viernes, 23 de noviembre de 2012

Crónica de una noche fugaz

Se encontraron después de que Grecia saliera de la universidad. Él llevaba puesto esa camisa azul que ella tanto adoraba. Ella llevaba una sutil y un tanto insinuada blusa azul también. Combinaban bien, como siempre. 
Lo saludó con un beso en la mejilla. Uno bien dado, de esos que la gente olvidó por un simple choque de mejillas. Él la miró. La desvistió de una sola mirada.
- ¿Todo bien? - Preguntó él.
- Sí, ¿tú?
- Sí, todo bien.
Caminaron casi sin hablar en dirección al hostal de siempre. No se tomaban las manos, pues no eran más que amantes con deseos insaciables. No eran amigos. No eran novios. No eran nada más que dos personas que compartían un mismo deseo, un mismo sentimiento, y un cariño inmenso.
Llegaron. Era un hostal escondido entre una avenida principal. No era lujoso, no era romántico. Era justo lo que ellos necesitaban en ese momento: un escape rápido, sin rodeos. 
Habitación 306, por las escaleras de la derecha, control remoto con canal porno, papel higiénico áspero, dos jabones y dos toallas blancas. Cubre cama floreado, dos almohadas duras como piedras , y dos personas impacientes por saciar necesidades que llevaban semanas sin saciar.
- ¿Puedo apagar la luz? - Preguntó él
- Sí, apágala. Voy al baño.
Grecia entró al baño, se miró al espejo, se sobó un poquito por debajo de los ojos para quitar el maquillaje corrido. Hizo lo que tenía que hacer, se lavó, se miró nuevamente al espejo y salió. Se iba quitando los zapatos mientras le hablaba de lo que había hecho ese día. En verdad ni ella lo quería contar, ni él lo quería escuchar. Augusto la seguía con esa mirada dura y a la vez tierna que le caracterizaba. Automáticamente ella se sentó encima de él y comenzó a provocarlo, besándolo suave y despacio, mientras él le acariciaba la espalda. 
Sentía cómo su respiración se iba entrecortando. Grecia respiraba en su oreja. Él no podía quedarse quieto. Lentamente fue bajando, desabrochando su camisa y desabrochándose ella misma la blusa. Se fue desvistiendo, como si fuese un acto de rutina, como si no tuviese que hacerlo de la manera común. Era cierto, nada tenía por qué hacerse de la manera común. Ella era Grecia y él era Augusto. Nada en ellos era común.
Le desabrochó el pantalón, bajó su ropa interior y comenzó a besarle como nunca le había besado. Augusto se movía, respiraba cada vez más fuerte, se tapaba el rostro con la almohada, se lo descubría, la miraba. Lo miraba. Se miraban. Sin que se de cuenta, Grecia ya no tenía las pantys puestas.
Comenzó a subir de nuevo, besando su blanco abdomen hasta llegar a esos labios con los que ella soñaba cada noche sin que él supiese. Se colocó nuevamente encima de él, se introdujo en él. Un suspiro de alivio salió de ambos al unísono.
Ciento diez minutos estuvieron echados, besándose, jugando a amarse, deseándose como nunca en la vida habían deseado a nadie, sólo por ese momento. 
- ¿Te gusta? - Preguntó Grecia.
- Me encanta - Dijo entrecortado. 
Cinco minutos más tardaron. Él se estremeció, sujetándose con fuerza de la cintura de ella. Ella suspiró,  relajando sus piernas. Se quedaron quietos por un momento, echados como si fuesen uno solo, siendo uno solo. Sus respiraciones se fueron normalizando. La miró, sus ojos brillaban como el mar al atardecer, y la besó lento, suave, tierno, como si de verdad la amara, como si de verdad todo fuese real. Le acariciaba sus castaños cabellos, mientras sentía el roce de sus enormes pestañas. La quería, la quería muchísimo. La quería en ese momento, en ese preciso momento. No importaba antes, no importaba después. La quería ahora. 
Grecia se acostó a su costado, acurrucándose en su pecho, mientras suspiraba y le besaba la mejilla. Él le besó la frente. Lo amó. Lo amó intensamente, como si pudiese morir en ese instante por él, como si pudiese ahogarse en el mar y quedarse quieta sin luchar, tan sólo viendo su mirada, como si tuviese alas, como si quisiera que él sea lo último que sus ojos vean antes de morir. 
Comenzaron a conversar de lo que habían estado haciendo en las semanas que no se habían visto, ahí, abrazados, completamente desnudos y sudados, queriéndose como dos amantes eternos en una noche fugaz. Rieron, se besaron, como si esa noche de verdad no tuviese fin, como si pensasen que seguirían siendo uno solo al amanecer.
Él se quedó dormido abrazándola por la espalda, mientras ella lloraba en silencio. Todo acabaría pronto nuevamente.
La alarma sonó y un señor fue a tocarles la puerta, diciéndoles que era medio día. Él respondió que ya salían. 
Se besaron y lo hicieron nuevamente, intentando no dejar morir los restos de sentimientos de la noche anterior.
Se vistieron sin bañarse, Grecia se lavó la cara y él se abrochó aquella camisa que olía a ella. Salieron de la habitación sin hablar y se dirigieron hacia el paradero. Se despidieron con un beso en la mejilla. 
- Cuídate - Dijo él.
- Tú también.

