parece un tanto ridículo maquillarse ya a esta edad, ¿para qué? Si ya nadie me mira, y no quiero que nadie más me mire.


¿Recuerdas cuando nació nuestra primera hija Sofía? Éramos tan jóvenes, y Sofía era tan hermosa. Andreita, su hija, está más hermosa ahora que ya va a cumplir quince años. Se parece mucho a Sofía, y tiene un aire a mí cuando tenía veinticinco…


Y pensar que tú lo único que querías era ver a Andreita cuando cumpliera quince… ya se acerca su cumpleaños y tú no estás aquí. Y yo tampoco debería estar.


Me queda poco tiempo, lo tengo asegurado. No más de un año, no puedo más de un año.


Me duelen los ojos, las gafas ya no me sirven para nada, cada día veo peor y tengo una tos que no se quita con nada. He subido de peso a pesar que no como mucho.


Ya no es lo mismo de antes, ya no aguanto esta soledad, ya no aguanto dormir a un lado de la cama sin tener a quien callar en las madrugadas, ya no aguanto no verte afeitar por las mañanas, ya no aguanto no dejarte preparado el cepillo de dientes. No aguanto levantarme y preparar el desayuno para mí sola. Ya no aguanto vivir…


Espérame en el Cielo, mi amor, que pronto iré a hacerte compañía.