miércoles, 30 de mayo de 2012

Diecinueve

Nunca me embaracé. Siempre soñé con una hija, una hija con el amor de mi vida. Ella hermosa, de bucles castaños y ojos grandes y acaramelados como los míos... No debía de imaginarlo así.
No debía de quererte, y sin embargo te amo más que a nadie en esta vida. Aunque no existas, aunque no pueda besarte ni abrazarte, porque no tienes alma, no tienes cuerpo, no existes.

Me ahogo en lágrimas invisibles, porque esta madrugada no tengo planeado llorar. Sin embargo me ahogo, escuchando a Sabina y drogándome un poco con este frío, después de aquella euforia de hace unas horas. Y porque una casa sin ti es una oficina, porque no sabré lo que es un hogar, porque quizás ya no te vuelva a tener en mi plan, porque no hay nombre ni hombre que te haga vivir. Pero dos no es igual que uno más uno, y el lunes al café del desayuno vuelve la guerra fría. Y al cielo de tu boca, el purgatorio. 
Porque me robaron el mes de abril y ya no vivo desde que dejé de vivir. Soy ese piloto automático de la película de Adam Sandler, ese piloto automático de Harry Potter y el Prisionero de Azcabán. Porque me envenenan los besos que voy dando, y sin embargo cuando duermo sin ti contigo sueño.

Diecinueve años, diecinueve días, diecinueve meses, diecinueve segundos, diecinueve minutos, diecinueve siglos. Diecinueve horas. Diecinueve, diecinueve, diecinueve. Siete. Doce. Seis. Números, números, más números. Capicúa, diecinueves, nueves, onces. Enloquezco, enloquezco porque no hay alma que venga a visitarme de madrugada, porque en un tiempo ya no habrá nadie que me rasque la espalda al dormir. Enloquezco. Diecinueve, treinta, cinco, doce, tres, treinta, siete. Me convierto en esas personas que guardan los meses en el mismo cajón donde guardan el corazón. De esas que no quieren amores civilizados, con recibos ni escenas en el sofá. De esas que no quieren contigo ni sin ti, ni que elijan mi shampoo. Pero ya no quiero que mueran por mí, ni matarme contigo si te mueres. Porque después de diecinueve y siete y treintas, y tres, ya no existe nada.

Bañar, preparar pasta, tomar gaseosa en lugar de vino, tocar guitarra, arropar, rascarle la cabeza hasta que se duerma, rezar antes de dormir, usar zapatillas en vez de tacos, escribir mucho, componer más, cantar, cantarle, un mes, dos meses, un año, colegio, universidad, nietos. Y esta vida es tan corta, y no basta para nuestro idilio. 

Dieciseis, veinte, diecinueve. Diecinueve. Números, ojos viendo en las sombras, sustos, manos sudando frío, mareos, escalofríos, ira, lágrimas contenidas, felicidad, tristeza. Capicúa. Diecinueve.

¿Dónde estás? No concibo la idea de que no existas, y de que probablemente nunca llegues a existir. De que ya no te conozca y nunca te vuelva a conocer, más que en mi mente y mis sueños. Porque aún creo en cuentos, porque aún creo en Dios, porque aún creo en el destino... pero mejor aún: aún creo en mí, en el amor, y en la esperanza de vivir una vida mejor. 

Porque así debe ser, entonces recuerde el alma dormida, avive el ceso y despierte contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando. Porque cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Esas incontenibles ganas de explotar e inundar tu habitación, tu departamento, tu edificio y quizás tu ciudad. De hacer guerra y destruir a todos los que quisieron destruirte. De profesar paz, y perdonar a todos lo que alguna vez te hicieron daño. De ser irónica y seguir viviendo de contradicciones, porque eso te hace especial. Esas insaciables ganas de romperte la cabeza contra ese muro en el que algún maleante pintó que la vida era dura, que no sabías vivir. Esas enormes ganas de reventarle la cabeza a aquel que te prometió que valía la pena vivir, y aún no le encuentras el sentido; pero a la misma vez, de agradecerle, por brindarte un gramo de esperanza, porque ya te faltaba algo así.

Diecinueve, hoy no es diecinueve. Espero que nunca llegue. Espero que no esperes que espere que entienda. Espero que sea mentira que no existe, que no hay alma y no hay vida. Espero que puedas existir. Porque pues si vemos lo presente, cómo en un punto se es ido y acabado; si juzgamos sabiamente daremos lo no venido por pasado. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera, más que duró lo que vio porque todo ha de pasar por tal manera. Nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es el morir.

