lunes, 31 de diciembre de 2012

Adiós 2012

Empezaré con esto ¡YA SE ACABÓ EL 2012 CONCHASUMADRE!
No puedo expresar con palabras lo feliz que estoy de que se haya acabado ese año de mierda, en serio.
Yo sé que es algo simbólico el hecho de "cambio de año, cambio de vida". Se acabó el 2012 pero yo no he perdido 50kg de un día para otro, ni mis ojos se han vuelto celestes ni he encontrado a mi futuro esposo al dar la media noche. Pero si algo es cierto, que esos simbolismos de mierda significan demasiado para mí. Y sí, por eso estoy demasiado feliz que se haya terminado.

He puesto mi reproductor en aleatorio y de pronto escucho una grabación del 2010, cuando yo me moría por él y él no sabía. En fin. Es una de esas cositas que me muestran cuántas cosas han cambiado. Sin querer queriendo han pasado tres años desde que mi vida cambió radicalmente. Cuatro, contando a L y mi pasado tormentoso. Como amo esto de crecer y poder olvidar lo que un día me causó tanto dolor.
Es una canción, la grabación aleatoria, una canción de ensayo. Esa canción hoy en día está cambiada en un 50% y ya no pertenece a él, porque esa canción murió junto conmigo, con él y con todos. Simbolismos de nuevo. No importa. Ojalá pudiese escribir con tanta libertad aquí como lo hago en mis cuadernos, pero no puedo, el hecho es que no puedo y por eso estoy aquí sin escribir nombres. 
La canción se termina después de seis minutos de grabación, mi corazón tiembla y mis manos sudan frío. Me da un poco de pena escribir esto, me da un poco de pena leer lo que escribí el año pasado y ver cuánto he cambiado, cuánto me ha curtido el paso de los meses

Just close your eyes and scream with me, what we do in this life will echo in eternity. La música ha tenido gran influencia este 2012 en mi vida. Mucha más que otros años, por el mismo hecho que me pulí más en la guitarra, avancé sola y aprendí sola. La música fue mi vida todo este año.
Exploré otros lados de mí, viví cosas que jamás pensé vivir. Viajé con alguien que recién conocía por todo el Sur, visité a familia que no visitaba hace años. Creé canciones, dejé mi banda, formé otra. Abandoné y huí de responsabilidades musicales, me ganó la dejadez y la depresión.
No quise estudiar. No estudié. Las cosas se hicieron tal cual las quise en ese aspecto, y fui responsable de mis propias malas decisiones. Hoy ya habría acabado mi primer año de universidad. Ni modo.

Sufrí tanto este año, pero tanto que la escala del 1 al 100 me queda corta. No voy a explicar en qué o por qué sufrí, simplemente voy a decir que sufrí. Me ilusioné y volví a caer. Esperé algo que jamás debí esperar. Me enamoré de la nada misma, me enamoré del aire. Amé. Odié. 
Ojalá pudiese decir que este año conocí a alguien que me cambió la vida, alguien que me enamoró, alguien que me hizo vibrar. Pero no conocí a nadie más que a un pasado amenazante y feroz. 
Pero de todo ello, aprendí más de mí y de mi estúpido comportamiento de niña idiota que cree que lo merece todo, cuando todo lo bueno que tenía lo convertía en trizas. Fui una desagradecida con la vida.

Escapé del suicidio y de los trastornos alimenticios. Me extralimité con las pastillas y engordé. Me deprimí. Lloré. Pero no recaí, gracias a Dios, a la vida, y sobre todo a mí misma, no recaí. No me imagino haber pasado por eso de nuevo esta vez sola. 
Para ser sincera, me asombra que esté viva este 2013.

Me di cuenta que estoy sola. Que mis amigas siempre serán sólo eso: mis amigas. Me di cuenta que no tengo a nadie al lado y que tengo que salir de estas sola, sin nadie que me abrace o que me llame. Y está bien, estoy aprendiendo a lidiar con ello. 

Por todo eso estoy enormemente feliz de que se haya acabado el 2012, el peor año de toda mi vida. Me muero de ganas por escribir todo lo que tengo en mente, pero aún tengo algo de conciencia, de orgullo y de dignidad y no lo haré. Mi vida privada está bastante publicada y vulnerable por todas las redes sociales. Pero cierto es que nadie sabe nada de mí, absolutamente nada ni nadie. Lamentablemnte y gracias a Dios.

Este no ha sido un texto poético, ni difícil de leer. Más bien ha sido mi desahogo de fin de año. Algo incómodo, molesto y a medias. Pero tenía que hacerlo. 

No prometo nada para este año. No prometo hacer dieta, ni no querer desaparecer. No prometo hacer amigos, ni estudiar todos los días. No prometo ser mejor persona ni aprender a tocar batería. No prometo ser mejor hija. No prometo nada porque cada vez que prometo algo me defraudo a mí misma. Este año sólo voy a buscar mi tranquilidad. Sólo eso.

2012, no te voy a extrañar tanto. 

Y ya pues, nunca hubo fin del mundo :(


martes, 25 de diciembre de 2012

Sálvame

Vacío. Un vacío tan profundo que ni siquiera sé si en realidad hay algo más. Humo. Oscuridad. ¿Qué está pasando? No entiendo. ¿Qué hago? Tampoco entiendo. ¿A dónde voy? No sé. No sé. No sé, te juro que no sé. Quisiera saber dónde es que está, dónde es que no está, por qué es que no está. Tengo que buscar mi razón, tengo que buscar mi conciencia, tengo que buscar mi alma. Voy dando vueltas en círculos, como un perro que quiere atrapar su cola, como alguien que busca el amor del amor perdido, el dolor del amor perdido. Inerte a mi naturaleza es el sentimiento de no saber qué sentir. Estoy triste pero no estoy triste. Inseguridad mezclada con seguridad, confianza mezclada con desconfianza, amor mezclado con indiferencia.
Ven. Ven y sálvame. Ven y dime que nada está perdido. Ven y dime que todo estará bien. Ven y por favor enamórame, hazme vibrar, hazme sentir. Ven y ayúdame a vivir. Ayúdame a encontrarme.
Me estoy perdiendo entre bosques que hace un tiempo pinté. A la derecha hay árboles y a la izquierda también, detrás mio no hay nada y frente a mí hay un laberinto en el que me da miedo ingresar.
¡Estoy perdida! ¡Ven! ¡Ayúdame!
Me rehúso a aceptar que ya acepté el hecho de no verte nunca más, de no saborear tus labios nunca más. Me rehúso a aceptar que ya acepté que nunca serás quien fuiste y que nunca volveré a ser quien fui contigo. Quisiera decirte que te amo, quisiera pedirte que te quedes, quisiera decirte que te extraño. Pero no quiero mentir. Ni a ti, ni a mí misma, porque ya no puedo.
Confusión. Lágrimas mentales. Suspiros estúpidos.
Dormir. Sólo quiero dormir y quizás despertar con una nueva idea. Una nueva idea para olvidar que te estoy olvidando, para olvidar que en realidad nunca te he olvidado. Te extraño.
Vacío, dulce vacío. Voy a colapsar. Sálvame.

Y con el paso del tiempo, ellos

El tiempo no cambia a las personas. El tiempo mata a las personas. El tiempo la había matado, había aniquilado cada sonrisa y cada sentimiento. Él la había asesinado; y aunque seguían ahí, ambos sabían que ninguno de los dos estaba presente. Ya no. 
Ella lloraba, su mente era un torbellino y su alma estaba quebrada. Lloraba pensando en por qué nada podía ser como antes, por qué él ya no era él y ella ya no era ella. Lo miraba. Era él, o parecía ser él. Quizás era un robot malvado enviado por algún científico chino para investigar la naturaleza y el dolor humano. Sea lo que sea, ese hombre que tenía frente a ella, se parecía al hombre que un día amó con locura y hoy quería amar. Se obligaba a quererle, mas lo único que podía sentir era una pena más inmensa que la soledad misma. Él la miraba, con los mismos ojos cafés de siempre. Pero sus ojos ya no eran sus ojos, pues su mirada no estaba allí, estaba en ella pero no por ella ni para ella. 
<< Si tan sólo pudiese mirarle como antes, si tan sólo pudiese imaginar que todo es como antes, cuando yo era inocente y él amaba mi inocencia. ¿Cómo hago? ¿Qué hago? Por favor deja de mirarme así, deja de hablarme como si fuese una persona que odias. Estoy segura que a tus amigas o amigos no le hablas así. ¿Por qué no puedo ser su amiga? ¡Dios, dime qué hacer! Me acuerdo cuando caminábamos y ni él ni yo teníamos dinero. Caminábamos y caminábamos y éramos tan felices...>>
El recordar provocó un tierno brillo en sus grandes ojos. Una media sonrisa se posó en su rostro y él lo notó. Comenzó a jugar con su cabello, como antes, y a mirarle, y a mirarle, y a jugar y a mover sus pies como antes. Comenzó a ser la de antes, la que siempre fue, la que seguía siendo, la que el tiempo no había matado del todo.


