domingo, 27 de octubre de 2013

Inexistir

Día 300 de 365: la caída es tan larga que pareciera que nunca fuera a terminar. Sin embargo termina. Despierto de golpe.

Despierto asustada, un poco desorientada. ¿Dónde estoy? Luego reacciono y me doy cuenta que estoy donde siempre, en mi cuarto. El sol empieza a llenar la habitación y cada vez maldigo más el verano. Me doy media vuelta, intentando volver a dormirme. Acomodo mi cabeza en mi almohada y cierro fuerte los ojos, como quien quiere abrirlos y estar en un lugar diferente, ser alguien diferente. Pienso en él. No, hoy no quiero imaginar. Pienso en que estoy cansada de imaginar. Siento mis muslos y pienso que quizás sería mejor no haber despertado. Me quedo dormida de nuevo.
Despierto nuevamente y pienso que no quiero ir a estudiar. Luego me doy cuenta que es domingo, que hoy no tengo clases y me quedo un rato más en la cama. Un rato que pudo bien haber sido una eternidad, o dos minutos. Así pasa el tiempo conmigo, como si no existiera. El silencio llena mi cuarto. Es domingo y la gente está en familia. Es domingo y mi mamá no está en casa. Estoy sola, y por primera vez, no sé qué se siente estar sola. Es como si no existiera, como si fuera un ente flotante en un mundo lleno de gente. Un ente que nadie ve, que nadie entiende. No, no soy la adolescente incomprendida. Soy alguien normal, que hace cosas normales y que lleva una vida medianamente normal. Pero, si alguien se atreviera a conocerme... En fin.  

Pienso en si es que se habrá equivocado toda la gente que me dijo que era especial. ¿Qué podría tener yo de especial? Es decir, soy sólo un ser humano. Soy sólo una chica de casi dieciocho años. Soy una chica que se soba los ojos al dormir, que a veces no se arregla y que le gusta mucho el café. Soy una chica que le gusta escribir, que no destaca demasiado. No soy de perfil bajo, pero tampoco soy el alma de la fiesta. Soy una chica medianamente normal en un mundo medianamente normal. ¿Qué es lo que tengo de especial? Ser una persona solitaria no me hace especial, ni diferente. Ser una adolescente que se ríe mucho y llora mucho también, no me hace especial. Soy normal, soy común y corriente. ¿Qué tengo de especial?
Pienso en que lo que no importa es ser especial, en realidad, sino sentirse especial. Pero hoy... hoy no me siento especial, porque hoy no existo, y algo que no existe no puede ser ni sentirse especial, ¿o sí?


Me levanto y me quedo un momento sentada en el borde de mi cama. Fiel observadora de mi destino, veo cómo nada parece cambiar en este cuarto. El mismo color de pared de hace tres años, casi cuatro. Las mismas persianas. Pero yo no soy la misma, o sí, sí soy la misma. Quizás sea ese el problema. ¿Qué problema? Si yo no tengo problemas, si mi única obligación es estudiar. No, sí.
Pienso en qué es lo que tengo que hacer. Es domingo, quizás comer algo y sentarme frente al computador a desperdiciar horas de mi juventud, como siempre. Quizás avanzar un par de trabajos, hablar con un par de amigos, nada interesante en realidad.


Camino hacia la cocina, me preparo una taza de café cargado. Mientras espero a que el agua termine de calentarse pienso. Pienso en si estaré desperdiciando los mejores años de mi vida. Pienso en si, quizás, los mejores años de mi vida han pasado ya, y todo lo que queda sea pura monotonía y melancolía. Probablemente no. Estoy a puertas de los dieciocho años, tengo "toda una vida por delante". Toda una maldita vida, pienso. Quizás no sea tan malo, quizás no tenga que ver siempre todo de una manera tan negativa. Después de todo, no soy tan infeliz siempre. Ojalá alguien me conociera de verdad. Pero de verdad, que conociera que no soy una persona tan melancólica, pero tampoco soy tan alegre. Ojalá alguien me conociera y no se espantara. Pero, ¿qué puedo esperar? Quizás debería dejar de subestimar a la gente. Pero cómo no subestimarlas si día a día te demuestran que nacieron para ser subestimadas.

Me siento frente al computador. Todo sigue en silencio y no quiero poner música. Avanzo mi trabajo, hablo con un par de amigos, nada interesante en realidad. Se pasa el día. Los colores en mi cuarto cambian. Blanco, naranja, azul. Ya anocheció. Pongo un poco de música y empiezo a escribir. Se acaba otro día, mañana será lunes, mañana tendré que batallar de nuevo conmigo misma y con los demás. Mañana tendré que volver a existir. Mañana tendré que volver a hacerle creer a la gente que soy una universitaria promedio en una universidad promedio con una vida promedio. Lo usual. Mañana existiré hasta que pueda existir, y luego dejar de existir nuevamente. Mañana existiré, pero no seré.  Quizás eso me haga sentir especial ahora, pero mañana, mañana sin duda no me sentiré especial, pues mañana existiré mas no seré. 

Pienso en que la vida es eso, un constante soñar que te caes y levantarte de golpe. Un constante no existir, existir, ser y dejar de ser. Al menos, eso soy yo, un constante "no sé" y un interminable "quizás".

viernes, 18 de octubre de 2013

¿Quiénes son más ignorantes?

