martes, 16 de octubre de 2012

Insomnio

Te quedas sin ver la luz de la calle una semana entera. No te bañas. Almuerzas frente a un computador o a un televisor, dejando miles de platos y vasos sucios a tu alrededor. Eres un desastre.
Amanece y aún no duermes, estás escuchando cómo la gente sale de su hogar - o lo que sea que esto signifique - para ir a hacer algo productivo con sus vidas. Algo que tú, ciertamente, hace tiempo no haces. Gente que quiere llegar a algún lado, gente normal, esa gente con la que conversas a diario, que tiene una rutina, que tiene una meta bien o mal trazada, pero finalmente está haciendo algo para lograrla. 
¿Hace cuánto no guardas tu ropa en el armario?

Hacía días ya que no pensaba en él. Al menos no con la frecuencia compulsiva y profundamente melancólica con la que lo pensaba siempre. Había alejado las incertidumbres de su lado, por sumergirse en una piscina de pelotas de colores que sosegaban su intranquila salud mental. 
El enorme placer de recostarse en una cama al ver la luz del día la hacía sentir "especial"; porque mientras todos dormían, ella hacía algo por desaparecer su depresión, por no volverse a meter en ese inmundo mundo de lágrimas, de dudas, de inseguridades estúpidas que no la hacían llegar a ningún lado más que a los chocolates de las seis de la tarde.
Sinceramente, estaba harta del romanticismo barato de testimonios de libro de auto ayuda para adolescentes en crisis. Necesitaba llegar al planeta Tierra, porque era obvio, hace tiempo que vivía entre nubes, insomnios y arco iris.
Sin embargo, ¿quién quiere tocar el suelo mientras vive en una ensoñación de madrugada? ¿Quién? Ella. O yo. O quien sea que fuere.
A pesar de todo, había ido edificando con el pasar de los meses una fortaleza inherente a su persona, pero no a su noción. Fuerza que, al transcurrir las madrugadas y al aparecer en sombras marrones bajo sus ojos, se iba escondiendo tras un estado de desconocimiento y desinterés total. De nuevo.


Ella era fuerte, mas necesitaba aquel apoyo no necesariamente incondicional que le recordase que aún tenía a alguien en esta vida. Alguien que no esperase nada de ella, nada más que su felicidad. Yo sólo quería tener a alguien a mi lado.
Pero aquella mañana, a las 5:55 de la mañana, la desidia del amanecer había chocado con su burbuja de apatía. Pensamiento equivocado, momento equivocado. O tal vez no. Sea lo que sea, había obtenido un impacto, exagerando un poco, devastador. Poco a poco aminoraba la neutralidad siendo reemplazada nuevamente con un paquete de dudas existencialistas que poco o nada le ayudarían a conciliar el sueño; peor aún con el ruido del tráfico matutino y de aquellas maletas de rueditas de niños que aún tienen ganas de ir al colegio, porque aún no lo ven como una tortura por un profundo e inconsistente odio de sus padres hacia ellos.
La posibilidad - remota, debo aclarar -  de un fortuito reencuentro aceleraba su respiración y originaba mareos esporádicos. Movía sus piernas incesante y nerviosamente mientras esperaba el momento de agotamiento total para poder desplomarse sobre su cama. Cama que no tendía hace 4 días. Tal vez necesitaba ayuda psicológica. Sin contar la maldita alergia matutina que sufro desde que tengo uso de razón. 
De todas maneras, el llevar sus sueños a sus dudas en la realidad no era nada bueno. Y aunque la esperanza es lo último que se pierde según dicen, ya había perdido cada ilusión de que todo salga bien. Porque mientras más esperaba más daño se hacia. Entonces aprendí - o aprendió ella - que mientras menos esperas, menos sufres. Pero no lo aprendí por voluntad propia. Los residuos de amor propio restantes actuaron en ella - o en mí, o en quien sea que fuere - de forma impresionante, haciéndola tan fría como Puno en Julio a las seis de la mañana. Más o menos. 

Otras 24 horas sin dormir. Otro sin resolver. Actividades motrices afectadas por el insomnio fatal de una mujer sin sentimientos.
Es impresionante lo que un poco de miedo y soledad pueden hacer en una persona. Especialmente en ella. O en mí. O en quien sea que fuere.

Y aún no tienes intenciones de guardar tu ropa.







jueves, 4 de octubre de 2012

La esquina Desesperanza

Era de noche y la neblina no le permitía ver más allá de aquel semáforo en el que tantas veces él le dijo "mañana te veo, descansa, te amo". Aquel semáforo en el cual, a los 3 años, se tomó una foto con su Felipe, su abuelo. Aquel mismo semáforo en el cual día a día su madre se paraba esperando un taxi que la llevase al trabajo y no le cobrara más de 10 soles, porque es una barbaridad, no es Navidad y la gasolina no ha subido tanto.
Más allá del frío, de la humedad, o de cualquier cosa que pudiese sentir, sentía una inmensa incertidumbre que casi se tornaba en dolor.
La incontenible incertidumbre de un futuro que no se podría tornar en un pasado digno de recordar con una sonrisa sincera. 