 - ¿Qué haces? - Preguntó él.
 - Intento mirarte como cuando tenía trece.
 - No te entiendo.
 - No te preocupes, no necesitas entender nada.

La mirada de él no cambió. Se iba alterando poco a poco, como si le molestase que ella pudiese ser la de antes, que el tiempo no la hubiese matado y a él sí. 

 - No te entiendo, ¿para qué haces esto?
 - No estoy haciendo nada. Estoy cansada de mirarte como si fueras un desconocido. Me muero de pena, se me parte el alma de sólo saber que donde hubo fuego ya no quedan las cenizas. Tú barriste las cenizas - explotó en llanto - A veces te odio. Te odio tanto. Te odio por haberme enamorado hasta las patas, de haberme hecho sentir mariposas y de haberme hecho alejarme de mis amigas y de mi familia para pasar días y días enteros contigo. Te odio por haberme hecho tan feliz. Porque hoy de todo lo que fue ya no queda nada. Yo te hice una promesa. Yo te prometí un para siempre. ¿Y qué hiciste? ¿Qué hiciste con esa promesa? ¿Qué hiciste con tu promesa? Eres un mentiroso. Te odio. ¡Te odio!
 - ¿Ya terminaste? ¿Ya puedo hablar?
 - Sí. 
 - Las cosas han cambiado. Tomamos decisiones, elegimos cosas y elegimos a personas. Dejaste pasar el tiempo hasta que te dieras cuenta de todo esto. Dejaste pasar oportunidades. Yo dejé de intentar. Tú ya estás en la universidad y yo viajaré pronto a trabajar en lo que amo. Conocerás a alguien, ya verás, lo sé. Yo ya conocí a alguien, y lo sabes. Me da pena no haber podido cumplir nuestras promesas, pero ya verás que al final de nuestros días, todo va a encajar perfectamente, que este dolor va a tener un sentido. Y quién sabe, quizás al final terminemos juntos. O quizás no. Nadie sabe. Por ahora estoy seguro de todas mis decisiones. Pero no llores, no llores porque eres hermosa cuando ríes. Te lo dije cuando te conocí a los trece y te lo digo ahora, a los dieciocho. Yo te quiero, no dudes que te quiero y que siempre me vas a tener si me necesitas. Pero yo ya no soy tuyo, y tú ya no eres mía. Ya es hora.

Quizás fuera verdad. Las lágrimas corrían por su pequeña carita como un río caudaloso, se atoraba y respiraba con dificultad. El dolor era tan grande que le dolía el pecho, tenía ganas de vomitar, quería rogarle por favor que no se fuera, quería rogarle que se quedara, que lo intentara. Pero sabía, muy en el fondo, que nada de eso funcionaría. 

 - Me acompañas a mi casa, ¿por favor?
 - No puedo. ¿Puedes ir sola? ¿Sabes cómo llegar?
 - Sí, obvio que sé cómo llegar.
 - Claro... Olvidé que ya eres una señorita. - Dijo con una sonrisa en el rostro - Cuídate mucho, ¿me lo prometes?
 - Te lo prometo.

Quizás el tiempo no los había matado, quizás ellos habían decidido fingir un suicidio y seguir caminando. Cada uno por su lado, esta vez.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Fragmento de una cosilla que estoy escribiendo

La sinceridad te dio alas para volar, mi amor, para volar muy muy lejos de mí. Esa sinceridad que por tanto tiempo amé hoy es la única causante de que el corazón se me estruje como un trapo sucio. Es que eso soy, ¿no? Un trapo sucio, un trapo viejo y sucio que decidiste dejar tirado aquí, mientras volabas por aires que obviamente no eran peruanos y saboreabas una nueva lluvia que ya no es la mía.
Esta es una de las tantas cartas que te he escrito y jamás te mandaré. Aunque me muera de ganas, aunque me muera por ti y me mate por ti. Si tan sólo me dieras un indicio, una pequeña pista que me diga que aún me amas, que volverás. Tengo miedo de perder las esperanzas, de perder las ilusiones que me mantienen con vida hoy. Si leyeras esto dirías que soy una exagerada, pero te juro que no, te juro que me muero poquito a poquito cada mañana que despierto y no te veo a mi lado. No resisto.
Hoy me pregunto, ¿quién me va a ver si todos están ciegos? Si tú eras el único con la vista suficiente como para verme y saberme tan bien. Eras la única persona en la que podía confiar. Eras y ya no eres.
Cada día vivo con la esperanza de verte regresar, y cada noche muero sabiendo que no estás. ¿Por qué tuviste que irte? Quisiera saber si hay algo que pueda decir para hacerte regresar.
Ya no sé cómo levantarme e intentarlo. ¿Por qué nunca me enseñaste? Si tan sólo me hubieses entrenado a vivir sin ti, sin tus ronquidos, sin tus manos, sin tus pies, sin tus hermosos ojos cafés.
El día a día se me hace cada segundo más difícil, y no sé cuánto más pueda aguantar. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que te fuiste. No cuento ni los días ni los meses, así cuando regreses, podré fingir que fue a penas ayer que me dejaste aquí, marchitada. ¿Y qué si nunca regresas?


"Carta número 99"
- Fragmento de una cosilla que estoy escribiendo

viernes, 23 de noviembre de 2012

Crónica de una noche fugaz

Se encontraron después de que Grecia saliera de la universidad. Él llevaba puesto esa camisa azul que ella tanto adoraba. Ella llevaba una sutil y un tanto insinuada blusa azul también. Combinaban bien, como siempre. 
Lo saludó con un beso en la mejilla. Uno bien dado, de esos que la gente olvidó por un simple choque de mejillas. Él la miró. La desvistió de una sola mirada.
- ¿Todo bien? - Preguntó él.
- Sí, ¿tú?
- Sí, todo bien.
Caminaron casi sin hablar en dirección al hostal de siempre. No se tomaban las manos, pues no eran más que amantes con deseos insaciables. No eran amigos. No eran novios. No eran nada más que dos personas que compartían un mismo deseo, un mismo sentimiento, y un cariño inmenso.
Llegaron. Era un hostal escondido entre una avenida principal. No era lujoso, no era romántico. Era justo lo que ellos necesitaban en ese momento: un escape rápido, sin rodeos. 
Habitación 306, por las escaleras de la derecha, control remoto con canal porno, papel higiénico áspero, dos jabones y dos toallas blancas. Cubre cama floreado, dos almohadas duras como piedras , y dos personas impacientes por saciar necesidades que llevaban semanas sin saciar.
- ¿Puedo apagar la luz? - Preguntó él
- Sí, apágala. Voy al baño.
Grecia entró al baño, se miró al espejo, se sobó un poquito por debajo de los ojos para quitar el maquillaje corrido. Hizo lo que tenía que hacer, se lavó, se miró nuevamente al espejo y salió. Se iba quitando los zapatos mientras le hablaba de lo que había hecho ese día. En verdad ni ella lo quería contar, ni él lo quería escuchar. Augusto la seguía con esa mirada dura y a la vez tierna que le caracterizaba. Automáticamente ella se sentó encima de él y comenzó a provocarlo, besándolo suave y despacio, mientras él le acariciaba la espalda. 
Sentía cómo su respiración se iba entrecortando. Grecia respiraba en su oreja. Él no podía quedarse quieto. Lentamente fue bajando, desabrochando su camisa y desabrochándose ella misma la blusa. Se fue desvistiendo, como si fuese un acto de rutina, como si no tuviese que hacerlo de la manera común. Era cierto, nada tenía por qué hacerse de la manera común. Ella era Grecia y él era Augusto. Nada en ellos era común.
Le desabrochó el pantalón, bajó su ropa interior y comenzó a besarle como nunca le había besado. Augusto se movía, respiraba cada vez más fuerte, se tapaba el rostro con la almohada, se lo descubría, la miraba. Lo miraba. Se miraban. Sin que se de cuenta, Grecia ya no tenía las pantys puestas.
Comenzó a subir de nuevo, besando su blanco abdomen hasta llegar a esos labios con los que ella soñaba cada noche sin que él supiese. Se colocó nuevamente encima de él, se introdujo en él. Un suspiro de alivio salió de ambos al unísono.
Ciento diez minutos estuvieron echados, besándose, jugando a amarse, deseándose como nunca en la vida habían deseado a nadie, sólo por ese momento. 
- ¿Te gusta? - Preguntó Grecia.
- Me encanta - Dijo entrecortado. 
Cinco minutos más tardaron. Él se estremeció, sujetándose con fuerza de la cintura de ella. Ella suspiró,  relajando sus piernas. Se quedaron quietos por un momento, echados como si fuesen uno solo, siendo uno solo. Sus respiraciones se fueron normalizando. La miró, sus ojos brillaban como el mar al atardecer, y la besó lento, suave, tierno, como si de verdad la amara, como si de verdad todo fuese real. Le acariciaba sus castaños cabellos, mientras sentía el roce de sus enormes pestañas. La quería, la quería muchísimo. La quería en ese momento, en ese preciso momento. No importaba antes, no importaba después. La quería ahora. 
Grecia se acostó a su costado, acurrucándose en su pecho, mientras suspiraba y le besaba la mejilla. Él le besó la frente. Lo amó. Lo amó intensamente, como si pudiese morir en ese instante por él, como si pudiese ahogarse en el mar y quedarse quieta sin luchar, tan sólo viendo su mirada, como si tuviese alas, como si quisiera que él sea lo último que sus ojos vean antes de morir. 
Comenzaron a conversar de lo que habían estado haciendo en las semanas que no se habían visto, ahí, abrazados, completamente desnudos y sudados, queriéndose como dos amantes eternos en una noche fugaz. Rieron, se besaron, como si esa noche de verdad no tuviese fin, como si pensasen que seguirían siendo uno solo al amanecer.
Él se quedó dormido abrazándola por la espalda, mientras ella lloraba en silencio. Todo acabaría pronto nuevamente.
La alarma sonó y un señor fue a tocarles la puerta, diciéndoles que era medio día. Él respondió que ya salían. 
Se besaron y lo hicieron nuevamente, intentando no dejar morir los restos de sentimientos de la noche anterior.
Se vistieron sin bañarse, Grecia se lavó la cara y él se abrochó aquella camisa que olía a ella. Salieron de la habitación sin hablar y se dirigieron hacia el paradero. Se despidieron con un beso en la mejilla. 
- Cuídate - Dijo él.
- Tú también.