Desde que nací hasta los cuatro o cinco años aproximadamente, mi vida era perfecta, por así decirlo. Tenía la "suerte" de haber nacido "bonita" y de ser tranquila y educada. Mi vida fue perfecta hasta entrar al colegio, donde todo lo que yo creía de mí misma se fue cayendo a pedazos. Así hasta los primeros años de mi adolescencia, donde poco a poco traté de dejar atrás todos los prejuicios sociales que en los diferentes colegios me habían inculcado. 
El punto es que, a pesar de que ninguno de nosotros se considera racista, clasista, sexista, etc., todos, absolutamente todos hemos usado algún "defecto" en forma despectiva para herir a otro. Es decir, ¿quién no le ha dicho "negro" a alguien? ¿Quién no se ha peleado con alguien en el micro quizás, y ha terminado diciéndole "serrano de m..."? ¿Quién no ha insultado a alguien diciéndole que es gorda? ¿Quién no ha excluido a alguien de su grupo de amigos por ser tímido, poco agraciado, gordo, cholo, negro, gay, o incluso por ser mujer? Quien diga que no lo ha hecho es un mentiroso. Todos, absolutamente todos hemos herido a alguien. El problema es en qué momento lo hemos hecho. Es decir, no estoy excusando a nadie, porque nadie se libra de los pecados que ha hecho contra el prójimo, sin embargo me refiero a qué tan conscientes éramos de lo que hacíamos. 
A los cinco años, uno ya es más o menos consciente de lo que es bueno y de lo que es malo. Sin embargo, los niños son los seres más crueles que puede haber, ya que son directos. Pero más allá de los niños, ¿qué hay detrás? Detrás de ellos hay padres que sin pensar en si sus hijos los oyen, discriminan a alguien en la calle, en el mercado, en los restaurantes. Y a nadie parece importarle, porque los adultos "realizados" tienen ese estúpido complejo de superioridad. 
¿Qué acaso nadie se da cuenta del daño que pueden causar? La gente subestima los problemas de autoestima tanto que juegan con ello. Juegan y manipulan la autoestima de los más "débiles", de aquellas personas sumisas que no quieren hacer daño a nadie. Y hablo de todo tipo de gente. 
A los doce años un niño ya sabe lo que está haciendo, ya es consciente del dolor que puede causar. Es ahí donde deberían parar. Pero no, no paran. Y ese es el problema. Que no paran y que nadie los detiene, tampoco. Pueden mandarles una anotación en la agenda diciendo que el niño trató despectivamente a alguien. Pero eso no va más allá. Nunca va más allá. ¿Qué ganan? En estas épocas los padres ya no regañan a los hijos, sino a los profesores. 
Y con todas estas campañas que hay ahora en contra del bullying, ¿estamos haciendo realmente algo al respecto? ¿Qué es bullying para la gente? La mayoría de personas ve el bullying como golpear a un niño indefenso, nadie aun parece tomar conciencia en que las palabras dañan más que diez puñetes. Los golpes sanan, sin embargo, todo aquello que te dijeron quedará en tu consciente o subconsciente por el resto de tu vida. Sí, por el resto de tu vida. Así como yo no puedo olvidar todo lo que me dijeron cuando tenía cinco, ni cuando tenía diez, ni cuando tenía doce, ni hace dos semanas. Las personas no olvidamos, y el que cree que ha olvidado simplemente ha reprimido. 
A los quince años ya tenemos los prejuicios de todo tipo incrustados en nuestra psiquis. Aquí ya nadie puede pararnos, sólo nosotros mismos. Estamos en una época avanzada, ya no somos los niños inocentes de la época de nuestros padres. A los quince años ya se fuma, se toma, se tiene sexo. En esta época estamos, en esta época vivimos y es en esta época en la que debemos tomar conciencia de nuestros actos.
Y aquí es donde me pregunto ¿quién es más ignorante? ¿Es más ignorante aquel que juzga o aquel que no dice nada al ser juzgado? ¿Quién es peor? ¿El que golpea o el que se deja? Al parecer nadie sabe el verdadero significado de ser ignorante. Todos somos ignorantes, pues nadie es dueño de la verdad, todos tenemos cosas que ignoramos. El discriminar a alguien no nos hará superiores, nos hará ver la clase de persona que somos. ¿Y qué somos? Gente que no es feliz con lo que es, gente que cree que minimizando a alguien se sentirá mejor. La discriminación es como una pelea matrimonial. En ella, no hay sólo un culpable, sino los dos. Somos culpables los que discriminamos y los que dejamos ser discriminados. 
En pleno siglo XXI la discriminación y el bullying es un problema que sigue vivo. Y a nadie parece importarle. Han salido leyes en contra de la discriminación, pero a nadie parece importarle tampoco. 
"La educación empieza de casa" suelen decir. Y esto es lo que, como jóvenes, deberíamos hacer. Sacarnos un poco de estos estúpidos prejuicios sociales y empezar a preocuparnos más por quiénes somos y cuánto valemos como personas. Un título no te hace mejor persona. Un título no te va a comprar la autoestima. No tener educación no te hace peor. Ser gorda no te hace menos bonita. Ser gay no te hace menos humano. Ser negro, cholo, chino o blanco, no te hace diferente. Deberíamos sentirnos agradecidos de ser todos diferentes, pues esa es la sazón de la vida. Hay para todo gusto. ¿Se imaginan si todos fuéramos blancos, rubios, de ojos azules y delgados? ¿Se imaginan si todos fuéramos iguales? 
Y en este punto, llamo a una autoevaluación. ¿Quién es peor? ¿Quiénes son más ignorantes? ¿Los cholos o los que choleamos? 

No suelo escribir cosas sobre estas, sin embargo vi un documental en el cual hablaban sobre el racismo en el Perú, y a pesar de saber que no a mucha gente le interesa este tema, decidí escribirlo. El bullying va más allá de lo que la gente piensa. Sólo aquellos que hemos sufrido bullying sabemos cuánto duele y cuánto afecta nuestras relaciones interpersonales y nuestra autoestima. No quiero sonar a libro de auto ayuda, pero en serio tenemos que re evaluar quiénes somos y qué rol jugamos en este mundo. Pero basándonos en nosotros mismos, y no en los demás. Se supone que deberíamos evolucionar, sin embargo sólo evolucionamos para hacerle más daño a las personas. 
Este no es el mundo en el que yo quiero vivir. Este no es el mundo que quiero para mis hijos



sábado, 20 de julio de 2013

Tiempo, tiempo, tiempo...

