miércoles, 2 de noviembre de 2011

Incoherente

En una cápsula invisible, se encerraba día a día con su memoria convertible, en un lugar calmado y ansioso de respuestas. Buscaba encontrarse con sí misma y con ese demonio que acechaba su conciencia día a día, con ese fantasma que la obligaba a lastimarse, con esas voces del recuerdo, con esas voces del futuro, con esa conciencia inexistente y ese remordimiento incesable.
La de la mirada perdida y la sonrisa fingida se encontraba una vez más esperando a aquel amor que suele traer la primavera no habida, a ese florecimiento que jamás traerá el otoño, a ese calor que jamás le brindaría el invierno, a ese abrigo que jamás un verano le podría causar.
Una historia de amor jamás contada, una tristeza nacida antes que ella misma, un vacío que no es vacío. Absoluto silencio.
Convirtiéndose en un animal sigiloso se arrastraba por los bosques de las avenidas y analizaba a los ratones de tuberías, comiendo mariposas y vomitando cucarachas, trepaba por los árboles de los edificios y lloraba en las montañas de las azoteas. Lágrimas de cocodrilo, tan reales como ninguna.
Pensando en el futuro del pasado, en el presente del futuro y en el pasado del presente. Divagando entre dejar de ser o continuar no siendo. Orando al Dios no habido por un sentimiento incondicional y un abrazo fraternal. Nadando en la profundidad de las piletas se encontraba ella recogiendo monedas de oro que jamás podría cambiar. Maldiciendo a los maldecidos y bendiciendo a los bendecidos, retorciéndose entre crucifijos y pentagramas, luchando contra ángeles y demonios, contra sí misma y contra ella. Seduciendo a sus deseos y a su conciencia, mujer de una sola pareja.
Entre melodías silenciosas y silencios ruidosos, volaba en los cielos de la Iglesia con alas de papel prendidas en fuego, con lanzas de agua y mangueras se cemento.
Se movilizaba en incoherencias y en soledades, en remordimientos y pensamientos que jamás podría coordinar. Y moría en la sala de partos y renacía en el cementerio. 
Incoherente la bella dama regresaba con el peor reflejo, completamente abandonada en una casa de paja y una cama de oro, a dormir con los ojos abiertos y pensar en voz alta en lo deprimentemente feliz de su día, que en realidad había sido un año. Con lágrimas de sangre y heridas de lágrimas, durmió eternamente la incoherente niña de colores gris.