martes, 6 de noviembre de 2012

Miedo a reír

Estábamos en la sala de aquella gran casa en Pueblo Libre. Mi abuelita sentada a mi derecha, mi mamá a mi izquierda, mi tía al frente mío y mi abuelito a la derecha de mi abuelita.
Jugábamos casino, y yo me reía a carcajadas de las payasadas que papito - mi abuelito - hacía. Soplaba las cartas como si estuviese haciendo magia, y de pronto sacaba un As y se llevaba todo lo que había en la mesa. Lo admiraba, lo adoraba, y me reía de cada chiste que hacía. Reía tanto que me ponía roja y estaba a punto de hiperventilar, ya que era - soy - asmática.

   - No te rías tanto, que vas a terminar llorando - Me dijo mamá.
Seguimos jugando, cuando de pronto mi tía hizo un comentario de mal gusto. Subí al cuarto de mi abuelita y me tiré a la cama a llorar.
Mamá subió a los minutos, y soltó un "te lo dije" que nada venía a aquella desolada escena que yo vivía a mis nueve años de edad. 

Pero hoy mi abuelito ya no está vivo, y ya no jugamos casino los domingos por la tarde en familia. Ya ni siquiera sé cuál es el verdadero significado de esa palabra. Aunque algo no ha cambiado: mi tía sigue - y probablemente seguirá - haciendo comentarios de mal gusto. En fin.

Caminaba hoy por las sombras de los recuerdos averiados por un incierto pensamiento: ¿Y ahora qué hago?
Hacía un par de horas me encontraba en una obra de teatro. Era comedia, podías escuchar carcajadas unísonas en todo el auditorio. Gente que probablemente llegaría a casa un poco tarde, se quitaría los zapatos y se tiraría a la cama cansados, para despertar al día siguiente e ir a estudiar o a trabajar. Gente que tenía problemas y que creían que sus problemas eran los peores del mundo. Gente que reía en ese momento, porque se olvidaba de todo y por un momento, por sólo uno momento creyéronse felices ante una simple actuación. 
Yo reía. En realidad no me olvidaba de todo, no me olvidaba de nada. Simplemente reía, y reía mucho. Reía y pensaba que en unos cuantos minutos nada cambiaría, que mi vida seguiría tranquila como últimamente estaba, que mi día terminaría como un buen y gran día, con una sonrisa inmensa en el rostro.
Hacía una hora me encontraba intercambiando microbios con alguien, después de enterarme de algo que me dejaría con una tremenda duda.
Hacía cuarenta minutos me encontraba intentando aparentar que nada pasaba, después de descubrir que todo pasaba.
Hacía treinta minutos me encontraba  riendo de nuevo, mirando aquellos ojos negros, y sintiendo esas tantas miradas sobre mí, animosas, pidiéndome que les cuente más historias, cuando en realidad lo único que quería era correr a aquellos brazos y rogarle que me dijera que todo era mentira, que todo siempre había sido mentira.
Hacía diez minutos me encontraba tomando un bus, cediéndole el asiento a un anciano de mirada triste y evitando dejar caer las lágrimas.
Y en ese momento, en ese momento me encontraba al borde de desplomarme y simplemente gritarle a la primera persona que pasase por mi lado que me abrazara, que me abrazara fuerte. Sólo quería aferrarme a alguien y poder simplemente llorar y preguntarle por qué, por qué siempre todo es tan difícil. Preguntarles, esperando que pudiesen responderme exactamente, ¿y ahora qué hago?

Soy esa señorita sin nombre ni destino, que suele usar sombras de ojos color celeste para que nadie note esas inmensas ojeras provocadas por sus eternas desveladas. Esa niña que perdió su muñeca favorita en su parque favorito, sin embargo por más que la busca, no la encuentra, y teme que otra niña se la haya llevado. Soy esa mujer casada con un militar que se fue a la guerra, esa que teme que su marido nunca regrese. Soy esa solterona que nunca le dijo al amor de su vida que lo amaba, por cobarde. Soy esa adolescente indecisa que no sabe si estudiar filosofía o dedicarse a la pintura. Soy esa señorita sin nombre ni destino, que no sabe si reír, si luchar, si seguir, si desistir, si estudiar, si enseñar.

A pesar de todas las lágrimas, creo que nunca voy a tener miedo a ser feliz por miedo a llorar. 
Debo confesar que a veces hasta me es placentero.

martes, 16 de octubre de 2012

Insomnio

Te quedas sin ver la luz de la calle una semana entera. No te bañas. Almuerzas frente a un computador o a un televisor, dejando miles de platos y vasos sucios a tu alrededor. Eres un desastre.
Amanece y aún no duermes, estás escuchando cómo la gente sale de su hogar - o lo que sea que esto signifique - para ir a hacer algo productivo con sus vidas. Algo que tú, ciertamente, hace tiempo no haces. Gente que quiere llegar a algún lado, gente normal, esa gente con la que conversas a diario, que tiene una rutina, que tiene una meta bien o mal trazada, pero finalmente está haciendo algo para lograrla. 
¿Hace cuánto no guardas tu ropa en el armario?

Hacía días ya que no pensaba en él. Al menos no con la frecuencia compulsiva y profundamente melancólica con la que lo pensaba siempre. Había alejado las incertidumbres de su lado, por sumergirse en una piscina de pelotas de colores que sosegaban su intranquila salud mental. 
El enorme placer de recostarse en una cama al ver la luz del día la hacía sentir "especial"; porque mientras todos dormían, ella hacía algo por desaparecer su depresión, por no volverse a meter en ese inmundo mundo de lágrimas, de dudas, de inseguridades estúpidas que no la hacían llegar a ningún lado más que a los chocolates de las seis de la tarde.
Sinceramente, estaba harta del romanticismo barato de testimonios de libro de auto ayuda para adolescentes en crisis. Necesitaba llegar al planeta Tierra, porque era obvio, hace tiempo que vivía entre nubes, insomnios y arco iris.
Sin embargo, ¿quién quiere tocar el suelo mientras vive en una ensoñación de madrugada? ¿Quién? Ella. O yo. O quien sea que fuere.
A pesar de todo, había ido edificando con el pasar de los meses una fortaleza inherente a su persona, pero no a su noción. Fuerza que, al transcurrir las madrugadas y al aparecer en sombras marrones bajo sus ojos, se iba escondiendo tras un estado de desconocimiento y desinterés total. De nuevo.