El segundero sigue su curso imaginario. A veces quisiera sacarle las pilas al reloj de la vida.
La vida no para por nadie nunca, y eso me asusta, me asusta muchísimo. La vida no para, el cabello crece y las flores se marchitan. La vida sigue siendo vida y la muerte sigue siendo muerte.
El reloj sólo sabe avanzar, ¿por qué yo no puedo ser igual? A veces es tan difícil seguir. Soy tan cruel conmigo misma, y tan cobarde. Tan cobarde que no puedo acabar con nada. Tan valiente. Tan normal.
Los amigos que se fueron, ¿cómo estarán? Sin duda ellos la pasan mejor que yo, sin duda ellos aprendieron a vivir, mientras yo aprendo cada día a morir. A veces pienso que las personas la pasan mejor cuando están lejos mío. A veces pienso demasiado.
La vida no para nunca, y ese es un problema enormemente grande. ¡Cómo quisiera que se detuviera tan sólo un segundo! Que la vida se detuviera mientras (te) beso, mientras le engaño a mi alma, mientras soy feliz fugazmente. Mientras me miran a los ojos en la calle. Mientras beso (tu) cuello y me besan(s) la frente. Mientras me miran(s) con amor. Que la vida se detenga cuando me toman la mano con fuerza y autoridad, cuando me hacen sentir que estoy donde debo estar. ¡Ojalá la vida fuera eso! Ojalá mi vida fuera en realidad aquel momento de felicidad efímera y perfecta.
Pero la vida sigue su curso. La vida sigue su maldito curso. A veces siento como si estuviese parada en una avenida principal sin moverme, mientras la gente pasa, los autos corren, el sol se va y es reemplazado por la luna. A veces siento que la vida avanza sin mí. Y me pregunto porqué. Porqué y mil veces porqué. Siempre me ha sido tan difícil responderme, cuando sé que las respuestas siguen dentro mío. Y es que todo es un poco más complicadamente simple de lo que parece. Y es hermoso. Y es horrible. Y es eternamente contradictorio.
Es extraño, ¿sabes? Ver que quizás, una amiga a la que no veías hace tiempo, se ha cortado el cabello. O que quizás a la que solía ser tu mejor amiga le creció el cabello corto. O que él se cortó el cabello como cuando le conociste. O que al final, todos vuelven a su estado de natural comodidad, mientras yo aún lucho día a día por encontrar ese estado, por estar conforme sin conformarme. A veces quisiera nunca haber perdido a esas amigas, nunca haber perdido a aquel amor, nunca haber perdido el contacto con aquellas personas que marcaron mi vida. A veces sólo daría mi vida por un segundo con aquel hombre que me mira desde el cielo. La vida es tan injusta, pero tan justa.
Esa niña que tenía granos en la primaria, ahora tiene un rostro terso y hermoso. Aquella que era gorda, hoy es delgada. Aquella que era extremadamente delgada, ahora luce un bikini sensualmente. Todos han cambiado. Sin embargo siento que yo no he cambiado. A veces siento que soy aquella misma niña gordita y tímida que teme profundamente comprar en una tienda y perder a sus abuelos, aquella de mirada seria y ojos grandes que reza noche a noche y que le encanta el helado de vainilla. Nunca he dejado de ser yo. Aparentemente, la vida me hizo saltar esa etapa de la adolescencia que todas mis compañeras del salón pasaron, aquella en la que tenía que haberme vuelto una sensual y hermosa jovencita. Terminé siendo la imitación barata de lo que un día sentí ser. Nunca fui nada. Nunca fui ni mierda.
Cambiar la fecha de mi teléfono celular no va a cambiar la fecha natural. La gente, allá afuera, seguirá su rumbo y yo deberé seguir el mío. El cabello de ella seguirá creciendo, y se enamorará más que nunca. El cabello de él volverá a crecer, pero yo no estaré ahí para verlo. Yo no estaré ahí para ver a nadie.
Quisiera, por un sólo día, volver a ver a todas aquellas personas que perdí o que me perdieron, porque al final es lo mismo. Porque al final si un día quise, nunca dejé de querer. Porque al final si me fallaron, me hicieron daño, pero no eliminaron el cariño que guardé dentro. Porque al final en mi corazón siempre hubo espacio de sobra y siempre me abandonaron. Porque al final todos son más felices lejos de mí.
Quisiera poder detener el tiempo en aquel momento de felicidad total, en una carcajada, en una mañana soleada.
Ojalá la vida fuera más que sólo vida. Ojalá mi vida fuera algo más que un libro lleno de fotos y palabras reproduciéndose una y otra y otra vez en mi cabeza. Ojalá las flores no se marchitaran y los cabellos no crecieran. 

lunes, 3 de junio de 2013

Quisiera ser un árbol

La nostalgia de la neblina se cola por mis poros y me hace tiritar. A veces no entiendo porqué sigo viva.
La luz muere más temprano que antes, al igual que yo, al igual que mi felicidad esbozada en una triste sonrisa fingida.

No sé qué hago acá. Hace tiempo que no sigo mis impulsos. Sin embargo hoy decidí venir a este parque que tantos besos ha guardado y tantos secretos ha callado. Las hojas, como hace un año, vuelven a caer desnudando los árboles. A veces siento que soy un árbol. Siempre de pie, a veces más fea, a veces más bella, llena de secretos, de temores, de mentiras y verdades. Ojalá fuera un árbol.
El día no tiene color, al igual que mi rostro que no lleva ni una sola de maquillaje. Es un día simple. Es un día hermoso. Es un día muy triste.
Este lugar es tan recurrido. Eso me hace odiarlo. Sin embargo aún hay un motivo que hace que termine siempre aquí. Me pregunto qué será. Me pregunto, pero no me respondo, porque en realidad sí sé.
Las hojas caen muertas sobre mí. Dicen que atraemos lo que somos. Soy esa hoja muerta que hace un tiempo estuvo llena de vida. Soy esa hoja seca, tiesa y sin pasión.
Estoy aquí, sin embargo no estoy. A veces siento que él está aquí, a mi lado. A veces confundo el viento con sus caricias y el canto de las aves con su voz. A veces sólo necesito cerrar los ojos e imaginarlo, para ser feliz. Ahora puedo ver cuán mediocre es mi concepto de felicidad.
La realidad cae sobre mí como una torrencial lluvia. Cada segundo que pasa es un martirio. Un hermoso martirio.
Me pregunto qué se sentirá temer. Lo más cercano al miedo que pude sentir alguna vez, fue aquel día en el cual él soltó mi mano. Pero luego, años después, aprendí a caminar con las manos en los bolsillos y el corazón en la garganta. Como quien no quiere nada pero lo espera todo. Soy una persona negativa condenada al eterno e ingenuo optimismo. En pocas palabras, soy una idiota.
Ojalá pudiese ser blanco o negro. Estoy cansad de ser la sombra de la niña que fui. Ojalá pudiese dejar de contradecirme alguna vez en mi vida.

