viernes, 17 de agosto de 2012

Entonces caminas, y caminas, y caminas...

Una vez aprendida la lección, me toca poner en práctica todo para lo que fui preparándome en un pasado no muy lejano. Es difícil.

Entonces caminas, y caminas, y caminas, y de pronto te das cuenta de que ese peso que llevabas por tanto tiempo ya no está. Pero, pero, pero...
Algo te falta todavía, algo te hace dudar de tu vida misma. ¿Estás realmente viva? ¿Por qué habrías de estarlo? ¿Por qué no habrías de estarlo?
Miles de preguntas abarcan tus pensamientos, y una presión en el pecho te dice que aún el juego no ha terminado, que aún te quedan batallas por luchar.
Sigues caminando, sin vivir y sin morir, caminas con una incógnita tan grande como el firmamento hermosamente azul de esta noche. ¿Nostalgia? ¿Cuántas veces has escrito sobre eso? ¿Todas?
Esta es una nostalgia tan distinta como única. Es tanta tristeza la que se ha ido, pero tanto de ese sentimiento que no puedes llegar a identificar.
Es el recuerdo con añoranza, y el recordatorio de que eres y estás sola, como dijo Bryce en algún libro que leíste en invierno. Y ya que eres sola, lo único que te queda hacer es añorar y esperar, pero por sobre todas las cosas: matar cada poro de ilusión que habita en tus 170 cm. de altura.
Ninguna sensación de esta noche es ajena a cualquier otra. Nada es distinto. Nada sino tú, tú has cambiado, tú eres distinta. Eres mejor.

Sin embargo no sientes dolor. No te duele, sin embargo te apena. Sienes un ligero nudo en la garganta que no aumenta ni disminuye; está dispuesto a quedarse ahí hasta hacerse insoportable. Pero no sueltas ni una sola gota salada. ¿Para qué vas a llorar? Una lágrima o dos no le van a devolver la vida a quién perdiste, una lágrima o dos no te van a devolver el pasado, una lágrima o dos no te harán más hermosa de lo que dicen que eres, una lágrima o dos sólo enrojecerá tus ojos y llenará tu noche de preguntas y de miradas incómodas. Entonces, ¿para qué vas a llorar?

Estás sola por decisión propia. Porque decidiste que era adecuado tomarte un descanso de tantas falsedades y encerrarte con quien te quiso desde que naciste, y que quién sabe si durará hasta que dejes de ser y estar sola.
Más que la tristeza, con el paso del tiempo todo esto se ha convertido en el temor, en la duda, en la simple memoria de que en algún momento de tu vida fuiste más feliz de lo que eres ahora.
Pero no eres infeliz, simplemente eres menos feliz. No estás triste, simplemente eres menos feliz. Menos. A veces menos es más.

No quiero que el cambiar - o progresar - en mi vida cotidiana me haga cambiar mi manera de escribir. No quiero perder lo único mío, mi única esencia por intentar ser y estar mejor. No lo voy a hacer, porque no puedo, porque no me sale.
Entonces camino, y camino, y camino, y no puedo evitar esas miles de películas de mi vida - de las cuales soy fanática a morir -, no puedo evitar verlas y querer correr a los brazos de alguien. Alguien que me sostenga y me deje llorar y simplemente deshacerme de toda la oscuridad que tanto tiempo tengo dentro. Pero no hay nadie, nadie con el coraje, nadie con la inteligencia, nadie con el 6to sentido de poder predecir qué tan mal me siento...
Pero no se trata de cuántos amigos tenga, de cuán soltera esté, ni nada de eso. Se trata de que el reloj no me deja dormir, de que no quiero pero quiero dormir. De que me atormentan sueños tan reales como mi pasado mismo. 

Entonces caminas, y caminas, y caminas, y de pronto te das cuenta de que ese peso que llevabas por tanto tiempo ya no está. Pero... Pero nada, ¡no está! ¿Qué más esperas?

Tal vez debería empezar a buscar en lugar de esperar que todo llegue por arte de magia. Tal vez no.

