domingo, 15 de julio de 2012

El amanecer más hermoso del mundo

Sophia Loren, qué hermosa, qué sexy, qué perfecta mujer. Así empezaba una nueva madrugada sin necesidad de energizantes, porque mi insomnio era tan perfecto como yo (eso incluye inestable, contradictorio, inoportuno, entre otras variantes negativas).
Felicidad, eterna felicidad madrugadora. Esa felicidad que te causa escuchar la canción mas hermosa del mundo, que son varias, que son cientos de miles, pero cada una es la canción más hermosa del mundo. Y te encanta, y te hace feliz, y te hace querer quedarte despierta para toda la vida sólo para apreciar aquel saxofón y aquel piano de cola que van acompañados de aquellas hermosas voces bluseras, jazzeras de los años 50. Entonces vienen las grabaciones más antiguas de 1890, de 1920... Y moría lentamente escuchando The laughing song, porque me encantaba y quería reírme con él. Así, así es.

Tres y treinta y tres de la mañana y cómo me fascinaba no hablar con nadie más que con mi mente, que esta vez sí la podía dejar hablar. Esa misma que no se callaba la noche anterior, cuando quise dormir temprano.
Mi mente y yo no nos llevamos muy bien que digamos. Juega en mi contra y a mi favor, se vuelve en mi conciencia y en mi pecado. Es la contradicción, es mi contradicción habitual, mi perfección.

No escribía porque estaba tan absorta en aquel solo de piano, que entraba  en una sensación orgásmicamente maravillosa. Volaba fascinada por la quinta dimensión.
De pronto leía un poco sobre historia, me preparaba un café, porque invierno sin café no es invierno, y me disponía a seguir navegando por los profundos océanos del éxtasis musical.
No podía, ni puedo explicar la enorme felicidad que me daba escuchar a Arthur Collins, Billy Murray, Bing Crosby, Ray Charles,  y entre los más contemporáneos Frank Sinatra y Ray Peterson. Magníficos, perfectos. Cuando los hombres eran hombres. Canciones que me daban ganas de estar enamorada, de tener esos amores de películas. Excluyendo esas películas tragirománticas en las que las parejas nunca terminan juntas, clásico de los 50's. Pero aún así, aún así, aún así, estaba enamorada del aire, de la vida y de esas malditas canciones que hacían de mi madrugada la madrugada más hermosa del mundo.

Por otra parte, me sentía en una paz tan inusual en mí que no dudé en aprovecharla, vivirla e intensificarla en cada momento. Tan enamorada de la nada. Con una sonrisa de oreja a oreja que convertía mis inmensos ojos en chinos, y que me adormecía el cuello y casi me hacía lagrimear.
Me balanceba escuchando, y pensaba, pensaba, pensaba...
Pensaba en cuánto tiempo iba perdiendo dejando las cosas para después, en cuántas veces había dicho "quiero estar bien" y no había hecho absolutamente nada para lograr ese "bien" que muchas veces creí inalcanzable y ajeno a mi persona. Pensaba en todas las veces que había decidido algo y no lo había intentado lo suficiente. En todas las veces que había fracasado.
No pensaba en sobreponerme e intentarlo de nuevo, no me interesaba. Yo sólo quería vivir. Esa noche sólo quería vivir y apreciar lo hermoso que me había dado Dios, la preciosa oportunidad de estar sentada en ese lugar, viviendo, escribiendo y escuchando las canciones más hermosas del mundo.
En ese momento no entendía por qué tantas veces quise acabar con mi vida, quise morirme, quise matarme, y hasta incluso le pedí a Dios que me quitase la vida. ¡Por qué si la vida es tan divina!
Tantas veces me dijeron que la felicidad era una decisión. Pero yo no estaba decidiendo ser feliz, estaba decidiendo escuchar música, tomar el café más rico del mundo y apreciar las pequeñas cosas.

Sin darme cuenta eran las seis de la mañana, e iba amaneciendo. Me levanté y abrí mi ventana. ¡Uh!, pero qué agradable olor a humedad.
El cielo iba en un degradado de azul oscuro hasta un celeste tenue, los ángeles regresaban al Cielo y Dios se disponía a ayudar a los que se levantasen a esa hora.  No habían almas atormentadas, no habían sombras tenebrosas, no habían maleantes en las calles, no había nada más que el semáforo cambiando de ambar a rojo, y los postes de luz aún alumbrando el alba.
Una última estrella al lado de la luna, que moría lentamente escondiéndose para regresar en unas horas, a acompañar la nostalgia, velar el sueño, y ayudarme a escuchar más canciones hermosas una noche más.
Se empezaba a notar un rayito de luz. Qué perfecto que es el mundo, qué hermoso que es el universo, qué miles de oportunidades que tengo para estar "bien". Sonreí. Y sin lugar a dudas, fue el momento más feliz de todo el invierno.



Esta foto la tomé al amanecer desde mi casa. Foto del celular, calidad pésima, sentimiento inmejorable.