Llevo un gorro negro puesto. Como quien no se siente libre. Como quien quiere un abrazo sincero.
Ojalá pudiese vivir en este lugar. No comer, no beber. Morir en el lugar que más me vio vivir. Mi vida se resume en este lugar. Mis sueños han nacido y han muerto aquí. 

A veces siento me falta. Digo a veces por no decir siempre, y digo algo por no decir que me falta todo y no tengo absolutamente nada. Quisiera poder llorar. Quisiera ser sincera conmigo misma. 
A veces necesito ésto. Aislarme de mi realidad y volver al pasado, volver a encontrarme, volver a soñar con ese futuro que tanto planeé y jamás llegará. Quisiera ser un árbol.
Las cosas han cambiado incluso aquí. Todo cambia. Todo menos yo, pues yo sigo siendo aquel árbol torcido que en primavera ves lindo y en invierno ves tan triste y acabado. Ese árbol viejo y torcido.
No me gusta ver cómo todo se mueve a mi alrededor, mientras yo sigo aquí, quietecita sin decir una sola palabra, como quien se esconde de aquel gran asesino que la gente llama realidad.

Siento que cuando me levante de este asiento, habré dejado otra parte de mí aquí. Supongo que seguiré volviendo hasta que ya no me quede nada. Supongo que eso significa que aún me queda algo. No sé. Sólo sé que quisiera ser un árbol.

sábado, 4 de mayo de 2013

Como siempre

Me quedé sentada mientras veía cómo mi cigarrillo se consumía, tal cual mi vida. El humo se perdía entre la neblina y entre mis pensamientos, y juro que nunca me sentí tan confundida como aquel día.
Mi celular sonó. Era mi madre, como siempre. No contesté. Me paré y decidí tomar ese bus que me dejaba en la puerta de su departamento. No sabía muy bien porqué, ni para qué, simplemente alcé mi mano y paré el bus, que abrió sus puertas con sus pasajeros mirándome de pies a cabeza, como siempre.
Tomé asiento al lado de la ventana, como siempre, mientras veía cómo el paisaje se iba muriendo conforme avanzaba el carro. Saqué un libro y me puse a leer sin realmente entender nada, pues estaba pensando en demasiadas cosas y en nada en realidad, como siempre. El camino era largo, tal vez por eso me gustaba visitarle, porque siempre me gustaron los caminos largos en bus, como quien no hace nada y hace mucho a la misma vez. No sé. 
Ya faltaban cinco minutos para llegar a su casa, y de pronto me embargó la misma duda que me embargaba cada vez que iba a visitarle. ¿Y si no está? ¿Y si está ocupado? ¿Y si está acompañado de alguien más bella que yo? ¿Y si no quiere verme? Las manos comenzaron a sudarme, como siempre. Pero, como siempre también, me arriesgué a que me tirase un puertazo en la cara y me dejara más sola que hace dos horas.
- Bajo en el paradero, por favor. - Dije levantándome como quien  no lleva ningún peso encima.
Como siempre, era la única que le decía por favor al cobrador del bus. Y como siempre también, era la que llevaba la vida más triste y monótona del mundo. Puta mierda.
Ya había oscurecido y me empezaban a entrar los nervios. ¿Y si me asaltan? ¿Y si me secuestran? Mi alter ego paranoico sobresalía y me quitaba esa paz en la que estuve mientras fumaba confundida. 
Toqué el intercomunicador. Como siempre, él abrió el portón de abajo sin preguntar quién era. Subí los dos pisos lentamente, preguntándome en silencio si le desagradaría mi sorpresa, si quizás no estaba muy bien arreglada, si quizás no me había puesto demasiado perfume, si quizás estuviera con alguien más allí. Lento pero seguro, seguí subiendo. Dos gradas antes de llegar, lo vi parado en la puerta con cara de desconcierto.
- ¿Sam? - Dijo sonriendo confundido.
- Hola - le dije dándole un beso en la mejilla - me acordé de ti y decidí venir a visitarte. ¿Estás ocupado?
- Justo ya terminé de hacer unas cosas. Pasa - dijo tomándome de la cintura - qué rico hueles.
Bueno, al menos dos de mis preguntas habían sido ya respondidas. No estaba ocupado y sí me había puesto suficiente perfume. 
Me senté en el sofá mientras él me contaba algo a lo que no presté mucha atención. Estaba más ocupada observando aquel departamento, sintiendo aquel olor tan único de su sala, sintiendo todo el amor volver a mí. Se sentó a mi costado.
- ¿Y? Qué novedades Sam.
- Nada, pues, hoy no tuve clases en la universidad.
- ¿Cómo te va?
- Bien, me gusta bastante lo que hago, ¿a ti cómo te va?
- Bien.
Él nunca hablaba de cómo estaba. Me contaba de las cosas que hacía, de cómo las hacía y hasta de porqué las hacía. Sin embargo cuando le preguntaba cómo estaba, siempre me respondía que estaba bien, y nada más. Lo raro era que, como siempre, me hacía sentir una alegría inmensa escucharlo decir que estaba bien. Pues, según yo, él nunca me mentía. Él era él, y eso lo hacía perfecto.
Me sirvió una copa de vino y apagó la luz. Nos sentamos a oscuras a conversar, a fumar, a tomar vino, a ser inmensamente felices. Él disfrutaba de mi compañía tanto como yo la de él, o al menos eso quería pensar.
Nos acostamos en su cama a seguir conversando. Casi había olvidado el olor de aquella habitación. Ese olor que nunca volví a sentir en ningún otro lado. Me moría de amor. Nos echamos mientras yo le contaba algo y él me escuchaba muy atento, como siempre. Luego, como siempre, me abrazaba y lentamente juntábamos nuestros labios. Pero qué suaves eran sus labios, ya casi lo había olvidado también. Sus labios me hacían sentir como en casa. Sus labios eran el lugar en el que me quería quedar para siempre.
- Qué bonita estás - me dijo despacito.
- Gracias...
- No agradezcas. 
¡Cómo lo amaba! Pasamos aquella noche juntos, y al amanecer del día siguiente, me sentí sola de nuevo. Sola pero tan tranquila, tan contenta.
Él me contaba cosas, como si la noche anterior no hubiese significado nada. Como siempre. Tomé mi abrigo y le dije que ya me iba. Me acompañó al paradero, como siempre. Y partí.
Volví a aquel parque. Me senté. Prendí un cigarrillo y vi cómo el humo de éste se confundía con la neblina de aquella nueva tarde de soledad. Estaba inmensamente feliz, pero inmensamente triste también. ¿Cómo se puede estar feliz y triste a la misma vez? Pues no sé. Supongo que al conocerlo uno puede experimentar sentimientos extremos y opuestos, y aún así encontrarlos hermosos. Él tiene ese don. 
Pero al final, aquella noche, dormí con una enorme sonrisa en el rostro. Como siempre.