Se dirigió a aquella misma esquina, aquella donde estaba aquel semáforo en cuenta regresiva anunciando que pronto podría cruzar la pista. Caminando sin más música que el sonido de los carros de la avenida contigua pasar sobre una pista un tanto húmeda por la llovizna de aquella tarde; sin más aroma que el de la humedad amenazante, lista para provocar resfriados en los más desabrigados.
En aquella esquina se quedó parada con los ojos cerrados y los abundantes recuerdos de un tiempo pasado, que sin duda alguna, fue mejor. Porque aquella noche, en aquella esquina, en aquel semáforo, se iban perdiendo sus anhelos, se iban alejando sus sonrisas. Y no las podía divisar más, se escondían entre la neblina blanca de una tierna noche de primavera. Su respiración se volvía inconstante y casi podría haber afirmado que una inmensa bola de lana se había atorado en su garganta, impidiéndole respirar y haciendo sus ojos cafés casi explotar.

Ese mismo día en la tarde finalmente había aceptado que el hombre que ella en algún momento creyó ser el hombre de su vida, era el hombre de la vida de otra mujer; y esa mujer era la mujer de la vida de aquel hombre. Y ella no era aquella mujer, y por más que quisiera, ya no quería.
Cuán difícil es dejar ir las cosas, ¿no? Tal vez por capricho, por costumbre, por lo que sea que fuere, ella no las quería dejar ir. Porque, quizás en el fondo, aún tenía aquella pequeña vela prendida, esa chiquita esperanza de que en algún momento todo fuese como antes. Porque, quizás también, tenía miedo de no encontrar a nadie más, que su primer amor se tornase en su único y desesperanzado amor. Tal vez aún tenía la ilusión de poder volver a enamorarse de él, y de ser inmensamente feliz, porque tenía la certeza que sí funcionaria. Certeza. Nadie nunca le dio tanta seguridad como él.


Después de aceptar que su gran amor, después de todo, ya no era su gran amor; se vio con su abuelo dejando de luchar. Aquel primer ejemplo de hombre se dejaba ir entre tubos y máquinas con líneas asegurando que aún seguía vivo, aunque él se sintiese más listo que nunca para morir.
Un señor de 76 años, que quizás tenía unos cuantos años más por vivir. Ese señor que en su juventud fue aquel guapo trabajador de clase baja, que se sacaba la mugre por construir una casa para su mujer y sus futuros hijos. Aquel que empezó cosechando en algún lugar de la sierra, y terminó con negocios propios en la capital, con tres hijos trabajadores y prósperos, y con tres nietos ajenos a la pobreza. Esos nietos que jamás sabrían lo que era no tener para comprar un pan, esos que jamás pensarían que les faltaría un plato en la mesa. Esos desagradecidos y engreídos nietos que creían que todo se lo merecían, y se daban el lujo de tener problemas existenciales sin saber que allá afuera había alguien de su misma edad trabajando para que su madre con cáncer pudiese recibir quimioterapia.
La única esperanza de vida era ella, su hermosa nieta Belén, aquella que a pesar que se le brindó todo, nunca dejó de acompañarlo a comprar el pan en las mañanas y ayudarlo a limpiar la araña cuando a él o a su mujer le dolía la cadera como para hacerlo. Aquella que, sin que él supiese realmente, pero sabiendo en el fondo, se enamoró y se convirtió en mujer antes de cumplir los 18 años.
Pero él se quería ir, porque ya sabía que su pequeña nieta ya estaba en el camino a la vida, mientras que él ya había vivido lo suficiente para dejarse ir, y ya estaba en camino a la muerte. Ya era hora.


Aquel mismo día en la mañana, se vio con su mamá despertando con taquicardia, apurada para llegar temprano al trabajo y no le descontasen del salario que, con el tiempo, le habían ido reduciendo. Esa madre trabajadora que nunca dejó de verse hermosa ante sus ojos, esa que hizo que nunca le faltara nada. Esa madre que hoy estaba cansada y un poco harta de que Belén quizás no fuese tan considerada como querría.
Una bella mujer de 48 años, agotada de ser madre y padre, agotada de estar sola y sin apoyo de nadie. Agotada de todo, tan sólo pidiendo un descanso de esta vida de mierda, como decía.


La neblina aún no le permitía ver y el semáforo seguía en cuenta regresiva. La esquina Desesperanza, como en aquel momento nombró, se quedaba con sus más tristes pensamientos. Mientras tanto generaba nuevas preguntas, nuevas incertidumbres, nuevas lágrimas. La pregunta más grande de todas era cómo cruzar la pista y regresar a casa sin cargar con un amor que no era amor, con un abuelo que vivía para dejar de vivir, y con una madre que se esforzaba queriendo abandonarlo todo.
Una profunda nostalgia terminó por cubrir sus manos ahora tapando sus ojos llenos de lágrimas. Estaba sola, por primera vez en su vida estaba completamente sola.