Ella era fuerte, mas necesitaba aquel apoyo no necesariamente incondicional que le recordase que aún tenía a alguien en esta vida. Alguien que no esperase nada de ella, nada más que su felicidad. Yo sólo quería tener a alguien a mi lado.
Pero aquella mañana, a las 5:55 de la mañana, la desidia del amanecer había chocado con su burbuja de apatía. Pensamiento equivocado, momento equivocado. O tal vez no. Sea lo que sea, había obtenido un impacto, exagerando un poco, devastador. Poco a poco aminoraba la neutralidad siendo reemplazada nuevamente con un paquete de dudas existencialistas que poco o nada le ayudarían a conciliar el sueño; peor aún con el ruido del tráfico matutino y de aquellas maletas de rueditas de niños que aún tienen ganas de ir al colegio, porque aún no lo ven como una tortura por un profundo e inconsistente odio de sus padres hacia ellos.
La posibilidad - remota, debo aclarar -  de un fortuito reencuentro aceleraba su respiración y originaba mareos esporádicos. Movía sus piernas incesante y nerviosamente mientras esperaba el momento de agotamiento total para poder desplomarse sobre su cama. Cama que no tendía hace 4 días. Tal vez necesitaba ayuda psicológica. Sin contar la maldita alergia matutina que sufro desde que tengo uso de razón. 
De todas maneras, el llevar sus sueños a sus dudas en la realidad no era nada bueno. Y aunque la esperanza es lo último que se pierde según dicen, ya había perdido cada ilusión de que todo salga bien. Porque mientras más esperaba más daño se hacia. Entonces aprendí - o aprendió ella - que mientras menos esperas, menos sufres. Pero no lo aprendí por voluntad propia. Los residuos de amor propio restantes actuaron en ella - o en mí, o en quien sea que fuere - de forma impresionante, haciéndola tan fría como Puno en Julio a las seis de la mañana. Más o menos. 

Otras 24 horas sin dormir. Otro sin resolver. Actividades motrices afectadas por el insomnio fatal de una mujer sin sentimientos.
Es impresionante lo que un poco de miedo y soledad pueden hacer en una persona. Especialmente en ella. O en mí. O en quien sea que fuere.

Y aún no tienes intenciones de guardar tu ropa.







jueves, 4 de octubre de 2012

La esquina Desesperanza

Era de noche y la neblina no le permitía ver más allá de aquel semáforo en el que tantas veces él le dijo "mañana te veo, descansa, te amo". Aquel semáforo en el cual, a los 3 años, se tomó una foto con su Felipe, su abuelo. Aquel mismo semáforo en el cual día a día su madre se paraba esperando un taxi que la llevase al trabajo y no le cobrara más de 10 soles, porque es una barbaridad, no es Navidad y la gasolina no ha subido tanto.
Más allá del frío, de la humedad, o de cualquier cosa que pudiese sentir, sentía una inmensa incertidumbre que casi se tornaba en dolor.
La incontenible incertidumbre de un futuro que no se podría tornar en un pasado digno de recordar con una sonrisa sincera. 



Se dirigió a aquella misma esquina, aquella donde estaba aquel semáforo en cuenta regresiva anunciando que pronto podría cruzar la pista. Caminando sin más música que el sonido de los carros de la avenida contigua pasar sobre una pista un tanto húmeda por la llovizna de aquella tarde; sin más aroma que el de la humedad amenazante, lista para provocar resfriados en los más desabrigados.
En aquella esquina se quedó parada con los ojos cerrados y los abundantes recuerdos de un tiempo pasado, que sin duda alguna, fue mejor. Porque aquella noche, en aquella esquina, en aquel semáforo, se iban perdiendo sus anhelos, se iban alejando sus sonrisas. Y no las podía divisar más, se escondían entre la neblina blanca de una tierna noche de primavera. Su respiración se volvía inconstante y casi podría haber afirmado que una inmensa bola de lana se había atorado en su garganta, impidiéndole respirar y haciendo sus ojos cafés casi explotar.

Ese mismo día en la tarde finalmente había aceptado que el hombre que ella en algún momento creyó ser el hombre de su vida, era el hombre de la vida de otra mujer; y esa mujer era la mujer de la vida de aquel hombre. Y ella no era aquella mujer, y por más que quisiera, ya no quería.
Cuán difícil es dejar ir las cosas, ¿no? Tal vez por capricho, por costumbre, por lo que sea que fuere, ella no las quería dejar ir. Porque, quizás en el fondo, aún tenía aquella pequeña vela prendida, esa chiquita esperanza de que en algún momento todo fuese como antes. Porque, quizás también, tenía miedo de no encontrar a nadie más, que su primer amor se tornase en su único y desesperanzado amor. Tal vez aún tenía la ilusión de poder volver a enamorarse de él, y de ser inmensamente feliz, porque tenía la certeza que sí funcionaria. Certeza. Nadie nunca le dio tanta seguridad como él.


Después de aceptar que su gran amor, después de todo, ya no era su gran amor; se vio con su abuelo dejando de luchar. Aquel primer ejemplo de hombre se dejaba ir entre tubos y máquinas con líneas asegurando que aún seguía vivo, aunque él se sintiese más listo que nunca para morir.
Un señor de 76 años, que quizás tenía unos cuantos años más por vivir. Ese señor que en su juventud fue aquel guapo trabajador de clase baja, que se sacaba la mugre por construir una casa para su mujer y sus futuros hijos. Aquel que empezó cosechando en algún lugar de la sierra, y terminó con negocios propios en la capital, con tres hijos trabajadores y prósperos, y con tres nietos ajenos a la pobreza. Esos nietos que jamás sabrían lo que era no tener para comprar un pan, esos que jamás pensarían que les faltaría un plato en la mesa. Esos desagradecidos y engreídos nietos que creían que todo se lo merecían, y se daban el lujo de tener problemas existenciales sin saber que allá afuera había alguien de su misma edad trabajando para que su madre con cáncer pudiese recibir quimioterapia.
La única esperanza de vida era ella, su hermosa nieta Belén, aquella que a pesar que se le brindó todo, nunca dejó de acompañarlo a comprar el pan en las mañanas y ayudarlo a limpiar la araña cuando a él o a su mujer le dolía la cadera como para hacerlo. Aquella que, sin que él supiese realmente, pero sabiendo en el fondo, se enamoró y se convirtió en mujer antes de cumplir los 18 años.
Pero él se quería ir, porque ya sabía que su pequeña nieta ya estaba en el camino a la vida, mientras que él ya había vivido lo suficiente para dejarse ir, y ya estaba en camino a la muerte. Ya era hora.


Aquel mismo día en la mañana, se vio con su mamá despertando con taquicardia, apurada para llegar temprano al trabajo y no le descontasen del salario que, con el tiempo, le habían ido reduciendo. Esa madre trabajadora que nunca dejó de verse hermosa ante sus ojos, esa que hizo que nunca le faltara nada. Esa madre que hoy estaba cansada y un poco harta de que Belén quizás no fuese tan considerada como querría.
Una bella mujer de 48 años, agotada de ser madre y padre, agotada de estar sola y sin apoyo de nadie. Agotada de todo, tan sólo pidiendo un descanso de esta vida de mierda, como decía.


La neblina aún no le permitía ver y el semáforo seguía en cuenta regresiva. La esquina Desesperanza, como en aquel momento nombró, se quedaba con sus más tristes pensamientos. Mientras tanto generaba nuevas preguntas, nuevas incertidumbres, nuevas lágrimas. La pregunta más grande de todas era cómo cruzar la pista y regresar a casa sin cargar con un amor que no era amor, con un abuelo que vivía para dejar de vivir, y con una madre que se esforzaba queriendo abandonarlo todo.
Una profunda nostalgia terminó por cubrir sus manos ahora tapando sus ojos llenos de lágrimas. Estaba sola, por primera vez en su vida estaba completamente sola.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Si muriese hoy

Se supone que hoy es el "fin del Perú", un gran cataclismo se avecinaría sobre nuestras tierras, según pronosticaron no sé quiénes, unas tías europeas creo, porque la verdad nunca veo noticias. Prefiero oír buenas noticias, o leer libros, o escuchar música. O mejor aún, escribir buenos textos y componer buenas melodías. En fin.
Hay muchas chicas diciéndole a sus amores imposibles que los amaban, muchos hombres declarándose, muchas personas pensando que mañana morirán y no han tenido sexo.