sábado, 6 de abril de 2013

Marianita

- ¡¿A dónde vas?! - gritaba desesperado Alfredo, mientras intentaba perseguirme cojeando.
- ¡No sé! ¡Ya vete! ¡No sé!

Era de suponerse que él dejaría de perseguirme. Era de suponerse que él jamás se esforzaría un poquito más en saber a dónde mierda quería irme a las 2 de la madrugada. Abril nos sorprendió en nuestra peor etapa. Alfredo era mi miseria y mi riqueza. Pero él no entendía nada, él nunca entendió nada. Pero qué más iba a entender, si ni bien llegué de casa media borracha, le metí un taconazo en el pie izquierdo que le dolió hasta el alma. Sin embargo no dijo palabra alguna el condenado. Nunca decía nada y eso me enfurecía. Yo quería que me dijera lo que sentía, que me insultara, que me dijera te odio Olivia, eres una puta de mierda, te odio. Pero nada de nada, él no decía ni pío y yo que le quería decir hasta de qué se iba a morir, dónde y cuándo.
La cosa era que yo estaba corriendo desesperada, con los tacones, pensando ahorita viene Serenazgo y me lleva porque con estos zapatos seguro parezco una prostituta pituca. Ese maldito pensamiento recurrente cada que usaba tacos. Pero corría y no sabía a dónde iba, ni porqué le había destrozado el pie a Alfredo, ni porqué él no me había dicho nada, ni porqué estaba llorando a mares queriéndome morir.
Aquella noche había salido con mi única amiga, a una reunión de su trabajo. Conocí a muchos hombres guapos y bien al terno. Ojitos por aquí, ojitos por allá, hola, ¿te invito una copa?, no gracias, soy lesbiana.

Trataba de recordarlo todo mientras corría en dirección a la av. Javier Prado. Eran más de las dos de la mañana y los ómnibus seguían pasando y yo sólo me quería aventar, a ver si así me muero de una puta vez porque no me entiendo. ¿Qué me pasa?
Yo corría, nada más, corría con el físico que nunca tuve. Extrañamente no se me cerró el pecho, y gracias a Dios que no porque no traía conmigo mi inhalador y no quería morir de esa manera. Quería morir, sí, pero no de esa manera.
Mi celular sonaba. El imbécil de Alfredo ya sabía que me iba a querer matar de nuevo y seguía ahí jodiéndome y jodiéndome. Él sabía que contestaría al final. Sabía que le diría dónde estaba y que me fuera a buscar. Pero no contesté y ya cansada, comencé a caminar aún sin saber hacia dónde iba.
Comencé a llorar desesperadamente. Entré en una callecita, ya estaba por San Isidro y felizmente acá no me a matar ningún choro de mierda, pensaba. Caminaba y me empezaba a faltar el aire, pero no por el asma. El llanto era tan profundo que me consumía. Llegué a un lugar que no conocía. Estaba lleno de árboles y casi no habían bancas. No, no era el Olivar. ¿Dónde mierda estoy? Pensaba. Mi cuerpo no aguantaba más. El alcohol y la maratón que me había corrido estaban jugando en mi contra. Caí casi sin vida bajo un árbol, en plena oscuridad de la madrugada. Dejé de llorar. El mundo se paralizó en ese momento. Sólo podía escuchar su respiración, cómo se iba desacelerando, cómo sus manos dejaban de temblar y las lágrimas caían solas, sin ningún esfuerzo. Vivía por inercia. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué se había escapado?
El teléfono volvió a sonar. Y ella atendió sin decir palabra alguna.

- Te amo, Olivia. Te amo.
- No te merezco.
- Te amo.
- Okay
- Te amo, ¿me escuchas? Te amo y no puedo ver cómo te destruyes
- No he hecho nada, Alfredo. Estoy viva. Estoy jodidamente viva.
- ¿Quieres morirte?
- ¿Para qué querría vivir?
- ¿Me amas?
- ¿Qué es amar? Tú estarías bien sin mí. Estarías mejor.
- Sabes que mi hermano es policía, ¿no? ¿Quieres que  le pida su pistola? Yo se la pido.
- ...
- Yo se la pido, Olivia. Y te vas a la mierda si quieres.
- Me mato. Me voy a la mierda. Y tú también puedes irte a la mierda si quieres. 
- Okay
- Nos vamos a la mierda, Alfredo. Esta relación de mierda se va a donde pertenece.
- Okay
- ¿Para eso me llamas?
- Okay
- Okay
- Te odio
- Me odias porque no te ruego para que vivas. Porque eres una engreída de mierda. Quédate donde quiera que estés. Ya eres lo suficientemente grande para estas cosas y yo lo suficientemente maduro como para aguantarlas. Haz lo que te plazca. 
- Okay.