Si las cosas no llegan solas, sal a buscarlas.

sábado, 4 de agosto de 2012

El monstruo en el espejo

Una nube gris seguía aquella tímida sombra día y noche. La desfachatez de un amor no correspondido, la incongruencia de una vida descolorida y pastel, la fantasía de un mundo perfecto que "jamás" podría tener.
Todas aquellas malas vibras que iba absorbiendo, sin pensar en absolutamente nada más que su dolor. Porque su dolor era el dolor, y nadie podía entenderla, porque ella era única y tenía el dolor.

Una inmensa punzada en el corazón la llevó al suelo a retorcerse de dolor. De pronto vio destellar unas cuantas luces amarillas y negras. Todo oscureció.
Sintió congelarse sus huesos, pero a la misma vez tenía muchísimo calor. La piel se le descascaraba y podía describir aquella sensación como el dolor más indescriptiblemente fuerte que un ser humano pudiese tolerar. El dolor que creía sentir se volvió nada, se volvió cero, se volvió lo que siempre fue: un engaño a la mente.
Un viento intenso cacheteó su frágil rostro.

Apareció, entonces, en un cuarto oscuro, un una única iluminación a diez metros de distancia. Cautelosamente fue acercándose hasta que pudo divisar lo que aquella luz alumbraba: un espejo. Se paró en frente a este.
Un alarido despavorido resonó por aquella habitación. ¿Qué era aquel monstruo que veía en el espejo? Una chica huesuda, de ojos hundidos y de arrugas excesivamente marcadas. Sus ojos verdes eran blancos totalmente, sus manos estaban manchadas de sangre, y lo peor de todo: estaba calva.
En mili segundos vio pasar cada golpe que le dio a su hermano cuando la delataba con su madre, cada beso que dio a escondidas de su novio, cada corte que se provocó en las muñecas, cada insulto a su madre, cada vez que se inducía el vómito después de haber comido lo que su mamá, con tanto esmero preparó, cada te odio a su padre, cada vez que robó dinero, cada vez que sintió desinterés combinado con desdén por cada persona que tenía menos que ella, cada vez que se aprovechó de alguien.
En el poco de conciencia que le quedaba, se dio cuenta que era ella misma la que veía en el espejo. Aquel yo interior que jamás creyó tener. Era el vivo retrato de Dorian Gray. Un monstruo viejo y envenenado.

Volvió a sentir frío. Esta vez el frío era tan intenso que no podía mantenerse en pie, sin embargo lo hacía. Le dolía cada parte de su cuerpo, y tenía una angustia tan grande como el susto que se pegó al verse en aquel espejo. 
Cayó al suelo, mientras en cada lágrima de dolor que derramaba, observaba cada vez que decía que odiaba su vida, cada vez que maldecía el momento de haber nacido, cada vez que pensaba que todos la odiaban,  cada vez que se creía buena, cada vez que creía tener al mundo en su contra, cada vez que sentía injusta la vida para con ella.
¿En qué se había convertido? ¿Y si quizás aquel monstruo del espejo era incluso más hermoso que ella misma?

Sintió un aparato en la garganta. Abrió los ojos. Su madre dormida en una silla a su costado, sosteniéndole la mano. Muchos globos que decían "te quiero", "¡mejórate", entre otros, un libro nuevo de Vargas Llosa, su escritor favorito, un reproductor de música nuevo al lado de aquel libro, y un hermoso sol brillando por la ventana. Pero por sobre todas las cosas: nada de dolor.
¿Por qué a pesar de que no había obrado bien, aún tenía gente a su lado? 

Aquel día, al despertar después de un breve estado de coma de una semana, pudo darse cuenta que el amor es desinteresado. Finalmente entendió el precio de la vida, el precio de saber vivirla, y de que a pesar no seas la mejor persona del mundo, siempre tendrás alguien a tu lado. Aprendió a ser sincera, aprendió a valorar cada reprimenda. Inició el camino a la trasformación de monstruo a ser humano, a empezar a ser digna de cada gesto bondadoso que recibía, a empezar a no esperar nada a cambio. A ser feliz sin importar cuántas nubes grises tuviese encima, porque ella podía, porque ella quería, porque ella debía.