domingo, 20 de enero de 2013

Otro domingo cobarde

Desperté en la cama de mamá, el sol arremetía con la cómoda oscuridad que sus persianas azules me brindaron toda la madrugada. Tuve miedo de levantarme. La cama de mi mamá siempre me hizo dormir en paz. Cada vez que duermo allí es como si de pronto todo estuviese bien, no tengo pesadillas ni despierto por la madrugada. En cambio, cuando duermo aquí, en mi cama, todo se me viene encima. Los demonios regresan, la densa oscuridad me ciega y me encuentro perdida de nuevo. Despierto varias veces en las madrugadas, a veces llorando, a veces para ver la hora y agradecerle a Dios que aún no sea hora de levantarme.
Pero hoy tenía miedo de levantarme. Domingos, domingos de nostalgia. Los de siempre, los que parecen nunca cambiar. Son como aquella película en la que un hombre se levanta y todos los días es el mismo día. Así son mis domingos cuando estoy en casa. Hacemos cosas distintas, pero que en realidad son las mismas. Los domingos son más agrios que dulces, más nostálgicos, más cobardes.
Me levanté. Lo usual: ir al baño, mirar mi cara en el espejo y mi cabello despeinado; ver a mi mamá ordenando e ir a hacer lo mismo. Bañarme, vestirme, sacar a pasear a la perra, tomar un taxi para ir a recoger a mi abuela. 

Sentada en mi cama, procrastinando el sacar ami perra, veía cómo el sol iba prendiendo y me acordé de él. Era ya medio día, me había puesto un vestido rosa que compró mi mamá en Italia muchos años atrás. Un vestido realmente bonito, era una lástima que yo no pudiera lucirlo tan bien como hubiese querido. Estoy segura que a él le hubiese gustado.
Recordaba, entonces, aquellos días de verano hace ya cuatro años. Cuando le conocí, cuando me conoció, cuando dentro de todas mis tristezas él era mi alegría más grande. Cuando podía amar tan tranquila, tan seguramente insegura, tan feliz e ilusionada a pesar de las circunstancias. Cuando era más inocente y un poquito más inmadura de lo que soy hoy.
Sentí un nudo en la garganta y una nostalgia más grande que mi habitación, entonces recordé de nuevo que era domingo y supuse que estaba bien extrañarle, pues en verdad no lo extrañaba a él, sino a mi pasado. Mi pasado con él, pero mi pasado. Deseaba tanto tener trece o catorce años de nuevo. Volver a mis viejas amistades, antes de descubrir la música y el eterno arrepentimiento.


Recogimos a mi abuela y de pronto la monotonía regresó. Las discusiones, el ceviche, el "ayer comí mejor", el "este arroz está feo", el "¿por qué pides ceviche siempre?" de mi abuela. Entender que tiene 82 años y que su edad no le permite razonar y ver que está cagando a mi mamá es más difícil de lo que parece. Sobre todo si estás saturada de los domingos. No dije nada. Nunca digo nada. A veces sólo me cubro el rostro con ambas manos, queriendo abrazarla y pedirle por favor que se calle. "Te amo, abuelita, pero por favor cállate". 
Dejarla en su casa mientras mamá me dice que sobrevivimos un domingo más. Ella un poco enojada, seguro pelearíamos más tarde. Ir a hacer las compras de la semana, tomar un taxi que después se arrepentirá de pagar, llegar a casa, guardar todo en el refrigerador y encerrarse cada una en su cama a dormir, a huir del domingo que amenaza acabarse y convertirse en un lunes de mierda, para variar.

Otro domingo cobarde, modificando a Joaquín Sabina. Otro domingo en el que no le dije nada a nadie, en el que todo se apoderó de mí, en el que viví a través de lo que he dejado de vivir. 


We're getting destroyed, because we descend from strength



miércoles, 9 de enero de 2013

Menta

Estoy corriendo con los ojos vendados. No sé si voy en círculos ni a dónde es que quiero en verdad llegar, simplemente corro y dejo que la adrenalina corra por mis venas. Me dejo guiar por el viento y por los olores de las flores. Es casi como si estuviese viendo, sé que hay lilas a mis alrededores, que hay árboles, que quizás haya un río cerca. Exploto mis sentidos al máximo y me dejo llevar. Sigo corriendo.
Abro los ojos y de pronto estoy en mi cama, a oscuras. Sin embargo sé que mi mesa de noche está a mi izquierda y mi estante de libros arriba mío; sé que frente a mí tengo unos discos pegados en la pared y detrás mío está la persiana azul cerrada. Está oscuro, no veo, pero veo. Cierro los ojos y sigo corriendo. Corriendo con la expresión de la Monalisa. No sé si estoy triste, no sé si estoy sonriendo, no sé si estoy seduciendo a alguien. Corro siendo un enigma para mí misma. Pero me siento bien.

Me quedo profundamente dormida y sueño tantas cosas, tantas que quisiera alguna vez poderlas recordar. Mis sueños son hermosos, incluso las pesadillas. Mis sueños son hermosos porque no son reales.
Despierto con el sol entrando impertinentemente a través de mis persianas azules, calentando mis pálidas piernas y sofocándome. <>, pienso. Sin embargo, de haber sido así, hubiese deseado un día soleado que pudiese alegrarme. Pero ya nada puede alegrarme. Ya nada puede alegrarme porque ya no estoy triste. Sin embargo, cualquier cosa puede entristecerme, porque aún no soy feliz.


Creo fervientemente que la felicidad en mí está sobrevalorada. Pues, para mí y en mí, la tranquilidad es la razón número uno de mi existencia. Quizás hace unos años, incluso meses, hubiese buscado mi propia tristeza. Me hubiese creído una mártir, una madre Teresa, hubiese creído que merecía todo el dolor que pudiese sentir. Y está bien, pues en ese momento lo merecía. Pero hoy no lo merezco. Hoy sólo merezco tranquilidad, y eso es lo que busco. 

Siento el olor de unas hojas de menta mientras corro y, con los ojos aún vendados, me siento donde siento más fuerte aquel aroma. Me siento mientras escucho pelear a dos animales, que soy yo misma. Ellos pelean y yo estoy bien. Siento que alguien me ofrece una manzana que tantas veces me prohibieron comer. No, no la voy a comer, no tengo hambre, sólo quiero oler estas hojas de menta.
La pelea termina y yo gané. Yo siempre gano, pues es mi vida. No comí la manzana y gané. Lo gané todo. Lo gané todo después de haberlo perdido todo.


Pestañeo y estoy en el bus camino a algún lado, a ver a alguien o quizás a verme a mí misma. A buscarme, pues a veces soy traviesa y me pierdo entre los escombros de la nostalgia, la duda y la desesperanza. Entonces voy como un buen explorador a buscarme, como un perro guía, como una madre que perdió a su hijo. Finalmente encuentro a alguien o me encuentro.
Todo está bien. Ya no tengo que correr, pues estoy, tal vez no donde quiera estar, pero estoy donde debo estar.