La noche se la comía entera a ella y a sus ganas de morir. Caprichosa de mierda, soy una caprichosa de mierda. Ojalá que Alfredo me deje y así se me pase toda la huevada. Estoy harta de quererme morir. Estoy harta de estos ataques de pánico. Entonces recordó. 
Estaba a punto de tomar el taxi de regreso a casa cuando sonó mi celular.

- ¿Aló?
- ¿Con Alfredo por favor?
- No estoy con él ahora, ¿quién habla?
- Soy Claudia, ¿tú quién eres?
- Su novia. 
- Ah. Mucho gusto, Olivia. Quería saber cuándo va a ir Alfredo a visitar a Marianita.
- ¿Marianita?

Ahí fue cuando me lo contó todo. Era a penas media noche y yo ya estaba tirada en plena av. La Marina llorando como una magdalena mientras me imaginaba los ojos de Marianita, la hija de Alfredo y Claudia. Resultó todo ser verdad, cuando llamé a la mamá de Alfredo haciéndome pasar por Claudia. Todos lo sabían. Todos se burlaron de mí. 
No sé cómo mi mente lo borró todo. No sé cómo lo suprimió todo. Pero ya estaban ahí los recuerdos, las palabras exactas que me dijo aquella mujer al teléfono. Y ya estaba ahí mi tajador del delineador de ojos. Y ya estaban ahí mis uñas desarmándolo. Y ya estaba ahí yo, desvaneciéndome viendo los hermosos árboles. Y ahí estaba yo, viendo luces de ambulancia mientras veía cómo rebuscaban mi bolso en busca de un documento de identidad.

Desperté con las muñecas atadas en una cama de hospital. En qué hospital de mierda habré venido a parar. Ha venido Claudia con Marianita a verme. Yo creo que quieren que termine por matarme de verdad. Denme más sedantes que no puedo más. 

sábado, 16 de marzo de 2013

Te espero hoy



"Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos... Esa persona con la que consigues compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella.
Y dicen que hay un segundo amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y les impedirán  siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejarán de intentarlo... Se rendirán y buscarán a esa otra persona que acabarán encontrando.
Pero te aseguro que no pasarás una sola noche, sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más... Todos saben de qué estoy hablando, porque mientras estabas leyendo esto, te ha venido su nombre a la cabeza.
Te librarás de él o de ella, dejarás de sufrir, conseguirás encontrar la paz (le sustituirás por la calma), pero te aseguro que no pasará un día en que desees que estuviera aquí para perturbarlo.. Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien que amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias."
- Paulo Coelho

Un día como hoy, hace cinco años, quizás, yo te estaba amando en aquella cama que tantas veces nos oyó murmurar palabras de amor. Un día como hoy, hace diez años, quizás, yo te estaba amando. Un día como hoy, hace veinte años, quizás, yo estaba naciendo, amándote. Pues si de algo estoy segura, es que yo nací para amarte. Tengo veinte años, y este amor tiene veinte años también. Tú tienes veintisiete, y qué bien te sienta llegar a los treinta, pues cada vez estamos más cerca a nuestras metas, a nuestro clímax, a esos sueños que años atrás tanto imaginábamos, que tan lejanos veíamos. Hoy estamos cada vez más cerca a todo lo que soñábamos antes. Pero, ¿sabes? Cada día en el que soñé contigo, estaba viviendo mi propio sueño. Porque qué sueño más bonito que vivir amándote, que caminar tomada de tu mano sintiéndome tan segura, tan tuya, tan enamoradísima. 
Me pinto las uñas mientras te veo afeitarte. Me guiñas un ojo por el espejo, con esa picardía que espero, mi amor, jamás pierdas. Me pinto las uñas de color coral, porque sé que te gusta, porque sé que te gusta ver cómo me arreglo sólo para ti. Me gusta verme bonita para ti, pues tú eres el único que se merece todo lo que soy. Eres el único que podría merecerme. Por eso te amo tanto. 
Es mi cumpleaños y tal vez me tengas una sorpresa, tal vez no, pero qué regalo más grande que amanecer viendo tus enormes pestañas subir y bajar cual finísimo abanico. Te amo tanto. 

Me he despertado y no te he visto a mi lado. Hoy es mi cumpleaños y no estás aquí. ¿De qué me sirve tener veinte años si no estás conmigo? Sólo quiero dormir, por favor no vengan a saludarme. 
Automáticamente he cogido mi celular para fijarme si hay algún mensaje tuyo, quizás, deseándome feliz cumpleaños. Pero no hay nada y sólo quiero llorar. Hace tanto que te has ido, hace tanto que te lloro, hace tanto que te extraño. Desearía que tan sólo por hoy estuvieses aquí, amándome como después de ti nadie supo hacer. Por mi cumpleaños, mi amor, como hace cinco años recibimos mis quince años de la mano, besándonos. Me pregunto dónde estarás, me pregunto si siquiera te acordarás que hoy es mi cumpleaños. Siempre has sido malo con las fechas, pero yo sé que en algún momento fui alguien importante para ti. Yo sé que en algún momento fui todo para ti. 
El espejo del baño me saluda insinuándome que no estás aquí afeitándote, que hace ya más de un año que no estás aquí. Pero yo te espero, yo te sigo esperando.
Me tapo la cara con la cobija, hace calor, pero mi cuerpo está tan frío sin ti... 
Mi novio me esperará en un par de horas en el parque de siempre, ese que nunca ha significado nada para mí, ni para ti, pero para él sí. Hoy no quiero verlo, hoy sé que jamás lo podré amar como te he amado. Cuánto daría por un beso tuyo hoy.

miércoles, 20 de febrero de 2013

¿Quién ha visto mi vestido azul?


