miércoles, 17 de agosto de 2011

Once años

Fue su regreso al Perú lo que la hizo cambiar por completo su manera de pensar. Había pasado once largos años en Barcelona, haciendo un tenue intento por ganar dinero, gastándose el 80% de su sueldo en cualquier licor que se le presentase en el camino del trabajo al apartamento, y el otro 20% en discos antiguos de música repetida. Nada más porque aún le quedaba la herencia de Francisco, su difunto marido ya hace dos años y medio.
Sí, era cierto que la repentina muerte de el popular Panchito Madera había dejado atónita a más de una, pero por sobre todo, había dejado en la eterna incertidumbre a Giannina.
Es por eso que toda su familia le rogaba día a día, año a año, que regresara a Perú, a empezar una nueva vida. Claro, le rogaban que regresara, después de haberla obligado a irse. Irónico.
Tenía 27 años, aún le quedaba, quizás, mucho por vivir como para maltratar a su hígado de esa manera. Aún le quedaba mucho Europa por recorrer. ¿Y creen que eso le importaba? No, ella estaba ensimismada en su soledad y en oler a vainilla todo el tiempo.
Fue su regreso a Lima lo que la hizo sentir viva de nuevo. Ese húmedo clima, esa escasez de nubes, ese tránsito poco organizado y esos piropos asquerosos en la calle. Aún era hermosa, aún estaba viva.
El matrimonio apresurado con un español de dinero le había cambiado la vida completamente. Ella solía ser una adolescente de clase media alta, divertida, de aquellas que iban de bar en bar cada fin de semana. Pero todo había sido culpa de su padre, de aquel abogado renombrado, que para Giannina era sólo un ser mezquino y miserable, ambicioso de dinero. Pero, después de todo, había encontrado en Francisco un gran compañero, un gran amigo y un gran amante; todo menos un gran amor. Pero algo era algo, y Panchito Madera había sido un gran acompañante durante aquellos 8 años y medio que estuvo vivo. Y, por qué no, dejó una gran herencia que Giannina jamás podría aprender a gastar.

Ni bien pisó las agrietadas veredas del Callao, supo que lo primero que tenía que hacer era llamar a Berenice, esa pelirroja de nombre extraño que fue su compañera de ebriedades y lágrimas alcohólicas durante lo poco de adolescencia que vivió en Perú. Aquella que fue la que invitó el primer porro, y la que le quitó el último allá antes de entrar al Aeropuerto Jorge Chávez. Esa pelirroja tatuada que fue a verla unas quince veces en once años. Esa incondicional hermosura de belleza anglosajona. Ella, la de su primer beso lésbico, y la del último. Porque decidieron que habían nacido para ser amigas, mejores amigas y nada más. Aquella compañera de soledad. Ella, Berenice, como ninguna otra.

Las semanas iban pasando, Giannina no se había sentido tan feliz en once años, podía recordar su pasado, podía volver a vivir.
Sin embargo algo aún acosaba su mente etílicamente alterada: Adrián. ¿Qué habría sido de aquel primer amor? ¿De aquel primer beso? ¿De aquel primer manoseo? Ese niño torpe y rubio de labios agrietados por falta de vitamina C, o por falta de labios de Giannina, quién sabe.
¿Seguiría viviendo en Lince? ¿Estaría soltero? Fue entonces cuando decidió alquilarse un apartamento a dos cuadras de la casa de Berenice, y comenzó su búsqueda. Comenzó en las guías telefónicas, Facebook, correos, etc. No había señal de vida de él.

Una tarde comenzó a recordar cada momento que había pasado con él. Cada beso, cada vaso de cerveza, cada cigarrillo, cada beso... Fueron dos años de besos, fueron muchos años de amistad y coqueteos. Aún resonaba en su cabeza aquella frase que le dijo antes de que se fuera a Barcelona "Te esperaré hasta que sepa que te has vuelto a enamorar". ¿Cómo decirle que nunca estuvo enamorada? ¿Cómo encontrarlo? ¿Cómo? 
Un año y siete meses pasaron desde su llegada, un año de sonrisas y de lágrimas. Pero al fin y al cabo, ya tenía sentimientos, ya había dejado de ser una marioneta del destino por convertirse en un ser humano de verdad, para volver a vivir.
Un jueves, y lo recuerdo bien, estábamos ahí con Berenice en el antiguo bar, algo remodelado, aquel al que íbamos en nuestras épocas quinceañeras. Estábamos bebiendo un whisky en las rocas, como en los antiguos tiempos, cuando logré escuchar que alguien gritaba desesperado: ¡Giannina! ¡Giannina! ¡No te volviste a enamorar! Un rubio colorado, no se sabía si por la emoción o por la ebriedad. 
Me paré sobresaltada y algo mareada por el cambio brusco, el whisky y Adrián. Ya lo estaban sacando del bar por revoltoso, así que le pedí a Berenice que me esperara, tomé mi cartera y salí.
- No te volviste a enamorar, ¿cierto?  - Me dijo con los ojos típicos de un borracho lloroso.
- ¿Me esperaste?
- Sí
- Han pasado once años... No, no me volví a enamorar...