Y este es el fin, el fin lo fue ya antes, antes. Qué bonito, qué feo, qué triste es el número diecinueve.
Así, con tal entender, todos sentidos humanos conservados, cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos y criados, dio el alma a quién se la dio (en cual la dio en el cielo en su gloria), que aunque la vida perdió, dejónos harto consuelo, su memoria. 


Y llegará el momento, juro que llegará el momento, en el que pueda volver a conocerte. Así tenga que dormir eternamente y vivir en mis sueños, y sea ahí donde te vea. Juro que te encontraré, en cuerpo y alma, juntos.

Diecinueve del mes no habido, del año infinito.
En Un Paraíso Aparte, aquel mi mundo paralelo.



jueves, 17 de mayo de 2012

Mist



¿Alguna vez mencioné que amo el frío? Y más que el frío, amo la neblina. Esa, digamos "ventaja", que tengo de vivir en Miraflores es que cada invierno es tétrico, gris, y sobre todo, lleno de neblina. Y me encanta.
Hace tiempo dejé de ser una chica que inventaba historias, para pasar a hablar de mí misma. Egocéntricamente, o quizás en un escaseo de imaginación brutal. De cualquier forma, siempre he tenido algo que decir.
Escuchando una canción que dice más o menos So baby surrender to me tonight, sintiéndome sensible e insensible at the same time, odiándome por mezclar español con inglés, y quitándome un poco de ropa para disfrutar un poquito más de este frío que amenaza con quedarse en Lima. 

Hoy todo es muy extraño, muy raro, muy fuera de la rutina normal a la que hace poco más de seis meses me he acostumbrado. Hoy algo parece cambiar, pero aún no he logrado descubrir qué.
No es ninguna novedad que mis ojos humedezcan al escribir, no es novedad que derrame lágrimas de vez en cuando, por no decir unas cuantas veces por semana. Pero hoy siento todo muy extraño, hoy me falta algo, algo, algo...
I want have control, I want a perfect body, I want a perfect soul. I want to you notice me when I'm not around. You so fucking special, I wish I was special. But I'm a creep, I'm a weirdo, what the hell am I doing here? I don't belong here.
Una vez más Radiohead destruye mis oídos y mi alma, y me hace querer desaparecer, desvanecerme entre esta hermosa neblina, y volar, e ir a algún lugar que nunca conocí, que nunca existió...

Es extraño, siento el deber de escribir sobre cada canción que suena randomly en mi iTunes. You left me with nothing but the desire to overcome. This gaping wound from where you stole my vital organ. Este sentimiento de de desamor tan insólito como aquel que logré sentir hace unos cuantos meses. Esta incógnita que no logro descifrar, porque ya no amo a nadie, porque mi corazón se ha secado, al igual que mi imaginación para escribir historias nuevas. If I had just one more day, I would tell you how much that I've missed you since you've been away. Christina Aguilera, describiendo cómo me siento desde que murió mi abuelo, desde que murió todo, desde que morí yo.

A veces me hecho de menos... Hoy me hecho de menos. Tanto, tantísimo. Así como solía describir mi amor hace un año "tanto, tantísimo", y hoy no es nada, hoy no hay nada, hoy no tengo sentimiento bueno alguno. Hoy soy un alma distinta en el cuerpo de lo que un día fui. ¿Tan trágica? Pues algunas virtudes se han quedado en mí, como mi facilidad para dramatizar y exagerar las cosas.
Aún no me he dado cuenta de nada, aún no tengo claro absolutamente nada. Nada aparte de que amo la neblina más que un atardecer de verano.

Este romanticismo ajeno a mi situación actual, estas ganas de estar enamorada y no poder. Este sentimiento de esperanza, de creer que podré enamorarme. De tener fe, de dar oportunidad a un nuevo romance, aún así a estas alturas del partido, y con el juego a la mitad, ya esté cansada y tenga miedo de seguir jugando. Estoy fuera de cancha, a mi corta edad.

Me quedo en short y un bvd pequeño, con la ventana abierta, esperando que el frío logre traspasar mis huesos. Pero lo único que consigue es que se me ponga la piel de gallina, y que quizás quiera desaparecer un poquito más hoy.
Con el cabello ondulado después de tiempo, con ganas de salir a tomar fotos, a que el mundo pueda apreciar lo que yo aprecio, a ver la vida de la manera que yo la veo... Ya estaríamos muertos todos.
Hace frío, y recuerdo mi recuerdo del recuerdo que nunca recordé. Aquí, justo aquí.