Yo solía tener un vestido azul
¿Dónde está?
¿Quién ha visto mi vestido azul?
Se lo ha llevado esa niña
Esa de cabellos negros 


Yo solía tener un vestido azul

Me gustaba tanto
Amaba ese vestido azul
Pero ya no está
Me lo han robado


Yo solía tener un vestido azul

A muchos les parecía feo, mi vestido azul
Sin embargo yo lo lucía hermoso
Bailaba ondulante con él
A veces, incluso, dormía con él



Yo solía tener un vestido azul

Lo usaba cuando lloraba y cuando reía
Me acompañó durante muchos años
Fue mi vestimenta durante esta penosa obra que es la vida
Él era hecho a mi medida


Yo solía tener un vestido azul

Hasta que un día olvidé lavarlo
Y él desapareció
Y cuando volvió...
Ya no era mi vestido azul, sino era suyo


Yo solía tener un vestido azul

Él siempre será mi hermoso vestido azul
¿Alguien me devuelve mi vestido azul?
Nadie lo lucirá tan bien como yo, ni lo amará tan bien como yo
Ni siquiera aquella dulce niña de pequeños ojos.

jueves, 14 de febrero de 2013

San Basurín

My funny valentine, sweet comic valentine.




Hoy, para todos es San Valentín, y para mí también. Sin embargo, a la vez también es un jueves normal. Un jueves de febrero. Un caliente jueves de febrero en el que desearé vivir eternamente en mi ducha mientras miles de parejas queman millones de calorías teniendo sexo aburrido en un telo de quince lucas.
Hoy quisiera estar profundamente enamorada, ser tan cliché como todos y disfrutar del día del amor y la amistad con alguien, pero con alguien que de verdad valga la pena.
Sin embargo este día tiene algo. Tiene algo que me hace estar más triste, más sentimental, más no apta para todo público, más apta sólo para un él que no es ningún él, pues hace tiempo que ya no hay ningún él en mi vida.
Me han preguntado tantas personas qué haré hoy que ya perdí la cuenta. Hoy mi plan es no tener ningún plan. Hoy mi plan es tratar de enamorarme del amor, y de sentir el verdadero significado de este día, más allá de lo comercial y de las rosas de dos soles que venden por todas las calles de Miraflores.
Un san solterín más, san basurín, san estupidín, san estoymássolaquenuncaín. 
Pero contradiciéndome como siempre que escribo, quizás hoy no sea simplemente un día más. Tal vez hoy pase algo que me haga cambiar, que me haga ver todo distinto, que me haga querer superar. Tal vez no. Las probabilidades que me va a dar la vida hoy son directamente proporcionales a las que yo me quiera brindar hoy. O sea, nada. O sea, con un poco de suerte y neblina, todo.
No quiero salir a pasear al malecón, ni al parque del amor. No quiero que nadie me salude como si fuese el día del músico o el día de saludar a Francesca. Estoy tan harta de todo este falso amor, de toda esta falsa amabilidad de mierda. Me tienen hasta la coronilla con sus eternas sonrisas y sus "te amo bebé" en el muro de Facebook de sus parejas. Son tan falsos, son tan hijueputamente falsos. ¿Acaso saben qué es el amor? ¿Acaso saben qué es lo que dar la vida por alguien? ¿Que alguien de la vida por ti? ¿A caso saben una mierda más que dedicarse canciones estúpidas de pop que pasan en la radio y en las discotecas? No estoy generalizando, pero me refiero a un 70% de la población limeña, mínimo.
Yo quiero un San Valentín con silencios cómodos, con miradas verdaderas, con juegos y carcajadas, con conversaciones interesantes y conversaciones tontas. Quiero un beso bajo las sábanas. Quiero alguien que se quede para siempre.
A lo mejor todo este odio es simplemente la impotencia y la intolerancia que le he tomado al amor, que lejos de no sentirlo, lo siento aquí día a día. Y es hermoso. Y es odioso, es horrible, es desgastante. Pero es hermoso amar sin importar si eres correspondido. Es hermoso amar al aire, amar la vida, amar tu cama y tus sueños. Mi vida es mi día de San Valentín.
Hoy quizás todo cambie. Pero yo no cambiaré hoy, porque ni cagando me voy al malecón a pensar sabiendo que va a estar infestado de parejas horribles amándose horrible. Pero bueno, ¿quién soy yo para juzgar? O mejor lo planteo así: ¿quién puede definirme qué es el amor verdaderamente? O mucho mejor si lo planteo así: ¿Quién puede enamorar a este corazón que a su corto uso, ya está cansado? 

P.D.: Ojalá terminen con sus enamorados y las cajas de chocolates que les regalaron les causen repugnancia y me las regalen todas a mí.
P.D.2: ¿En qué momento escribí tan en primera persona? Puta madre. 
P.D.3: Lo más irónico de todo esto es que lo escribí escuchando un Jazz bien romanticón, como quien caga a Ella Fitzgerald y a Louis Amstrong.


domingo, 20 de enero de 2013

Otro domingo cobarde

Desperté en la cama de mamá, el sol arremetía con la cómoda oscuridad que sus persianas azules me brindaron toda la madrugada. Tuve miedo de levantarme. La cama de mi mamá siempre me hizo dormir en paz. Cada vez que duermo allí es como si de pronto todo estuviese bien, no tengo pesadillas ni despierto por la madrugada. En cambio, cuando duermo aquí, en mi cama, todo se me viene encima. Los demonios regresan, la densa oscuridad me ciega y me encuentro perdida de nuevo. Despierto varias veces en las madrugadas, a veces llorando, a veces para ver la hora y agradecerle a Dios que aún no sea hora de levantarme.
Pero hoy tenía miedo de levantarme. Domingos, domingos de nostalgia. Los de siempre, los que parecen nunca cambiar. Son como aquella película en la que un hombre se levanta y todos los días es el mismo día. Así son mis domingos cuando estoy en casa. Hacemos cosas distintas, pero que en realidad son las mismas. Los domingos son más agrios que dulces, más nostálgicos, más cobardes.
Me levanté. Lo usual: ir al baño, mirar mi cara en el espejo y mi cabello despeinado; ver a mi mamá ordenando e ir a hacer lo mismo. Bañarme, vestirme, sacar a pasear a la perra, tomar un taxi para ir a recoger a mi abuela. 

