miércoles, 7 de diciembre de 2011

Prohibido

Ahí estaban nuevamente, aquellos amantes perdidos, aquellos desafiantes de las leyes del orden y del espacio, aquellos ahora desconocidos... En aquella habitación, sin saber bien si deberían besarse o simplemente dormir, pues estar ahí era una simple coincidencia, o algo parecido. Ivan sabía que no debía hacerlo, sabía que quizás, si la besaba, podría arruinar lo poco o lo mucho que les quedaba... Arruinar esa eternidad, tan sólo con un beso...


Y se moría por besarla, por volver a besar aquellos rosados labios que fueron suyos alguna vez; pero que ahora estaban completamente denegados.
¿Y ella? Ella lo adoraba, lo adoraba aún así no pudiese acercarse a más de 10 centímetros, porque sabía que la tentación sería muy grande...



- Eres tan hermosa Cassie, tan hermosa...
- Te amo


Se acercó a 5 centímetros de ella, y sintió que perdía la respiración. 


- Siento que no puedo respirar, eres prohibida.
- No me beses, hagamos las cosas bien.


Sin embargo, Cassie sabía bien lo que debía hacer. Porque lo sentía, sabía que no era el momento, sabía que aunque se muriese de ganas de besarlo, no debía. ¿Por qué? Una respuesta sin fundamento que jamás podré dar. No ahora.
Se abrazaron tan fuerte, con tanto amor, con tanta alegría de al menos tener la dicha de estar juntos nuevamente. Se amaban, se amaban como muy pocas parejas de esta vida. Amor verdadero, de esos que no muchos encuentran.


- Te amo tanto Cass, te amo más que a nada en esta vida.
- Te amo muchísimo... - dijo con una lágrima escapando de sus enormes ojos miel.
- Cásate conmigo, por favor, cásate conmigo.
- Una y mil veces mi amor...


Fue entonces que finalmente ambos sintieron que tenían aquel permiso, digamos "divino", de poder besarse, de poder amarse plenamente.
Se miraron fijamente, con los ojos resplandecientes, que casi podrían haber iluminado la oscura habitación. Y rozaron suavemente sus labios, en besos lentos y delicados, que con el pasar de los segundos fueron tomando una extraña forma apasionada, que dejaba a relucir su tristeza, amor, y lo mucho que se habían extrañado desde la última vez que pudieron estar juntos.


Era tan inexplicable cómo hacía tan sólo unos meses ellos habían tenido la plenitud de amarse, la libertad de caminar tomados de la mano y dormir juntos sin remordimiento alguno, y que esta noche, lo único los atara era un amor "prohibido"...
Los besos aumentaron, y con ellos la temperatura de sus cuerpos. El deseo surgió como el sol en un tierno amanecer de verano. Y sin timidez alguna él la despojó de su blusa roja, roja como la sangre que aún hacía latir a ese par de corazones.


Se prolongaron los besos y aquellas caricias sobre las prendas aún puestas, sin remordimiento alguno. Aquellos cortos y suaves gemidos de deseo, aquellos que ocultaban vagamente las enormes ganas que tenían de poseerse el uno del otro nuevamente, como en los viejos tiempos.


Iván comenzó a recorrer sus grandes manos por el cuello de Cassie, bajando por sus suaves pechos, acariciando su dulce estómago, y finalmente aterrizando en aquel monte de venus, tan suyo antes, tan suyo esta noche. Desabrochó los dos botones de su ajustado jean, mientras que con la otra mano tocaba y besaba sus senos. Y pudo descubrir aquella ropa interior roja, que le pareció adorable, y no dudó en sumergir su mano dentro de ella. Un siseo se escuchó, le encantó sentir aquella humedad que tanto había anhelado en esos días, y con el amor más grande del mundo, comenzó a acariciar esa flor prohibida como la manzana de Adán y Eva.


Ella, mientras tanto, iba acariciando el suave abdomen de su hermoso amante, y con sus uñas haciendo que se le pusiera la piel de gallina, causando esa sensación de estremecimiento total, de deseo, de descontrol. Lentamente bajó su cremallera, bajando su ropa interior hasta encontrar aquel monumento que reiteradas veces la había hecho temblar. Y cuando finalmente su sedosa mano logró posarse, él se estremeció, soltando un gemido tan masculino como ninguno.


