martes, 20 de septiembre de 2011

Reflexión

A veces tengo miedo de escribir algo que no les guste a las personas que amo, porque quizás siento que me dejarán de amar. Soy insegura  e insoportable. Y a pesar de serlo, aún tengo personas a mi lado.
Hoy por ejemplo, no quise escribir sobre algo que sabía que le jodería a más de uno. Entonces se me ocurrió escribir sobre esto mismo: el miedo a decepcionar a los demás.
Es un alto miedo que he cargado conmigo toda mi niñez, pubertad y adolescencia - o lo que queda de ella -.

De pequeña solían compararme con mi prima menor: mírala, ella es delgada, es delicada, casi no habla. Mientras que yo hablaba hasta por las puras, era gordita, tenía unos cuantos modales, pero la delicadeza no era una virtud mía. Y aunque no lo crean,comparar es algo que siempre va a influir en la vida de un niño. 

Hoy mi más grande miedo es quedarme sola, aunque supongo que ya lo estoy. Miedo a decepcionar a mis amigas, a lo que fue y ya no es, a mi familia; básicamente todos reunidos son lo mismo. Tengo miedo de decepcionar a mi familia.
Mi papá me pidió ayer que no lo decepcionara. ¿Cómo no hacerlo papá? Tienes una hija problemática, alguien bonita que se lo cree a medias, alguien que no sabe usar su inteligencia, alguien de buenos sentimientos ocultados tras una capa protectora.
Tengo miedo.
Hoy no quiero decepcionar a nadie, pero sé que inevitablemente en algún momento lo haré. Porque es así, soy imperfecta. ¿Entonces? Entonces supongo que, como ya me han dicho, quienes se queden para siempre serán quienes realmente te amen a pesar de las miles de decepciones que les puedas causar.
Me han decepcionado innumerables veces innumerables de personas, y yo decidí por quién valía la pena seguirlo intentando y por quién no. Así que supongo que será lo mismo de parte de los que amo, ¿verdad?
¿Y qué si se alejan? ¿Y qué si me abandonan? Tengo un miedo intenso a que eso suceda. Inevitablemente ya ha sucedido, y sigue sucediendo. Aún así no estoy sola, pero aún así tengo miedo.
Algo que tengo muy en claro es que a pesar de que sea inevitable decepcionar a las personas, puedo disminuir esas posibilidades, puedo ser yo misma sin dejar de ser aquello que ellos esperan de mí.
Dar un poco más no es mi costumbre, siempre he sido un ser conformista y complejamente simple. Nunca antes se me habría cruzado por la mente disculparme e intentar hacerlo mejor esta vez. Nunca hasta que me enamoré de verdad.
¿Enamorarse de verdad? Sí, incierto y complicado, pero verdadero. ¿Raro no? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
Siempre oí decir que el amor te cambiaba por completo. Yo cambié, el amar a alguien con tal intensidad me hizo mejor persona (imagínate cómo era antes de enamorarme, ¡un desastre!), me hizo valorar más a mis amigos y a mi familia, e incluso a mí misma.
Jamás podré entender qué es lo que pasó. Fue algo extraño, quería sorprenderlo día a día, quería cocinarle, hacer cosas por él, evitarle molestias... quería ser cada parte de su vida.
Sé que me equivoqué, puesto a que todos merecemos nuestro espacio. Pero como dicen muchos ¡el amor no viene con instrucciones! Y no soy perfecta, lo siento.
El punto es que a pesar de mis errores e inmadureces, maduré. Vi la vida desde un nuevo punto de vista, uno que jamás había pensado existiría. Comencé a intentar mejorar en casa, cosa que aún está en camino. Comencé a intentar cumplir más con mis hermanos, cosa que sigue en pie. Comencé a intentar ser agradable, aún sigo intentándolo. Comencé a cambiar para bien, comencé a perder ciertos miedos y a ganar ciertas virtudes.
Siempre, en la corta vida que llevo, fui alguien fría y superficial. Al mismo tiempo era sumamente profunda y meditaba cada dos minutos. Era un balance que me mantenía tibia, inestable, depresiva y voluble.
Hoy me he dado cuenta que he crecido, que ya no soy más aquella niña que llora por una discusión, que ya no soy aquella que sufre por un amor no correspondido, que ya no soy aquella que se deja pisotear por quienes quiere, que ya no soy aquella que deja a sus amigas por su novio, que ya no soy aquella que se enoja si no recibe una llamada, que ya no soy aquella que espera demasiado de los demás. Y aunque he cometido errores irreversibles, sigo aquí queriendo intentarlo de nuevo y no darme por vencida.
Mi temor sigue aquí, ese miedo escalofriante porque te digan: me decepcionas... Pero, ¡dale Fran! La vida está llena de tropiezos y de decepciones, de amistades y de peleas, de relaciones y de rompimientos. Y aquí estoy para seguir aprendiendo, seguir edificando para que de aquí a unos años ya no siga buscando lo que busco hoy, sino que lo tenga firme.
Quizás sea apresurada al hablar, pero sé que tengo amigas para toda la vida. Lo sé porque lo siento, lo sé porque las amo. Y sé que hay amigas que amo hoy, que quizás mañana ya no ame.
También sé que no tengo un mejor amigo, y que probablemente no lo tenga hasta que encuentre alguien lo suficientemente inteligente como para ofrecerme amistad sin enamorarse. 
Aún no sé si encontraré más amigas para toda la vida, puesto a que dicen que las mejores amigas se conocen en la niñez-adolescencia. Tampoco sé si la persona que tanto amé y juré amor eterno será quien me vea despertar cada mañana.
El futuro es tan incierto. Dios nos da los caminos y nosotros escogemos cuál tomar. Y aquí estoy, intentando tomar el mejor camino: el camino a la felicidad.
Hoy ya no tengo tanto miedo de que a alguien quizás no le guste leer esto. Pues sé que quien me quiera estará, quien sienta perderme y no quiera hacerlo luchará por mí. Porque yo soy fuerte, y tú eres fuerte, y las personas que amo son fuertes y valientes, y por eso mismo las amo.
Me siento tan dichosa de a pesar de estar sola no estarlo. Me siento tan dichosa de ser feliz de saber que tengo no un hombro en quién llorar, si no varios. Sí, los cuento con una mano, pero los tengo. 
Estoy feliz, feliz de acabar este escrito como cada otro que escribo siempre: sin saber de qué hablaba en un inicio. Feliz de haberme dado cuenta a lo largo de estas palabras que jamás estaré sola, que el amor no es algo único de pareja, que el amor existe, que amo la vida.
Hoy ha salido sol, y es un hermoso día para volver a empezar de nuevo y ser mejor persona.
¿No te gustó lo que escribí? Tienes todo el derecho a que no te haya gustado, no soy perfecta. Pero no, ya no me molesta.


