miércoles, 27 de abril de 2011

Duele

Hoy no voy a hablar en tercera persona, hoy no voy a fingir que el 70% de mis publicaciones no se tratan de mí. Hoy seré egocéntrica y egoísta... y hablaré de mí, tal cual.


Estoy cansada, cansada de no ser lo que la gente espera. Siempre, pero siempre quieren algo más, más de lo que puedo dar, más de lo que soy. No soy perfecta, y no estoy ni siquiera cerca a serlo. Soy humana, más humana que muchos, con más problemas de los que de verdad existen.
Ya me había olvidado lo que era llorar a diario, lo que era hundirte en tu cama y no querer salir, lo que era no querer ver a nadie, sentir que nada te va bien, que nadie te aprecia, que nadie te toma en serio.
Recién puedo entender por qué mis autolesiones, por qué mis problemas de salud, por qué todo. Porque soy problemática, porque suelo creer que una lágrima es una tormenta, porque caigo con facilidad. No, corrijo: era. Hoy soy un poco más fuerte, pero la caída sigue siendo igual de dura, sólo con una diferencia: ya no es instantánea, ahora es acumulable. "Acumule más puntos Bonus, y podrá canjear una gran caída hacia un poso mil metros bajo tierra".


Ya son varios días así, he juntado todo lo que no lloré en los últimos meses, y ahora no puedo parar. Soy una catarata andante. Todo me daña, todo me duele. Una palabra fría me hace llorar, una carta que no llegó, un abrazo que no se dio. Todo, todo, absolutamente todo.
Me duele la garganta, se me cansa la vista, mis manos se acalambran. Y yo sigo llorando, y pensando en lo injusta que es la gente. Pero la gente no me importa, nunca me importó. Y sigo llorando, pensando en lo injustas que son las personas que amo. En lo poco que les intereso, en las ganas que tengo de mandar todo al carajo, y de desaparecer sola. Sola, sola, completamente sola.
Me duele la garganta de tanto gritar sin hacer ruido, el pecho me va a explotar, y sigo aquí, sin interés de nadie.


No tengo con quién salir un viernes por la tarde. No tengo con quién hacer una pijamada de chicas. No tengo  amigas. No tengo familia. Y tengo un novio al que cada día que pasa siento que le importo menos.
Vivo pendiente de las personas, tratando de darles lo mejor de mí. Vivo y me desvivo por las personas que amo. Pero NADIE, nunca NADIE jamás parece apreciarlo. JAMÁS nadie me retribuye nada, jamás nadie me sorprende, jamás nadie me hace sentir especial con hechos y no con palabras. A nadie le importa, nadie jamás se entera que lloro día tarde y noche.


Me causa gracia la gente que se te acerca justo cuando estás mal, ¿que pretenden? ¿ayudar? ¿y cuando estoy bien, qué? Estoy enojada, dolida, decepcionada... ¿Ninguna novedad no? Todos nos sentimos así, supongo.
A veces me gustaría que me presten un poquito más de atención, tal cual lo hago yo. Que puedan reconocer mi tono de voz, tal cual lo hago yo. Que puedan sacar ideas de mil lugares, tal cual lo hago yo.
Yo sé que las cosas se hacen sin esperar nada a cambio. Pero cansa, ¿sabes? Y más aún: DUELE.