No sé si es cliché, ni cuántas personas van a escribir sobre esto; sin embargo me pareció interesante, ya que escribí algo parecido hace un par de días.
Sentía que me moría, profundos hincones en el pecho y en la cabeza me embargaron de repente. No me podía mover, me arqueaba y estaba a punto de caer al suelo de tanto dolor. Sentía que me moría, sin exagerar, me moría. Entonces pensé en qué haría si muriese en ese momento, qué querría decir. 

Aquel día sufrí un momento de lucidez y sensatez. Momento que no creí que durara más, porque estaba segura que no despertaría a la mañana siguiente con el sonido de las patitas de Luna rasgando mi puerta.
Pasaron un par de días y anoche finalmente me quité aquella enorme venda de los ojos y pude ver todo de una mejor manera. Entonces hoy, caminé 25 cuadras con los ojos más brillantes, grandes y sonrientes que nunca; irradiando felicidad, paz, tranquilidad, y todo lo bueno que sentía.
¡¿Cómo que empiezo a volver a vivir y se acaba el mundo?! ¡¿Cómo?!


Si muriese hoy quisiera decirle a mis padres cuánto los amo, y que ya en ninguna parte de mí queda rencor hacia ustedes. Que acepto sus decisiones por más que no las comparta, porque los amo. 
Quisiera decirle a mi mamá que es la mujer más maravillosa que he conocido en toda mi vida, que es el motivo por el cual soy la persona que soy, escribo como escribo. Que es un ejemplo de fortaleza. Una mujer luchadora que no ha dado su 100%, sino el 200%. Porque ella me ha dado más de lo que ha podido darme. Me ha dado la calidez de un hogar, me ha vestido, me ha alimentado. Pero por sobre todas las cosas, me ha enseñado lo que es el amor, lo que es pensar en alguien que no sea uno mismo. Quisiera decirle que le agradezco con mi vida, literalmente, el apoyarme y tener todavía fe en mí.
Quisiera, también, decirle  a mi papá que lo amo a pesar de sus ausencias. Que lo he perdonado y que le pido perdón. Que me voy a sacar el piercing del labio sólo para hacerlo feliz. Que le agradezco que no haya perdido la confianza en mí, que aún crea en mí.
Quisiera decirle a él que le agradezco con todo lo que hoy me queda por haberme ayudado a sacar a la persona que siempre fui. Por darme el mejor primer amor de todos, y por ahora brindarme la amistad más sincera, más hermosa y más pura de todas. Por enseñarme que nunca debes dejar de perseguir tus sueños, pero que tampoco debes olvidarte de las personas que amas. Por enseñarme que por amor uno hace de todo. Por enseñarme una partecita de lo que es la vida, de lo que es mi vida, y de lo hábil que soy para muchas cosas.
Quisiera decirle a X que es la persona más trasparente que he podido conocer, y que hizo de mi infancia los mejores años de mi vida. Que la amo y la admiro porque nunca ha dejado de ser ella misma.
Quisiera, también, decirle a C que la amo por quién ella es, con sus altas y sus bajas. La amo por su esencia, y que espero de todo corazón que persiga sus sueños con la misma convicción que yo quiero perseguir los míos.
Quisiera decirle muchas cosas a muchas personas, pero no me alcanzan las palabras. Quisiera que  supiesen que cada te quiero, cada te amo que he dicho alguna vez nunca ha sido en vano. Quisiera que supiesen que aunque no siempre fui trasparente, siempre fui sincera con mis sentimientos y palabras.

Si muriese hoy quisiera irme con la sonrisa más enorme del mundo al saber que he vivido lo que he vivido. Y que a pesar y además de, soy feliz, inmensamente feliz porque finalmente he aprendido a apreciar el sol que sale cada mañana y cada "hijita" de mi madre. Aprendí a adorar cada "Francesquita" de mi abuelita, y cada corazón que me mandaban mis amigos.
Si muriese hoy no podría nunca terminar de mencionar a las tantas personas que quiero, y las tantas cosas que tengo que decir.
Creo que, aún así muriese hoy, jamás terminaría de escribir.





domingo, 9 de septiembre de 2012

Vicious Circles

¿Alguna vez le prometiste a tu madre nunca volver a hacer algo y lo volviste a hacer? O quizás dijiste que no, que ya no volverías a tomar nunca más, y al fin de semana siguiente te encontrabas tomando un ron con Coca-Cola y a la mañana siguiente diciendo exactamente lo mismo.
¿Alguna vez le pediste perdón a alguien por un error y lo volviste a cometer? O quizás le dijiste a alguien que no volverías a hacer algo, que por favor te de una última oportunidad; sin embargo ahí te encontrabas nuevamente, pidiéndole disculpas y diciéndole que no volvería a pasar.
   Caes de pronto en un círculo vicioso del cual se te hace difícil salir. A veces no piensas. Como cuando le dijiste a tu madre que no volverías a responder mal; pero lo hiciste porque simplemente no querías que te castigara. No lo hiciste en serio. Y lo volviste a repetir una y otra y otra vez.
O quizás sí dijiste en serio que ya no querías tomar más, pero la tentación y el placer momentáneo te ganaron la partida. Y sí, de repente sí pediste disculpas con todo el corazón, pero por un momento dejaste de pensar y lo volviste a hacer. Te sentiste una mierda, tal cual la última vez que te arrepentiste. Y te volverás a sentir una mierda. Porque este círculo vicioso es más fuerte que cualquiera. Es el círculo de la vida.

   Más duro es cuando te prometes no volver a caer en algo. Sean drogas, sean diversiones momentáneas, sea lo que sea. Te lo prometes, lo juras y le prometes a Dios nunca volverlo a hacer. Y de pronto te encuentras nuevamente en tu cama, llorando profundamente, asqueado de ti mismo, preguntándote por qué mierda siempre es lo mismo, por qué mierda no puedes cambiar, por qué no puedes simplemente tener la suficiente fuerza de voluntad como para pasar ese capítulo de tu vida.
Pero ¿qué si no es un capítulo? ¿Qué si toda tu vida será así? ¿Volverás a levantarte y caerte sobre el mismo error hasta el último día de tu existencia? ¡No es justo!
   Es horrible cuando avanzas cinco pasos y finalmente te sientes superado, sientes que eres el rey del universo. Te sientes mejor persona, porque finalmente has decidido cambiar de verdad y lo has logrado. Porque la fe en ti ha regresado. Entonces te caes de nuevo, pero esta caída duele más. Te caes de un séptimo piso y te rompes una pierna. No puedes levantarte, retrocedes veinte pasos y te encuentras nuevamente en la nada misma, en el mismo maldito punto de inicio de siempre. Y te sumerges en preguntas y no encuentras más respuesta que una nueva pregunta.
Te sientes sucio y no dejas de culparte una y otra vez. Te insultas, te encargas de destruir aquella autoestima que habías tardado tanto en construir. Te degradas. Lo peor de todo es que nadie se da cuenta, todos piensan que estás bien, que siempre has estado bien. Nadie te ve como tú te ves, nadie piensa que eres una mala persona. Quizás si le preguntases a alguien cómo te ve, te diría que eres una gran persona, con un gran carisma. Y tú te encargarías mentalmente de decir "sí, es que no me conoces". Pero en realidad nadie conoce a nadie. ¿Y si ellos tienen razón, y tú simplemente estás siendo demasiado duro contigo mismo?
Has perdido la fe en ti, porque te has tropezado tantas veces con la misma piedra que ya no sabes de qué manera volver a andar sin volver a caer. Te duele, te consume, te apaga. Sientes que tu luz se desvanece y que has perdido tu esencia sin darte cuenta. Quieres volver a ser el de antes, pero no encuentras el camino. Vendaste tus ojos sin darte cuenta, te encerraste en una celda y no crees poder abrirla, teniendo las llaves en tus manos.
    Dios ayúdame porque solo no puedo. Señor perdóname por todos mis pecados, ayúdame a no volverlo a hacer. Ya no puedo más. Amigos, ayúdenme ya no quiero cagarla más. Mamá, abrázame y enséñame a caminar de nuevo. Papá, levántame cuando me caiga. Abuelita, limpia mis heridas. Abuelito, cuéntame por favor cómo triunfaste en tu vida.
¿Por qué teniendo una vida más simple, se te hace más difícil? ¿Por qué no puedes simplemente levantarte y decidirte a no recaer más? Estás en una lucha contra ti mismo, y tienes que ganarla porque sino ya no encontrarás la llave de aquella celda y seguirás cayendo y cayendo cada vez más bajo.
    Encuéntrate. Encuentra tu alma, encuentra tu pureza, encuentra tu esencia. Deja de ser tan duro contigo y vive. Si no quieres hacer algo no lo hagas, porque no hay nadie que te obligue a hacerlo más que tú mismo. Porque eres dueño de tu propia vida.
Ya no llores, ríe y no dejes de reír. Porque nadie, te juro que nadie, te va a quitar esa hermosa sonrisa que Dios te dio.


