domingo, 9 de enero de 2011

Aquellos ojos verdes

Y se va perdiendo entre árboles que tapan el sol, que cubren las nubes y el tan celeste cielo de aquel bosque sin escape. Sólo queda esperar, ¿esperar qué? ¿A quién? Ya no hay nadie en quién confiar, nadie capaz de salvarla, de rescatarla de ese lugar.



Aquellos ojos verdes a los que no vería nunca más, esos que nunca más podrían rescatarla de esa infinita tristeza, de esa infelicidad sin límites. La misma historia de siempre, la misma, siempre la misma.


Una mano negra tendida, un hábito tan tenebroso como la misma muerte. La misma muerte, esa era, era aquella la que le tendía la mano. Podría morir asfixiada y nunca nadie se daría cuenta, y esos ojos verdes llegarían tarde y acompañados, y no de ella precisamente. Tiene que dejar de pretender, pues nadie vendrá a salvarla. La misma voz que le repetía antes que esos ojos serían el amor de su vida, le repetía ahora que estaba sola, que no tenía a nadie más porque simplemente nunca tuvo a nadie más, porque nunca la quisieron, porque es la historia de su vida, porque no hay otro destino ni lugar para ella.


La muerte no fue, no es ni será una opción para ella. Hay un propósito más: la música, hacer que mucha más gente se corte las venas como ella lo hace imaginariamente, porque nunca sería capaz de tocar esa piel tan blanca que Dios le dio, nunca sería capaz de lastimarse físicamente como se lastimaba interiormente, porque tal vez si comenzara a intentarlo, nunca acabaría. Moriría y volvería a morir en el intento desesperado de calmar todo el dolor interno físicamente.


No hay ninguna señal, empieza a oscurecer y donde antes había plantas ya no hay nada. Todo está negro, no hay vida, ni siquiera ella tiene vida en ese lugar, ni siquiera ella existe. Comienza a correr desesperadamente, como cuando subes y subes escaleras interminables, y una angustia terrible te invade todo el cuerpo, como en esas pesadillas. ¡Eso mismo! Era una pesadilla. No, no lo era, no había pesadillas así, no podía pasar ni en sueños ni en la vida real. Todo era mental, todo una absurda metáfora.


Absurda, absurda, absurda, tristemente absurda. Más absurda aún, que esos ojos verdes eran tan reales como ella misma, tan reales como el Dios que ella tenía tan olvidado, tan reales como su tristeza, tan reales como el hecho de haber sido abandonada por la primera, por la única, por la de siempre; como toda la vida. Pero coño, cómo desearía que estuviese ahí en ese preciso momento, en esa precisa caída no tan mortal como muchas veces desearía.


Y esta noche llorará, llorará porque no llegó a perderse en ese negro y oscuro bosque, llorará porque jamás fue rescatada, llorará porque nunca es lo suficientemente buena para aquellos ojos verdes que jamás olvidará.