Ganas de no haber nacido nunca, de no saber lo que es vivir, de no existir, de dejar de dramatizar por un día, de dejar de no prestarle atención a las cosas, y de por fin tomar una decisión firme en mi vida y salir adelante. Ganas de que no existan ni las mujeres ni los hombres, de que no existan los sentimientos, ni las amistades, ni las familias, ni los hijos, ni las relaciones. Ganas de que el mundo no sea mundo. Ganas de estar muerta ya, de haber hecho lo correcto en mi vida, y estar en el Paraíso que hoy por hoy no merezco.

Todo eso me produjo salir hoy 5 minutos bajo la neblina de Miraflores. Y qué neblina. Qué rico.


jueves, 10 de mayo de 2012

Primer día de frío

Frío. Esta mañana Lima amaneció gris, y con ella, mis ganas de analizar todo nuevamente. Qué hermoso es el clima frío.
Caminaba, caminaba y caminaba con una camisa manga larga y zapatillas de colores. Mi alma dormía plácidamente mientras que mi mente y cuerpo se esforzaban en reaccionar y poder caminar naturalmente, sin que nadie notase que esta mañana no llevaba el alma puesta, y que mi mirada implicaba más vacío que otra cosa.
Hace dos días falleció el padre de una compañera de mi último grado de secundaria. Ay la muerte, ya sabía que a partir de este año cosas catastróficas se vendrían. Y el que piense que la muerte no es un acto catastrófico no se llevará bien conmigo, pues para mí perder a alguien es el dolor más extremo que un ser humano puede sentir. Claro, eso es lo que pienso yo, y probablemente muchos compartan este sentimiento.
Continúo caminando, sintiendo el frío traspasar esa camisa que hace dos meses me hubiese hecho sudar.
Angustia, siento que mi alma regresa sin avisarme y sólo trae lo peor de ella consigo. Dolor, pena, angustia.
Cuando iba caminando en camino al paradero de bus, vi un anciano de mirada triste. Tengo una ligera obsesión con los ancianos, siento que tienen tanto por contar, tanto por enseñarme. Esos ancianos que te miran y sientes que saben toda tu vida, saben que sabes que saben. 
Una mujer embarazada completamente sonriente. Cuando una vida empieza, otra se va acabando. Personas felices, personas tristes, personas muriendo, personas naciendo. Personas, mundanos, humanos. Y yo. Yo, fiel espectadora de aquel espectáculo que era la vida, sintiéndome nada, sintiéndome sin vida. Observando todo.
Una niña de aproximadamente 4 años, dos colitas con bucles, cabello oscuro y ojos grandes y claros. Yo, igualita a  mi de pequeña. Feliz, toda una vida por vivir, una madre feliz de verla crecer, de educarla, de creer que su hija será la mejor de todas. Y yo, viendo desde el fondo de mis ojos, como si observara todo desde un telescopio, intentando descubrir qué era la vida humana.
Incapaz de razonar, sintiéndome un perro que ve a la gente a su alrededor, quiere hacerse a entender, se desespera porque lo entiendan, porque jueguen con él. Pero no lo entienden, lo ignoran. Algo así.

Caminar, recordarme hace un año atrás, disfrutando placenteramente de la vida y sus regalos. De la vida y sus besos, de la vida y sus cafecitos calientes, de la vida y sus abrazos al dormir, de la vida y sus bendiciones, de la vida y sus temores, de la vida y sus sentidos. Hoy, caminando disfrutando del frío, sin sentir, sin vivir, sin soñar. Yo, sólo yo escondida bajo unas sábanas que no podía lograrme quitar. Sin ver nada, sin anhelar nada. Simplemente observando, observando una y mil veces. Y no lograba comprender la felicidad de las personas, la tristeza, la amargura. ¿Para qué vivimos? ¿Qué clase de juego juegan Dios y satanás hoy por hoy con nosotras?
Ansiaba con todas las ganas estar viva el día del fin del mundo, y finalmente lograr comprender algo. Poder comprender el por qué de tanta gente simple y mediocre, que vive por vivir. El por qué de tanta gente sufriendo cuando no debería. El por qué de tanta felicidad, si después vendrá el dolor. Porque hoy, sólo sé, que la raza humana, más que envidia, me da pena.