Patético

Llega un punto en la vida en el que ya no esperas nada de nadie. Y justamente ese es el momento de la decepción absoluta, del hundimiento inminente, de las lágrimas saladas.
Estás cansado de esperar, de creer, de pensar que alguien te sorprenderá, que tal persona se preocupará por ti como lo haces tú por él, que ella se esforzará tanto como tú para hacer algo especial. Pero no, estás cansado de dar y de nunca recibir nada a cambio, estás cansado de ser el bueno, el que siempre da, pero nunca recibe…
Llega un punto en el que ya no quieres dar nada, ya te cansaste y aburriste. Ya no tienes esperanzas, sabes que todo está predestinado, que tu vida será así de miserable para toda la vida. ¿Y no puedes cambiar eso? No, porque tú no tienes la capacidad de cambiar a las personas, no tienes el derecho. ¿Quién eres para hacerlo? Nadie no eres nadie. No eres más que un muchacho insignificante, que no tiene amigos verdaderos, que no tiene familia verdadera, que no tiene un amor verdadero. No eres nada.
Te rompes la cabeza pensando en nuevas ideas para sorprenderla, sacas dinero de donde ya no tienes, sacas ideas de donde ya no hay, ¿para qué? ¿Para un “gracias”? ¿Para no recibir nada? Tú no tendrías por qué hacer algo, pero sin embargo lo haces, lo hiciste, y lo seguirás haciendo. Porque así eres: un perdedor.
Te quemas el cerebro imaginando en qué carta hacerle a tu padre por su cumpleaños, qué regalo hacerle. Estudias para no decepcionarlo. Y él ni siquiera te lo agradece, te dice que es tu deber estudiar y regalarle cosas, porque él te dio la vida. ¿Y sin embargo? Sin embargo cuando tú entras en depresión, cuando se muere la persona que más amas, cuando extrañas, cuando te quedas solo día y noche, ¿quién te apoya? ¿Tu padre? No, nadie te apoya. Pero tú seguirás ahí, apoyando a esas personas, y seguirás ahí esperando que alguien te apoye. Porque así eres: patético.
Y llega un punto en el cual sólo te queda llorar y lamentarte de lo idiota que eres, de lo triste que es tu vida. ¡Supérate! ¿Pero cómo superarte? Los buenos siempre reciben lo peor. ¿Acaso tú eres bueno? ¿O simplemente te haces? No lo sé, no lo sabes, nadie lo sabe.
Tírate en tu cama, tápate el rostro con tu almohada y llora desconsoladamente, ¿qué te queda? Tu novia: con sus amigas. Tu padre: hablando con su nueva pareja. Tu madre: en su casa, con su nueva familia feliz. Tus amigos: ¿Qué amigos? Estás solo.
Pero bueno, ya basta de lamentos. La gente no va a cambiar, tu novia no se va a esforzar, tus padres jamás te van a reconocer nada, tus verdaderos amigos jamás estarán a tu lado, y los demás… ¿quiénes?
Toca resignarse. Pero te conozco como si fueras yo mismo: jamás te vas a resignar, siempre vas a esperar una nueva sorpresa, y siempre, pero siempre, vas a volver a hundirte. Porque así eres: perdedor, y patético.

viernes, 1 de abril de 2011

...