domingo, 18 de septiembre de 2011

Inmortal

Hoy tan sólo quisiera pedirte que te quedes, que me acompañes una noche más. Hace frío y estoy sola, sola como siempre, sola como nunca, sola como no lo había estado hace un poco menos de un año. Y aunque por dentro muera de ganas de no perder esta batalla, por dentro sigo muriendo por luchar contra mi lucha, eso mismo, mi lucha misma.
Y en medio de la sobriedad y la embriaguez pensaba en ti, en aquel saludo, pensaba en ti y en tu cabello, en aquellos labios. En ti, como siempre hice, como siempre haré inevitable y tristemente. Es así. 
Después de despedirme de ellas, aquellas nuevas y futuras compañeras de penas y tragos, de melodías y gente... después fue cuando emprendí un camino y tomé un rumbo diferente. Exagero. Tomé el bus con mi última lata de cerveza en mano, aquella que mi madre dice que parece mezclada con agua por lo suave que es.
Caminé y caminé hasta llegar a aquel lugar. Vestida con un sobre todo beige, jeans y converse, caminaba sintiéndome importante por sobre todos los transeúntes. Sí, yo lucía extrañamente hermosa, y sí, llevaba una pena enorme en el alma. Si tan sólo hubiese sabido que esto pasaría... si tan sólo hubiese pensado que todo terminaría de esta manera. Lo hubiese hecho una y otra vez con tal de volver a abrazarte, a besarte, a unirme a ti, a tomar tu mano y pensar que jamás tomaría otra mano nuevamente... Tanto te amé.
Por fin llegué a aquel camino enorme, a aquel bosque con salida en el cual me perdía mil y un días a tu lado. Caminé lentamente, como lo hacen las personas que quieren pensar detenidamente. No, yo quería correr, poder huir de aquel momento en el cual me daba cuenta de que estaba pisando mis huellas y viendo cómo las tuyas se desvanecían en mi imaginación. Y me senté con la lata de cerveza aún en la mano. ¿Por qué? Y maldigo esa pregunta de por vida. Siempre hay un por qué, siempre, mierda, siempre.
Y la puta madre que nos parió a todos, la puta madre, te amo.
Sentada en aquella banca frente a cantidades impares de oscuros y misteriosos árboles. Pensando, pensando y pensando, y con la cabeza extrañamente puesta sobre mis hombros. Carajo, estoy sobreviviendo. La oscuridad no puede vencer. Fue entonces que saqué aquel espejo que llevo en cada cartera, para cerciorarme de que no estoy tan fea como pensaba, y me miré. Me miré directamente a los ojos, sin pensar e que quizás mi delineador estaba un poco imperfecto, o que el rimel se me había corrido un poco. Y por primera vez en mi vida, pude reconocer que jodidamente no me reconocía. Esta vez ya no lo hacía por querer sentirme interesante, esta vez era en serio. No me reconocía. Era quizás como ver una escena desde adentro, como ver a los árboles, tus piernas, tu reflejo, a través del lente de una cámara. Exactamente así, pues sabía - o pensaba - que no estaba mirando con mis mismos ojos. Después pensé en ti de nuevo y tomé un sorbo grande de cerveza.
Cerveza, qué nombre tan poco delicado, qué licor tan común, qué bebida tan extraña para un momento tan irreal como la ebriedad misma. Y no, no estaba ebria.
Tu cuerpo, tu alma. Tú. Yo. Tú y yo. Yo sin ti. En ese momento se me hizo más difícil el poder admitir que éste sábado estaba sola, sentada en una banca donde quizás pude haber estado sentada a tu lado, hablando de lo inexistente y de lo inmortal que era y sería nuestro amor... tomando tu mano... tu mano.