Sentada en mi cama, procrastinando el sacar ami perra, veía cómo el sol iba prendiendo y me acordé de él. Era ya medio día, me había puesto un vestido rosa que compró mi mamá en Italia muchos años atrás. Un vestido realmente bonito, era una lástima que yo no pudiera lucirlo tan bien como hubiese querido. Estoy segura que a él le hubiese gustado.
Recordaba, entonces, aquellos días de verano hace ya cuatro años. Cuando le conocí, cuando me conoció, cuando dentro de todas mis tristezas él era mi alegría más grande. Cuando podía amar tan tranquila, tan seguramente insegura, tan feliz e ilusionada a pesar de las circunstancias. Cuando era más inocente y un poquito más inmadura de lo que soy hoy.
Sentí un nudo en la garganta y una nostalgia más grande que mi habitación, entonces recordé de nuevo que era domingo y supuse que estaba bien extrañarle, pues en verdad no lo extrañaba a él, sino a mi pasado. Mi pasado con él, pero mi pasado. Deseaba tanto tener trece o catorce años de nuevo. Volver a mis viejas amistades, antes de descubrir la música y el eterno arrepentimiento.


Recogimos a mi abuela y de pronto la monotonía regresó. Las discusiones, el ceviche, el "ayer comí mejor", el "este arroz está feo", el "¿por qué pides ceviche siempre?" de mi abuela. Entender que tiene 82 años y que su edad no le permite razonar y ver que está cagando a mi mamá es más difícil de lo que parece. Sobre todo si estás saturada de los domingos. No dije nada. Nunca digo nada. A veces sólo me cubro el rostro con ambas manos, queriendo abrazarla y pedirle por favor que se calle. "Te amo, abuelita, pero por favor cállate". 
Dejarla en su casa mientras mamá me dice que sobrevivimos un domingo más. Ella un poco enojada, seguro pelearíamos más tarde. Ir a hacer las compras de la semana, tomar un taxi que después se arrepentirá de pagar, llegar a casa, guardar todo en el refrigerador y encerrarse cada una en su cama a dormir, a huir del domingo que amenaza acabarse y convertirse en un lunes de mierda, para variar.

Otro domingo cobarde, modificando a Joaquín Sabina. Otro domingo en el que no le dije nada a nadie, en el que todo se apoderó de mí, en el que viví a través de lo que he dejado de vivir. 


We're getting destroyed, because we descend from strength



miércoles, 9 de enero de 2013

Menta

Estoy corriendo con los ojos vendados. No sé si voy en círculos ni a dónde es que quiero en verdad llegar, simplemente corro y dejo que la adrenalina corra por mis venas. Me dejo guiar por el viento y por los olores de las flores. Es casi como si estuviese viendo, sé que hay lilas a mis alrededores, que hay árboles, que quizás haya un río cerca. Exploto mis sentidos al máximo y me dejo llevar. Sigo corriendo.
Abro los ojos y de pronto estoy en mi cama, a oscuras. Sin embargo sé que mi mesa de noche está a mi izquierda y mi estante de libros arriba mío; sé que frente a mí tengo unos discos pegados en la pared y detrás mío está la persiana azul cerrada. Está oscuro, no veo, pero veo. Cierro los ojos y sigo corriendo. Corriendo con la expresión de la Monalisa. No sé si estoy triste, no sé si estoy sonriendo, no sé si estoy seduciendo a alguien. Corro siendo un enigma para mí misma. Pero me siento bien.

Me quedo profundamente dormida y sueño tantas cosas, tantas que quisiera alguna vez poderlas recordar. Mis sueños son hermosos, incluso las pesadillas. Mis sueños son hermosos porque no son reales.
Despierto con el sol entrando impertinentemente a través de mis persianas azules, calentando mis pálidas piernas y sofocándome. <>, pienso. Sin embargo, de haber sido así, hubiese deseado un día soleado que pudiese alegrarme. Pero ya nada puede alegrarme. Ya nada puede alegrarme porque ya no estoy triste. Sin embargo, cualquier cosa puede entristecerme, porque aún no soy feliz.


Creo fervientemente que la felicidad en mí está sobrevalorada. Pues, para mí y en mí, la tranquilidad es la razón número uno de mi existencia. Quizás hace unos años, incluso meses, hubiese buscado mi propia tristeza. Me hubiese creído una mártir, una madre Teresa, hubiese creído que merecía todo el dolor que pudiese sentir. Y está bien, pues en ese momento lo merecía. Pero hoy no lo merezco. Hoy sólo merezco tranquilidad, y eso es lo que busco. 

Siento el olor de unas hojas de menta mientras corro y, con los ojos aún vendados, me siento donde siento más fuerte aquel aroma. Me siento mientras escucho pelear a dos animales, que soy yo misma. Ellos pelean y yo estoy bien. Siento que alguien me ofrece una manzana que tantas veces me prohibieron comer. No, no la voy a comer, no tengo hambre, sólo quiero oler estas hojas de menta.
La pelea termina y yo gané. Yo siempre gano, pues es mi vida. No comí la manzana y gané. Lo gané todo. Lo gané todo después de haberlo perdido todo.


Pestañeo y estoy en el bus camino a algún lado, a ver a alguien o quizás a verme a mí misma. A buscarme, pues a veces soy traviesa y me pierdo entre los escombros de la nostalgia, la duda y la desesperanza. Entonces voy como un buen explorador a buscarme, como un perro guía, como una madre que perdió a su hijo. Finalmente encuentro a alguien o me encuentro.
Todo está bien. Ya no tengo que correr, pues estoy, tal vez no donde quiera estar, pero estoy donde debo estar.