Creo que no hay palabras para explicar lo que sentí al leer aquella conversación. Creo que mi reacción fue mejor de la que hubiese sido un año o dos atrás: no me desesperé tanto, no corrió sangre, no me embriagué ni te llamé para decirte que te odiaba con toda mi alma. Sin embargo, el dolor fue infinito, indescriptible.
Después de leer aquello me quedé petrificada frente al computador, leyendo y releyendo, sin creer que fuese real, que de verdad me hubieses engañado…
Leer ese “y tiraremos” de ella, y esa respuesta tuya tan… onomatopéyicamente excitada, fueron tan sólo el inicio de una dura caída a un pozo del cual aún no termino de salir, y eso que ya pasaron cuatro meses.
Y la caída continuó, ¡mierda!, pensar que lo mismo me decías a mí, pensar que lo que siempre temí antes de empezar contigo se estaba cumpliendo. Y la caída se hizo más rápida, más profunda, y no encontraba de dónde poder sujetarme. “Te extraño, sabes, la música es mi vida, a esto me quiero dedicar. Y en cada cosa que compongo, tú tienes gran protagonismo. Tú me enseñaste a amar”. Pásenme los somníferos de una vez. No, yo soy fuerte, yo no me voy a dejar vencer tan fácilmente, no le voy a darte aquel gusto. Las lágrimas comenzaron a caer sin querer, y pronto se volvió un llanto que era imposible de parar; y para ser sincera, no quería parar. Me tapé el rostro con una almohada, aquella almohada que siempre me había acompañado en los días de corazones rotos, aquella que había abandonado cuando empecé a salir contigo, cuando pensé que ya no me dañarían más,  con aquella misma almohada me cubrí el rostro y comencé a gritar. Gritos mudos, gritos desesperados, alaridos silenciosos… Seguí leyendo “Sí, es obvio, yo fui tu primer amor, por eso siempre me vas a tener cariño”, ¡perra!, cómo la odié en aquel momento, cómo la odio en este preciso momento. Dejé de leer, lo demás era irrelevante en ese momento.
Entonces llegaron a mi mente los mensajes que me mandabas contándome lo que ella te decía por Messenger, contándome que te decía que te extrañaba, que quería hacer el amor contigo. ¿Pero qué clase de puta? ¿Qué clase de novio eras tú que te dejabas perfectamente? Si  seguías amando, ¿entonces qué mierda hacías conmigo? Cierto, ella vivía en otro país, pero seamos sinceros, si querías sexo simplemente te hubieras buscado a alguien con tal vez mejor apariencia que yo, ¿qué necesidad de jugar con mis sentimientos? Pero no, tú me mentía diciéndome que me amabas. El amor merece respeto, y aunque sea una pizca de criterio.
Cuando finalmente te encontré, había impreso una copia de aquella conversación, y  te había escrito algo en aquel cuaderno en el que ambos apuntábamos nuestros sentimientos el uno por el otro. Y comenzaba a pensar en todo lo que habíamos pasado juntos, en aquellos momentos de pura sinceridad, en aquella pequeña convivencia, en aquellos días en los que jugábamos a ser esposo  y esposa, en aquellas guerras de esa cremita blanca que te encantó cuando te la preparé, en aquellos paseos por Miraflores, por aquel parque que nos traía malas vibras siempre… seguía pensando en que todo lo que hacía por ti era en vano, en que no me amabas como decías, en que había sido utilizada una vez más, en que el amanecerme cuidándote toda una noche, cuando estuviste a punto de no ser el mismo, no había valido de nada, seguía pensando en mi estupidez, en mi inmadurez. Caminábamos, tú querías tomarme la mano, pero yo la soltaba. No quería decir palabra alguna hasta estar sentados cara a cara.
Y seguía pensando en el camino en lo lindo que eras, en lo perra que era tu ex novia, en lo idiota que era yo, en lo jugador que eras tú. Es que había caído en tu juego, o eso pensaba en aquel momento. Me había dejado llevar porque una vez de novios fuiste completamente otro comparado con el que fuiste cuando éramos amigos con derecho y nada más. Me había dejado llevar por tus caricias, por tus abrazos, por tus besos, por tus promesas. Me había dejado llevar por el amor que sentía por ti.
Después de aclararme que lo de tirar fue simplemente broma, y que lo otro había sido cierto, ya había tomado la decisión de terminar con todo. Aceptémoslo: fui madura, no grité, no hice escenas, lo tomé de la manera más calma posible. Pero créeme, que tenía unas ganas indescriptibles de pararme, tirarte la copia en la cara e irme a mi casa. No, quería escuchar todo lo que tenías por decirme.
Recuerdo que me dijiste que la extrañabas, que extrañabas cuando jugaban en el carro, cuando ella se escondía y tú creías verla pero no era. Y yo me carcomía por dentro. Luego me dijiste que ya no la amabas, que me amabas a mí, que conmigo querías un futuro, no con ella. No podía seguir conteniendo las lágrimas. Me dijiste también que yo estaba logrando borrar todo lo que tú sentías  por ella. Recuerdo bien que te dije que yo no soy el clavo que saca a otro clavo, que si querías alguien para olvidarla, que yo no era la indicada, que de verdad no lo merecía. Me decías que no, que yo era más que eso, que de verdad me amabas.
Juro que iba a cortarte en ese preciso momento, lo juro. Entonces me dijiste con lágrimas en los ojos, y con una mirada que jamás voy a olvidar “amor, no te vayas…” Te respondí que no me iría a ningún lado. Me abrazaste, no te rechacé el abrazo. No parabas de agradecerme, y yo no paraba de preguntarme por qué lo había hecho.
Tal vez fui tonta al perdonarte, tal vez fui muy buena al pensar que todos merecían segundas oportunidades, tal vez te amaba demasiado como para dejarte ir.
Y te amo demasiado como para dejarte ir, pero créeme que cosas como esas jamás se superan. Y son noches como estas las que me consumen y me ahorcan el alma, son noches como éstas en las que me duele recordar.
Te perdoné una, pero no habrá una segunda. Pero, aunque suene estúpido, sé que no habrá una segunda.
No te mentiré: la odio, no le deseo el mal, pero es alguien que me encantaría tener muy lejos de ti.
Te amo, sé que me amas, pero simplemente a veces no puedo lidiar con el hecho de haber sido engañada por casi tres meses… Y jamás me llegaste a explicar por qué hablabas con ella como hablabas, según las conversaciones que mandabas. En fin, supongo que es hora de darle fin a este dolor, no lo recordaré más, o al menos… no te lo haré saber.