Me levanté dispuesta a salir de aquel parque con complejo de bosque, dispuesta a terminar de recorrer aquel camino por el cual sabía que no volvería a recorrer contigo al menos en ese momento, o quizás para siempre.
Comencé a sentir tiesas mis piernas y a darme cuenta que ya no podía caminar en línea recta. Comencé a sentir frío y a anhelar una cama. Comencé a necesitarte, o mejor dicho, continué necesitándote.
Caminé y caminé, lenta pero apresuradamente, queriendo correr una vez más, pero correr a verte, a buscarte. Y apenas y acabo de recordar que antes de entrar al bosque, te llamé desde un teléfono público, y no esperé a que atendieras. Me pisoteaba y me daba mi lugar, extraña e irónica situación.
Caminé con el corazón en la mano, evitando que éste siguiese influyendo. Carajo, no te necesito corazón de mierda. Asustada y psicoseada, creyendo ver demonios en lugar de personas, fantasmas en lugar de sombras. Y seguí caminando, seguí recordándote y viviéndote en cada segundo que mi mente pudiese procesar. 
Y me senté nuevamente en otra banca, y tomé otro sorbo de cerveza... Y fue la cerveza más amarga que jamás pude beber. El trago más amargo, el momento más triste. No, esta noche no lloré.
No quería seguir bebiendo de aquella cerveza, no quería seguir amargándome metafóricamente la vida, literalmente la boca. Y la tiré a  la tierra, y vi como se iba derramando y cómo la tierra la absorbía. Intenté filosofar, pero honestamente, lo único que pude hacer fue volver a vivir de tu recuerdo.
Seguí  caminando, con la decisión firme de llegar a casa y escribir todo esto. Hasta que llegué al final del camino, al final de aquel inmortal bosque, al final del recorrido de aquella noche, donde te volví a ver sin verte, y sin verte te sentí, y frente a ti te extrañé. Llegué al final, con una angustia que podría haber sido causada por el ron y las cervezas, y aquella última que mi madre decía que era demasiado suave, y que la sentí más amarga que la vida misma.
 Tomé un bocado de aire y me senté en la última banca del camino y pensé en ti. Tu voz, tus melodías, tu arte, tu expresión, tu risa, tu vida. Jamás me había sentido tan feliz de que alguien existiera, y jamás me había sentido tan triste de pensar que ese alguien quizás, y resalto quizás porque no quiero perder la ilusión, no era para mí. Me sentí desdichada y a la vez lo sentí desdichado. Sentí que ese pedacito de vida que se fue contigo, estaba ahí, en ese parque, en ese bosque. Y ahí se quedaría, contigo, con tu recuerdo, con tu existencia. Te adoré en ese momento. Pensé que me daba miedo terminar ese recorrido, pensé que tenía miedo de terminar aquel camino. Entonces metaforicé: este camino es largo y lleno de sentimientos y recuerdos, tal cual como mi relación con él. Si quiero volver a este camino, quizás tenga que dar una vuelta por lugares llenos de gente, lugares peligrosos que tal vez no me gusten. Pero puedo volver. Y tiene algunos atajos, los cuales puedo tomar si sé bien dónde encontrarlos.
Me levanté y salí de aquel parque en dirección a lo que mi madre y yo solemos llamar hogar. Caminando rápidamente por un frío intenso, unas extremas ganas de ir al baño, y una excesiva necesidad de ti.

Hoy siento que necesito agradecer:
*Inmortales - Cementerio Club.
*Quédate - Zen
*No voy a verte más - Líbido
* Ron y cerveza.
*Tú, porque sin ti honestamente que nada sería lo mismo.

Adiós, inmortal amor.