Llega un momento en el que ese granito de arena formó una playa entera, y te estás ahogando, te quemas, te incendias. Volver a ser niño, volver a sentir como un niño, dejar atrás la malicia y la autodestrucción. ¿Por qué buscamos siempre autodestruirnos, si la vida es hermosa para vivirla de la mejor manera posible? No voy a intentar cambiar al mundo. Simplemente voy a ser yo. Pero la verdadera yo, la de 5 años.

viernes, 17 de agosto de 2012

Entonces caminas, y caminas, y caminas...

Una vez aprendida la lección, me toca poner en práctica todo para lo que fui preparándome en un pasado no muy lejano. Es difícil.

Entonces caminas, y caminas, y caminas, y de pronto te das cuenta de que ese peso que llevabas por tanto tiempo ya no está. Pero, pero, pero...
Algo te falta todavía, algo te hace dudar de tu vida misma. ¿Estás realmente viva? ¿Por qué habrías de estarlo? ¿Por qué no habrías de estarlo?
Miles de preguntas abarcan tus pensamientos, y una presión en el pecho te dice que aún el juego no ha terminado, que aún te quedan batallas por luchar.
Sigues caminando, sin vivir y sin morir, caminas con una incógnita tan grande como el firmamento hermosamente azul de esta noche. ¿Nostalgia? ¿Cuántas veces has escrito sobre eso? ¿Todas?
Esta es una nostalgia tan distinta como única. Es tanta tristeza la que se ha ido, pero tanto de ese sentimiento que no puedes llegar a identificar.
Es el recuerdo con añoranza, y el recordatorio de que eres y estás sola, como dijo Bryce en algún libro que leíste en invierno. Y ya que eres sola, lo único que te queda hacer es añorar y esperar, pero por sobre todas las cosas: matar cada poro de ilusión que habita en tus 170 cm. de altura.
Ninguna sensación de esta noche es ajena a cualquier otra. Nada es distinto. Nada sino tú, tú has cambiado, tú eres distinta. Eres mejor.

Sin embargo no sientes dolor. No te duele, sin embargo te apena. Sienes un ligero nudo en la garganta que no aumenta ni disminuye; está dispuesto a quedarse ahí hasta hacerse insoportable. Pero no sueltas ni una sola gota salada. ¿Para qué vas a llorar? Una lágrima o dos no le van a devolver la vida a quién perdiste, una lágrima o dos no te van a devolver el pasado, una lágrima o dos no te harán más hermosa de lo que dicen que eres, una lágrima o dos sólo enrojecerá tus ojos y llenará tu noche de preguntas y de miradas incómodas. Entonces, ¿para qué vas a llorar?

Estás sola por decisión propia. Porque decidiste que era adecuado tomarte un descanso de tantas falsedades y encerrarte con quien te quiso desde que naciste, y que quién sabe si durará hasta que dejes de ser y estar sola.
Más que la tristeza, con el paso del tiempo todo esto se ha convertido en el temor, en la duda, en la simple memoria de que en algún momento de tu vida fuiste más feliz de lo que eres ahora.
Pero no eres infeliz, simplemente eres menos feliz. No estás triste, simplemente eres menos feliz. Menos. A veces menos es más.

No quiero que el cambiar - o progresar - en mi vida cotidiana me haga cambiar mi manera de escribir. No quiero perder lo único mío, mi única esencia por intentar ser y estar mejor. No lo voy a hacer, porque no puedo, porque no me sale.
Entonces camino, y camino, y camino, y no puedo evitar esas miles de películas de mi vida - de las cuales soy fanática a morir -, no puedo evitar verlas y querer correr a los brazos de alguien. Alguien que me sostenga y me deje llorar y simplemente deshacerme de toda la oscuridad que tanto tiempo tengo dentro. Pero no hay nadie, nadie con el coraje, nadie con la inteligencia, nadie con el 6to sentido de poder predecir qué tan mal me siento...
Pero no se trata de cuántos amigos tenga, de cuán soltera esté, ni nada de eso. Se trata de que el reloj no me deja dormir, de que no quiero pero quiero dormir. De que me atormentan sueños tan reales como mi pasado mismo. 

Entonces caminas, y caminas, y caminas, y de pronto te das cuenta de que ese peso que llevabas por tanto tiempo ya no está. Pero... Pero nada, ¡no está! ¿Qué más esperas?

Tal vez debería empezar a buscar en lugar de esperar que todo llegue por arte de magia. Tal vez no.

Si las cosas no llegan solas, sal a buscarlas.

sábado, 4 de agosto de 2012

El monstruo en el espejo

Una nube gris seguía aquella tímida sombra día y noche. La desfachatez de un amor no correspondido, la incongruencia de una vida descolorida y pastel, la fantasía de un mundo perfecto que "jamás" podría tener.
Todas aquellas malas vibras que iba absorbiendo, sin pensar en absolutamente nada más que su dolor. Porque su dolor era el dolor, y nadie podía entenderla, porque ella era única y tenía el dolor.

Una inmensa punzada en el corazón la llevó al suelo a retorcerse de dolor. De pronto vio destellar unas cuantas luces amarillas y negras. Todo oscureció.
Sintió congelarse sus huesos, pero a la misma vez tenía muchísimo calor. La piel se le descascaraba y podía describir aquella sensación como el dolor más indescriptiblemente fuerte que un ser humano pudiese tolerar. El dolor que creía sentir se volvió nada, se volvió cero, se volvió lo que siempre fue: un engaño a la mente.
Un viento intenso cacheteó su frágil rostro.

Apareció, entonces, en un cuarto oscuro, un una única iluminación a diez metros de distancia. Cautelosamente fue acercándose hasta que pudo divisar lo que aquella luz alumbraba: un espejo. Se paró en frente a este.
Un alarido despavorido resonó por aquella habitación. ¿Qué era aquel monstruo que veía en el espejo? Una chica huesuda, de ojos hundidos y de arrugas excesivamente marcadas. Sus ojos verdes eran blancos totalmente, sus manos estaban manchadas de sangre, y lo peor de todo: estaba calva.
En mili segundos vio pasar cada golpe que le dio a su hermano cuando la delataba con su madre, cada beso que dio a escondidas de su novio, cada corte que se provocó en las muñecas, cada insulto a su madre, cada vez que se inducía el vómito después de haber comido lo que su mamá, con tanto esmero preparó, cada te odio a su padre, cada vez que robó dinero, cada vez que sintió desinterés combinado con desdén por cada persona que tenía menos que ella, cada vez que se aprovechó de alguien.
En el poco de conciencia que le quedaba, se dio cuenta que era ella misma la que veía en el espejo. Aquel yo interior que jamás creyó tener. Era el vivo retrato de Dorian Gray. Un monstruo viejo y envenenado.

Volvió a sentir frío. Esta vez el frío era tan intenso que no podía mantenerse en pie, sin embargo lo hacía. Le dolía cada parte de su cuerpo, y tenía una angustia tan grande como el susto que se pegó al verse en aquel espejo. 
Cayó al suelo, mientras en cada lágrima de dolor que derramaba, observaba cada vez que decía que odiaba su vida, cada vez que maldecía el momento de haber nacido, cada vez que pensaba que todos la odiaban,  cada vez que se creía buena, cada vez que creía tener al mundo en su contra, cada vez que sentía injusta la vida para con ella.
¿En qué se había convertido? ¿Y si quizás aquel monstruo del espejo era incluso más hermoso que ella misma?

Sintió un aparato en la garganta. Abrió los ojos. Su madre dormida en una silla a su costado, sosteniéndole la mano. Muchos globos que decían "te quiero", "¡mejórate", entre otros, un libro nuevo de Vargas Llosa, su escritor favorito, un reproductor de música nuevo al lado de aquel libro, y un hermoso sol brillando por la ventana. Pero por sobre todas las cosas: nada de dolor.
¿Por qué a pesar de que no había obrado bien, aún tenía gente a su lado? 