Continuaron tocándose durante largo rato, entre palabras entrecortadas como "me encantas" y "te amo", la ternura fue apagándose, y siendo reemplazada por morbo y agresividad, sin dejar de lado el inmenso amor que aumentaba con cada gota que expedían sus cuerpos.
Poco a poco fueron quedando completamente desnudos, observando, él, los hermosos pechos de aquella mujer que nuevamente volvía a ser suya. "Lámeme toda" susurró ella. Ivan, sin pensarlo dos veces, tomó su pequeña oreja y lentamente, fue llenando su cuerpo de esa deliciosa saliva que él tenía.  Lamiendo sus pezones, sin dejar de tocar su flor, él se embargaba de deseo y excitación. Bajó suavemente, jugó un momento con el arete que ella llevaba en el ombligo, y finalmente reposó, tal cual su mano, en aquella rosada rosa...
Gemidos que lo único que hacían era deleitar los oídos de Ivan, sintiendo una felicidad inmensa por poder volver a complacer a esa hermosa mujer de cabellos castaños. 


Degustó su sabor nuevamente. Y volvió a sentir que podría quedarse allí toda la madrugada. Amaba ese exquisito brebaje, dulce sin empalagar, tan delicioso como ella misma.
Y bruscamente introdujo un dedo, haciéndola retorcerse de placer. Y con el otro dedo, comenzó a acariciar aquel pequeño agujero, haciendo así, que Cassie tomara una almohada y se tapara el rostro; y no por vergüenza, sino para atenuar así aquellos alaridos que estaba por soltar. 
Hasta que no aguantó más, y con la voz temblorosa, le pidió que entrase. Obedeció al instante, ansioso por volver a formar parte de ella.


Lentamente, fue ingresando por aquel húmedo túnel, que todo este tiempo, ella había guardado para él. Y al mismo tiempo, gimieron de satisfacción, de placer, y por qué no, de amor y felicidad.
Y esos movimientos suaves y lentos, fueron tomando intensidad y rapidez. Se volvían locos, eran uno solo y disfrutaban de la misma manera, como pocos amantes logran hacer. Y a movimientos sincronizados, se fueron elevando entre las más hermosas nubes del deseo y del morbo, de la pasión y el éxtasis, de la saliva y el sudor. Escuchando las hermosas melodías de sus voces, de sus susurros, uniéndose en cuerpo y alma una vez más, disfrutando al máximo aquella madrugada.


Rápido, rápido, fuerte y rápido. Sentir cómo entraba y salía era algo que a ambos les quemaba completamente el cerebro, superaba totalmente expectativas y pensamientos. Pues hasta lo más sucio era superado en esa cama, en esa noche, en esa soga imaginaria que los envolvía y no les permitía volver a separarse. 
Una fuerte explosión de sensaciones, hizo que ambos se separaran bruscamente, y él pudiese soltar todo lo que llevaba dentro; y por su lado, ella también. Sonrieron pícaramente, con los ojos más enamorados del mundo y se besaron profunda y tiernamente. 


Sin pensarlo dos veces, los besos nuevamente fueron incrementando en pasión, una pasión insaciable. Volvieron a ser uno. Ella bailándole encima, en esas danzas que lo envolvían y lo llevaban a otro mundo, estrujando y meneando, volando ambos por los cielos de la excitación. Amándose, acariciando sus cuerpos. Besos. Besos de ternura, caricias en el rostro, miradas enamoradas. Media hora más y ya estaba a punto de amanecer. Nuevamente concluyeron su danza felices, viendo cómo la luz empezaba a entrar por las cortinas... Habían hecho el amor hasta el amanecer, como en los viejos tiempos. Y abrazados, cerraron sus ojos y soñaron juntos. Y en dos deseos, lo único que pudieron pedir es que se les concediera esa oportunidad nuevamente. Pero que esta vez, pudiesen ser libres de amarse, no sólo en una habitación de hotel.


Y no fue hasta la mañana siguiente que la conciencia les recordó lo que habían hecho. Ninguno estaba atado a otra persona, ninguno estaba siéndole infiel a nadie. Tan sólo a una promesa.
Sin darse cuenta, por una noche de amor intenso estaban perdiendo aquella última oportunidad.
No importó, no debieron amarse esa noche, pero nada, absolutamente nada les quitaría el amor vivido aquella madrugada.
Salieron de la mano, soñando lo que nunca más volvería. Y al despedirse, supieron que ya todo había acabado, y que tal vez, nunca volverían a ser uno solo.


"Las lágrimas más amargas que se derramarán sobre nuestra tumba serán las de las palabras no dichas y las de las obras inacabadas." - Harriet Beecher Stowe (1811 - 1869)





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