lunes, 20 de febrero de 2012

La otra realidad

Hace un par de días, en un bus interprovincial, iba observando a dos señoras que cargaban en su espalda a dos bebés. Peruanas, autóctonas de alguna parte escondida de la sierra, con rostros sonrientes y miradas tristes y sorprendidas, al verme usar mi nuevo celular con televisión. Hablaban entre ellas de lo triste que estaban por la madre de una de ellas, a la cual le habían dicho que sólo tendría 6 meses más de vida. Yo escuchaba, evitando llorar. Estaba sensible en esos días, pues ya llevaba una semana alejada de todo y de todos, viajando y conociendo, y ese mismo día me regresaría a Arequipa, para luego tomar otro bus hacia esa Lima gris que tan poco extrañé.
   - En allá le han dicho a la Juanita que ya no le diga nada a mi mamá. Mi mamá no sabe que va a vivir poco, pero igual llora. Yo también le lloro a veces, mi hermana también llora harto.
   - Si pues, la vida es bien injusta. Toma ponte esta colcha siempre lo llevo pa' viajar, porque siempre me hace frío y con esto bien calentita me voy.

Yo escuchaba atentamente, mientras miraba aquel paisaje tan atractivo para mí, pero tan pobre y tan triste para los habitantes de aquella ciudad cerca a Puno.
Era extraño para mí escuchar a personas hablar de esa manera, ya que estaba usualmente acostumbrada a aquel "Osea, ¿manyas?" tan típico de Lima. Y por otro lado, me sentía inmensamente triste y sola, en un bus camino a Arequipa, una ciudad donde no conocía a nadie y nadie me conocía, donde podría morir y nadie se enteraría. Sí, soy un poco dramática a veces.

   - Yo le rezo mucho a Jesús y a la Virgen por mi mamasita, siempre le rezamos con mi hermana también.

Nunca fui una persona muy religiosa, sin embargo creo en Dios. Pero más allá de eso, siempre me ha sorprendido la fe de las personas más pobres. Esa fe que tienen en Dios, la virgen y los santos, esa fe que más que fe es ya una obsesión. Es como ese cinturón de seguridad en la turbulencia de un avión en el que, probablemente, jamás se subirán.
Y no es que sea racista, es que es simplemente una verdad a medias, según porcentajes.
El punto era que, a pesar de creer en Dios, esa fe que tenían esas dos señoras me parecía ya una exageración y un fanatismo; y a la misma vez tenía un poco de envidia, porque ellas en su inocencia, pensaban que Dios resolvería todos sus problemas... Cómo quisiera tener esa fe, esa que según decían en una Iglesia a la que yo iba, "mueve montañas".
Continuaba sumergiéndome en mis pensamientos y recuerdos, entre esas películas mentales que iban pasando  mientras veía ese hermoso paisaje, pues tenía el "mejor" asiento en aquel bus. Pensaba en todos los hombres que pasaron por mi vida, de todos, los únicos significativos fueron dos, y de esos dos, el único que valió la pena fue uno. Pensaba en mi madre, en mi padre, en mi abuelo y mi abuela, y un poco en mis hermanos. Pensaba en lo afortunada que fui, soy, y ojalá, siga siendo. Nunca me faltó nada: ni dinero, ni amor, ni amigas, ni familia. Tal vez me faltó amarme más, y darme cuenta de lo suertuda que era. Y en ese preciso momento, me estaba dando cuenta de todo lo que había perdido en el camino a darme cuenta y reaccionar, de todas las personas que habían pasado por mi vida, de las que se habían  quedado, de las que se habían ido, de las que estaban lejos, de las que habían muerto. Y contenía ese nudo en la garganta que me hacía doler, porque no quería que me vieran llorar. No en ese bus, no esa gente, no podía sentirme menos.

Mientras navegaba en las profundidades de los recuerdos de aquellas Islas Ballestas del 2011, escuchaba a una de esas señoras hablar con su bebé. "Agú, agú, no llolle, agú, coshita, no llolle, ¿ya?" ¡¿Por qué tienen que hablar de esa manera?! Son bebés, no tienen ninguna clase de retraso mental, y aún así lo tuviesen, no tendrían por qué desgraciar el lenguaje de esa manera. Y no es algo que sólo usen las personas de esa ciudad, es un lenguaje que TODOS hablan cuando sienten la presencia de un menor de 18 meses. Es ilógico, aunque admito haberle hablado así alguna vez a Luna, mi perrita.

A lo largo de las ocho horas que duraba en camino de Puno hacia Arequipa, me tomé la molestia de pensar en todas esas cosas que esa gente no tenía, y que para mí eran indispensables. Como por ejemplo mi laptop con Internet, ir a la playa en verano, que mis papás me den dinero semanalmente (sea poco o sea mucho, no importa), tener un refrigerador lleno de comida, tener educación, padres con trabajo seguro...  Esa realidad en la que yo creía vivir, era totalmente distinta allí, totalmente distinta para esas personas. Y no sólo en Puno, hay tanta gente en Lima que no tiene ni agua potable. Y yo aquí, quejándome de que el agua sale muy caliente de mi ducha. Ellos, sobreviviendo con quién sabe, 3 soles (1 dólar) en un día; y yo aquí, quejándome de que no hay el sabor de helado que quería.
¿Crees que la vida es injusta? A veces creo que sí, sin embargo pienso y pienso y me doy cuenta de que muchas de estas personas viven encerradas en "no puedos" y "quisiera", que no se dan ese tiempo para decidirse a hacer algo por cambiar su situación.

Las realidades en Perú son muy distintas dependiendo de cada lugar. Hay lugares ricos, lugares medios y lugares en extrema pobreza. ¿Y qué hago yo para ayudar? Escribo en mi blog. Porque nadie se ayuda más que uno mismo, y aunque muchas veces me de pena, pena es lo que menos debo tener. Un deseo de superación lo puede todo...

Y así llegué a Arequipa, con los pies y manos congelados, porque nadie me dijo que era mejor llevar una colcha para tener un viaje más cómodo y calentito. Son cosas del orinoco, que tú no sabes, ni yo tampoco (frase de mi madre).