Aquel día, al despertar después de un breve estado de coma de una semana, pudo darse cuenta que el amor es desinteresado. Finalmente entendió el precio de la vida, el precio de saber vivirla, y de que a pesar no seas la mejor persona del mundo, siempre tendrás alguien a tu lado. Aprendió a ser sincera, aprendió a valorar cada reprimenda. Inició el camino a la trasformación de monstruo a ser humano, a empezar a ser digna de cada gesto bondadoso que recibía, a empezar a no esperar nada a cambio. A ser feliz sin importar cuántas nubes grises tuviese encima, porque ella podía, porque ella quería, porque ella debía.

domingo, 15 de julio de 2012

El amanecer más hermoso del mundo

Sophia Loren, qué hermosa, qué sexy, qué perfecta mujer. Así empezaba una nueva madrugada sin necesidad de energizantes, porque mi insomnio era tan perfecto como yo (eso incluye inestable, contradictorio, inoportuno, entre otras variantes negativas).
Felicidad, eterna felicidad madrugadora. Esa felicidad que te causa escuchar la canción mas hermosa del mundo, que son varias, que son cientos de miles, pero cada una es la canción más hermosa del mundo. Y te encanta, y te hace feliz, y te hace querer quedarte despierta para toda la vida sólo para apreciar aquel saxofón y aquel piano de cola que van acompañados de aquellas hermosas voces bluseras, jazzeras de los años 50. Entonces vienen las grabaciones más antiguas de 1890, de 1920... Y moría lentamente escuchando The laughing song, porque me encantaba y quería reírme con él. Así, así es.

Tres y treinta y tres de la mañana y cómo me fascinaba no hablar con nadie más que con mi mente, que esta vez sí la podía dejar hablar. Esa misma que no se callaba la noche anterior, cuando quise dormir temprano.
Mi mente y yo no nos llevamos muy bien que digamos. Juega en mi contra y a mi favor, se vuelve en mi conciencia y en mi pecado. Es la contradicción, es mi contradicción habitual, mi perfección.

No escribía porque estaba tan absorta en aquel solo de piano, que entraba  en una sensación orgásmicamente maravillosa. Volaba fascinada por la quinta dimensión.
De pronto leía un poco sobre historia, me preparaba un café, porque invierno sin café no es invierno, y me disponía a seguir navegando por los profundos océanos del éxtasis musical.
No podía, ni puedo explicar la enorme felicidad que me daba escuchar a Arthur Collins, Billy Murray, Bing Crosby, Ray Charles,  y entre los más contemporáneos Frank Sinatra y Ray Peterson. Magníficos, perfectos. Cuando los hombres eran hombres. Canciones que me daban ganas de estar enamorada, de tener esos amores de películas. Excluyendo esas películas tragirománticas en las que las parejas nunca terminan juntas, clásico de los 50's. Pero aún así, aún así, aún así, estaba enamorada del aire, de la vida y de esas malditas canciones que hacían de mi madrugada la madrugada más hermosa del mundo.

Por otra parte, me sentía en una paz tan inusual en mí que no dudé en aprovecharla, vivirla e intensificarla en cada momento. Tan enamorada de la nada. Con una sonrisa de oreja a oreja que convertía mis inmensos ojos en chinos, y que me adormecía el cuello y casi me hacía lagrimear.
Me balanceba escuchando, y pensaba, pensaba, pensaba...
Pensaba en cuánto tiempo iba perdiendo dejando las cosas para después, en cuántas veces había dicho "quiero estar bien" y no había hecho absolutamente nada para lograr ese "bien" que muchas veces creí inalcanzable y ajeno a mi persona. Pensaba en todas las veces que había decidido algo y no lo había intentado lo suficiente. En todas las veces que había fracasado.
No pensaba en sobreponerme e intentarlo de nuevo, no me interesaba. Yo sólo quería vivir. Esa noche sólo quería vivir y apreciar lo hermoso que me había dado Dios, la preciosa oportunidad de estar sentada en ese lugar, viviendo, escribiendo y escuchando las canciones más hermosas del mundo.
En ese momento no entendía por qué tantas veces quise acabar con mi vida, quise morirme, quise matarme, y hasta incluso le pedí a Dios que me quitase la vida. ¡Por qué si la vida es tan divina!
Tantas veces me dijeron que la felicidad era una decisión. Pero yo no estaba decidiendo ser feliz, estaba decidiendo escuchar música, tomar el café más rico del mundo y apreciar las pequeñas cosas.

Sin darme cuenta eran las seis de la mañana, e iba amaneciendo. Me levanté y abrí mi ventana. ¡Uh!, pero qué agradable olor a humedad.
El cielo iba en un degradado de azul oscuro hasta un celeste tenue, los ángeles regresaban al Cielo y Dios se disponía a ayudar a los que se levantasen a esa hora.  No habían almas atormentadas, no habían sombras tenebrosas, no habían maleantes en las calles, no había nada más que el semáforo cambiando de ambar a rojo, y los postes de luz aún alumbrando el alba.
Una última estrella al lado de la luna, que moría lentamente escondiéndose para regresar en unas horas, a acompañar la nostalgia, velar el sueño, y ayudarme a escuchar más canciones hermosas una noche más.
Se empezaba a notar un rayito de luz. Qué perfecto que es el mundo, qué hermoso que es el universo, qué miles de oportunidades que tengo para estar "bien". Sonreí. Y sin lugar a dudas, fue el momento más feliz de todo el invierno.



Esta foto la tomé al amanecer desde mi casa. Foto del celular, calidad pésima, sentimiento inmejorable.





viernes, 29 de junio de 2012

Losing you

Me columpiaba en aquel columpio en el que solía ir a los 5 años... la arena que iba debajo ahora era un gras artificial que poco me gustaba pisar. Ya no me ensuciaba las zapatillas, mis uñas ya no se ponían negras.
Me preguntaba por qué el tiempo pasaba tan rápido, si hace 7 años yo creía firmemente en que la vida era demasiado larga, en que el amor era cosa de debilidad y poca fortaleza, en que mi felicidad estaba basada en escribir penas para desfogar. Cuando desfogar significaba felicidad, amor significaba fumar y reír significaba leer algún libro en el que un personaje insultaba al otro. Así de mediocre.

Entonces lo conocí. Conocí esos ojos de los libros, esas miradas que te desnudan el alma, esas que te hacen querer huir porque de pronto alguien te conoce más que aquel espejo de tu cuarto, más que tu madre, más que tú y tus mil diarios. Conocí un beso que hacía que mi piel se erizara, conocí un abrazo que me hacía sentir en el hogar que nunca tuve, conocí las palabras que podían hacerme llorar sin tener que ver el final de una película.
Conocí el amor. Conocí la vida.

Esa magia duró un poco más de lo que dura un frío Abril de verano. Porque el viento se lleva muchas cosas, la vida te arrebata lo que más amas, y el mar te arrastra hasta un lugar de donde nunca más podrás volver. 
Escalofríos llenaban mi cuerpo al ver su ataúd bajar. Lágrimas que me ahogaban, muchas náuseas y ganas de gritarle y cuestionarle a ese Dios que una vez, de pequeña, me dijo que todo obraba para bien. Y dentro de mis delirios, locuras y contradicciones, implorarle y suplicarle porque me lo devolviese, para que si él era Todopoderoso, le regresase el alma y la vida, y pudiésemos ser tan o más felices como antes.
Se me pasaba la película de nuestra corta y ligera vida juntos. Más hermoso que cualquier libro que pude leer, más romántica que cualquier película que pude ver, más real que cualquier cosa que pude sentir. Se me pasaba la película de nuestra vida mientras su familia tiraba rosas, y yo a duras penas y podía sostenerme en pie.


Fue curioso, aunque aún no logro reír de aquel hecho, fue muy cómico.
Mientras yo creía morir, llegó alguien lleno de vida, lleno de experiencias que me enseñó a vivir. Y pude amar, pude reír, pude llorar. Pude amar... pude amar.
Él tenía un 8 años más que yo. Yo tenía 60 años más que él. Él vivía. Yo no.
Era una anciana que sólo vivía para esperar su muerte vecina, porque está harta de vivir, porque su juventud fue pobre y su esposo le pegaba. Amargada, ácida, fría.
Él vino a darle calidez a mi alma, vino a darme un hogar y un te amo. Vino a enseñarme a vivir.