martes, 6 de noviembre de 2012

Miedo a reír

Estábamos en la sala de aquella gran casa en Pueblo Libre. Mi abuelita sentada a mi derecha, mi mamá a mi izquierda, mi tía al frente mío y mi abuelito a la derecha de mi abuelita.
Jugábamos casino, y yo me reía a carcajadas de las payasadas que papito - mi abuelito - hacía. Soplaba las cartas como si estuviese haciendo magia, y de pronto sacaba un As y se llevaba todo lo que había en la mesa. Lo admiraba, lo adoraba, y me reía de cada chiste que hacía. Reía tanto que me ponía roja y estaba a punto de hiperventilar, ya que era - soy - asmática.

   - No te rías tanto, que vas a terminar llorando - Me dijo mamá.
Seguimos jugando, cuando de pronto mi tía hizo un comentario de mal gusto. Subí al cuarto de mi abuelita y me tiré a la cama a llorar.
Mamá subió a los minutos, y soltó un "te lo dije" que nada venía a aquella desolada escena que yo vivía a mis nueve años de edad. 

Pero hoy mi abuelito ya no está vivo, y ya no jugamos casino los domingos por la tarde en familia. Ya ni siquiera sé cuál es el verdadero significado de esa palabra. Aunque algo no ha cambiado: mi tía sigue - y probablemente seguirá - haciendo comentarios de mal gusto. En fin.

Caminaba hoy por las sombras de los recuerdos averiados por un incierto pensamiento: ¿Y ahora qué hago?
Hacía un par de horas me encontraba en una obra de teatro. Era comedia, podías escuchar carcajadas unísonas en todo el auditorio. Gente que probablemente llegaría a casa un poco tarde, se quitaría los zapatos y se tiraría a la cama cansados, para despertar al día siguiente e ir a estudiar o a trabajar. Gente que tenía problemas y que creían que sus problemas eran los peores del mundo. Gente que reía en ese momento, porque se olvidaba de todo y por un momento, por sólo uno momento creyéronse felices ante una simple actuación. 
Yo reía. En realidad no me olvidaba de todo, no me olvidaba de nada. Simplemente reía, y reía mucho. Reía y pensaba que en unos cuantos minutos nada cambiaría, que mi vida seguiría tranquila como últimamente estaba, que mi día terminaría como un buen y gran día, con una sonrisa inmensa en el rostro.
Hacía una hora me encontraba intercambiando microbios con alguien, después de enterarme de algo que me dejaría con una tremenda duda.
Hacía cuarenta minutos me encontraba intentando aparentar que nada pasaba, después de descubrir que todo pasaba.
Hacía treinta minutos me encontraba  riendo de nuevo, mirando aquellos ojos negros, y sintiendo esas tantas miradas sobre mí, animosas, pidiéndome que les cuente más historias, cuando en realidad lo único que quería era correr a aquellos brazos y rogarle que me dijera que todo era mentira, que todo siempre había sido mentira.
Hacía diez minutos me encontraba tomando un bus, cediéndole el asiento a un anciano de mirada triste y evitando dejar caer las lágrimas.
Y en ese momento, en ese momento me encontraba al borde de desplomarme y simplemente gritarle a la primera persona que pasase por mi lado que me abrazara, que me abrazara fuerte. Sólo quería aferrarme a alguien y poder simplemente llorar y preguntarle por qué, por qué siempre todo es tan difícil. Preguntarles, esperando que pudiesen responderme exactamente, ¿y ahora qué hago?

Soy esa señorita sin nombre ni destino, que suele usar sombras de ojos color celeste para que nadie note esas inmensas ojeras provocadas por sus eternas desveladas. Esa niña que perdió su muñeca favorita en su parque favorito, sin embargo por más que la busca, no la encuentra, y teme que otra niña se la haya llevado. Soy esa mujer casada con un militar que se fue a la guerra, esa que teme que su marido nunca regrese. Soy esa solterona que nunca le dijo al amor de su vida que lo amaba, por cobarde. Soy esa adolescente indecisa que no sabe si estudiar filosofía o dedicarse a la pintura. Soy esa señorita sin nombre ni destino, que no sabe si reír, si luchar, si seguir, si desistir, si estudiar, si enseñar.

A pesar de todas las lágrimas, creo que nunca voy a tener miedo a ser feliz por miedo a llorar. 
Debo confesar que a veces hasta me es placentero.