Me enseñó a vivir, pero no me enseñó a vivir sin él.

Ya era invierno y aún podía sentir su aroma en aquella chaqueta que su madre decidió darme. Esa que siempre me ponía encima cuando tiritaba de frío, cuando la calidez que sentía a su lado no podía expresarse físicamente.

Él fue esa pieza del rompecabezas que me faltaba para encontrarle un sentido y un por qué a mi existencia. Fue ese pie que se alzaba al besar. Fue ese "cuelga tú". Fue ese todo. 


Y mientras te perdía, y mientras te desvanecías, pude agradecerte, agradecerte por haberme hecho nacer de nuevo, por enseñarme a vivir. Pude agradecerte porque me enseñaste a mirarme de otra manera, me enseñaste a quererme, me enseñaste a amar y a saber ser amada. 

Te amo, y aunque te perdí, gané muchísimo.
Gracias.

Always, Anna.
Lima 29 de Junio del 2012

Now I'm losing you I know you're the missing piece to my puzzle. I'm losing you, because you're not gone yet, not for me, not in my heart.

domingo, 17 de junio de 2012

Sobre viajes al pasado y la muerte


¿Puedes imaginar esa melodía tétrica, triste, desesperante, esa que te pone la piel de gallina, de las que ponían en las películas de hace 30 años, más o menos, cuando uno de los personajes principales moría?




Después de cada lágrima derramada por ella, de cada memoria de un beso robado, de un abrazo de reencuentro, de un "no quiero volver a verte" y de un "te odio", para ser luego sucedido de un "eres el hombre de mi vida" y de un "te amo con mi alma".  Ahí yacía, con una sonrisa en el rostro y una última frase de "allí voy, mi amor"... Una última lágrima se iba perdiendo por su mejilla, su cuello, la cama. Estaba muerto ya.


Se le va cayendo a pedazos el alma, se le cae la vida misma. Se eleva, se sigue elevando entre las nubes grises de esta noche de invierno. Mientras tanto se le entumecen las manos y los pies, su respiración se acelera, se vuelve entrecortada y siente que puede morir en este preciso momento. Tal cual el hombre que murió con una última lágrima.


Mientras, se va hundiendo. Esa denominada parálisis del sueño, cuando no puedes moverte, pero ves a tu alrededor todo, estás despierto pero no puedes moverte. Te desesperas, sientes miedo. Pero ella, más allá de miedo, sentía curiosidad.


Anhelaba, con toda su alma, volverlo a encontrar. Volver a encontrar ese motor que la ayudaba a levantarse, a ser feliz con una tasa de café y una porción de pastel de 50 centavos, de no querer regresar a casa nunca, de poder dormir en un hostal de 5 dólares y ser inmensamente feliz.
Hoy sólo quería descansar en su cama, con un café pasado y quizás un dulce más caro que aquel hostal, estar sola, sin que nadie la pudiese molestar. Apagar el celular, ver el cielo, y preguntarse en qué se ha convertido, en quién era antes, porque ya no puede recordar.


Es ahí cuando empieza su viaje hacia el pasado, hacia lo hoy desconocido, hacia lo que ayer era un presente y un futuro hermoso, y hoy sólo era una película en su mente que quizás nunca haya vivido, que ya creía existente. 


Time takes all breath away. You were good in your time and we thank you so. You said more in one day than most people say. In a lifetime, it was ourtime, and we thank you. An end-of-the-ride sigh, your soft smile says "please understand I must surrender". Then yoy grip with your hand, now so small in mine. Are you aware, wherever you are, that you have just died?


Caminar bailando, besar comiendo, jugar con sus hermanas, discutir con mamá, poder entender a papá. Amar sin límites. Encariñarse rápidamente, ser buena persona, ayudar. Comer en cantidades interminables. Adelgazar. Dejar de comer. Ser feliz, llorar, ser feliz doblemente después de llorar.
Como un flashback llegó todo a ella, mientras sentía la parálisis del sueño aquella, y veía sin ver ese techo que hace tres años estaba lleno de estrellas fosforescentes. 
Un take my heart and please don't break it, unas promesas incumplidas y un love was made for me and you. La Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov, un poco de ironía, unas lágrimas que caían de sus enormes ojos, un café bien cargado que pensaba tomar cuando su cuerpo decidiera poder volver a moverse.


Ahora imagínate la melodía de una pareja haciendo el amor, más allá del erotismo o de la sensualidad, imagínate a una pareja enamorada profunda y tristemente...


De pronto revivió aquella última noche que pudo vivir con ella. Él ingresaba, ella cerraba los ojos y le decía que lo amaba, que lo amaba infinitamente. Él le decía que la amaba más que a su propia vida. Se volvían uno mientras unas miradas hicieron que los ojos de ambos se llenasen de las lágrimas más enamoradas que jamás una pareja común podrá sentir. Se amaron hasta la muerte. Esa fue la última noche que ella le pudo brindar, antes de morir. 
Él, clínicamente muerto, seguía recordando su sonrisa. Volvía a vivir, volvía a sentir la felicidad interminable que le había causado amarla... 


Un escalofrío, una pequeña convulsión, todo negro y de pronto tenía 5 años y jugaba con tasas de té de porcelana. Se veía desde afuera, la pequeña niña - que era ella - la miraba a los ojos. Despertó, cuánta inocencia pudo haber en una sola mirada. Comenzó a sentir un cosquilleo en la planta de los pies, eso significaba que pronto podría recuperar la movilidad de su cuerpo. 


Si tan sólo quienes ya no estaban más pudiesen verla. Triste, pero con ganas de hacerlos sentir orgullosos de la mujer en la que se había convertido... Sin embargo ese odio hacia el destino mismo, ese odio de que lo bueno nunca haya durado ese para siempre, de que la vida no haya sido suficiente... Ese dilema entre la vida y la muerte, entre la felicidad y el amor. Como cuando le dijeron que la oscuridad era la ausencia de luz, así como la tristeza era la ausencia de felicidad. Y ser feliz nunca fue tan fácil desde aquel punto de vista. Siempre era más fácil desde otro punto de vista que no fuera el suyo. Porque lo suyo siempre había sido complicarse.


A veces, cuando alguien se va, antes de que se vaya, deja todo arreglado para tu felicidad. Y te enseñan de todo, te enseñan de todo menos a vivir sin esa persona.
Entonces tienes dos opciones: hacer de tu vida algo que valga la pena, que esa persona estaría orgullosa de ver, o morir, dejarte morir, y creer vagamente que te encontrarás con esa persona, en algún lugar del más allá, o del cielo, si en tu ingenuidad llegas a creer que irás al cielo...


Por último imagina una melodía entre triste, y tétrica.


Se caía, caía y caía. Sentía miedo, sentía frío y calor, sentía una angustia incomparable con el dolor de perderla. 
Los paramédicos habían llegado demasiado tarde, pues sus aquella navaja había terminado con su vida. Suicidio, fue declarado.
Él se había matado, no se había muerto de amor. Ahora sufría, sufría más que nunca. Pudo verse, por un momento, siendo llevado en una camilla encerrado en algo parecido a una bolsa de plástico, que tapaba su rostro sonriente.
Veía a sus padres llorando, a su mejor amigo tirado en el suelo, sin poder respirar, atorándose entre alaridos, flema y lágrimas, gritando que por qué, que por qué, Dios, por qué...


Finalmente recuperó la movilidad del cuerpo, y lo primero que hizo fue llorar desconsoladamente, porque sabía que nadie entraría al cuarto a abrazarla a decirle que todo estaba bien, que las cosas mejorarían, que llegaría el día en el que ella pudiese decir "esta soy yo, vivo por esto y estoy feliz". Gritando porque ya nunca nadie la escuchaba, porque no quería darse por vencida...
Pero, después de todo, ya podía volver a sentirse humana. Sus plegarias habían sido respondidas con un "tranquila, todo toma tiempo". Y creyó en Dios más que nunca. 


Después de todo, un viaje al pasado o la muerte,  siempre te va a cambiar la vida.




La primera canción que se me vino a la mente fue Adagio, op. 11 de Barber


http://www.youtube.com/watch?v=RRMz8fKkG2g 



La segunda fue Clair de lune, de Debussy.


http://www.youtube.com/watch?v=-gLwf6fCTUs 



La tercera fue Requiem (Lacrimosa), de Mozart.

http://www.youtube.com/watch?v=G-kJVmEWWV8


http://www.youtube.com/watch?v=G-kJVmEWWV8