sábado, 6 de abril de 2013

Marianita

- ¡¿A dónde vas?! - gritaba desesperado Alfredo, mientras intentaba perseguirme cojeando.
- ¡No sé! ¡Ya vete! ¡No sé!

Era de suponerse que él dejaría de perseguirme. Era de suponerse que él jamás se esforzaría un poquito más en saber a dónde mierda quería irme a las 2 de la madrugada. Abril nos sorprendió en nuestra peor etapa. Alfredo era mi miseria y mi riqueza. Pero él no entendía nada, él nunca entendió nada. Pero qué más iba a entender, si ni bien llegué de casa media borracha, le metí un taconazo en el pie izquierdo que le dolió hasta el alma. Sin embargo no dijo palabra alguna el condenado. Nunca decía nada y eso me enfurecía. Yo quería que me dijera lo que sentía, que me insultara, que me dijera te odio Olivia, eres una puta de mierda, te odio. Pero nada de nada, él no decía ni pío y yo que le quería decir hasta de qué se iba a morir, dónde y cuándo.
La cosa era que yo estaba corriendo desesperada, con los tacones, pensando ahorita viene Serenazgo y me lleva porque con estos zapatos seguro parezco una prostituta pituca. Ese maldito pensamiento recurrente cada que usaba tacos. Pero corría y no sabía a dónde iba, ni porqué le había destrozado el pie a Alfredo, ni porqué él no me había dicho nada, ni porqué estaba llorando a mares queriéndome morir.
Aquella noche había salido con mi única amiga, a una reunión de su trabajo. Conocí a muchos hombres guapos y bien al terno. Ojitos por aquí, ojitos por allá, hola, ¿te invito una copa?, no gracias, soy lesbiana.

Trataba de recordarlo todo mientras corría en dirección a la av. Javier Prado. Eran más de las dos de la mañana y los ómnibus seguían pasando y yo sólo me quería aventar, a ver si así me muero de una puta vez porque no me entiendo. ¿Qué me pasa?
Yo corría, nada más, corría con el físico que nunca tuve. Extrañamente no se me cerró el pecho, y gracias a Dios que no porque no traía conmigo mi inhalador y no quería morir de esa manera. Quería morir, sí, pero no de esa manera.
Mi celular sonaba. El imbécil de Alfredo ya sabía que me iba a querer matar de nuevo y seguía ahí jodiéndome y jodiéndome. Él sabía que contestaría al final. Sabía que le diría dónde estaba y que me fuera a buscar. Pero no contesté y ya cansada, comencé a caminar aún sin saber hacia dónde iba.
Comencé a llorar desesperadamente. Entré en una callecita, ya estaba por San Isidro y felizmente acá no me a matar ningún choro de mierda, pensaba. Caminaba y me empezaba a faltar el aire, pero no por el asma. El llanto era tan profundo que me consumía. Llegué a un lugar que no conocía. Estaba lleno de árboles y casi no habían bancas. No, no era el Olivar. ¿Dónde mierda estoy? Pensaba. Mi cuerpo no aguantaba más. El alcohol y la maratón que me había corrido estaban jugando en mi contra. Caí casi sin vida bajo un árbol, en plena oscuridad de la madrugada. Dejé de llorar. El mundo se paralizó en ese momento. Sólo podía escuchar su respiración, cómo se iba desacelerando, cómo sus manos dejaban de temblar y las lágrimas caían solas, sin ningún esfuerzo. Vivía por inercia. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué se había escapado?
El teléfono volvió a sonar. Y ella atendió sin decir palabra alguna.

- Te amo, Olivia. Te amo.
- No te merezco.
- Te amo.
- Okay
- Te amo, ¿me escuchas? Te amo y no puedo ver cómo te destruyes
- No he hecho nada, Alfredo. Estoy viva. Estoy jodidamente viva.
- ¿Quieres morirte?
- ¿Para qué querría vivir?
- ¿Me amas?
- ¿Qué es amar? Tú estarías bien sin mí. Estarías mejor.
- Sabes que mi hermano es policía, ¿no? ¿Quieres que  le pida su pistola? Yo se la pido.
- ...
- Yo se la pido, Olivia. Y te vas a la mierda si quieres.
- Me mato. Me voy a la mierda. Y tú también puedes irte a la mierda si quieres. 
- Okay
- Nos vamos a la mierda, Alfredo. Esta relación de mierda se va a donde pertenece.
- Okay
- ¿Para eso me llamas?
- Okay
- Okay
- Te odio
- Me odias porque no te ruego para que vivas. Porque eres una engreída de mierda. Quédate donde quiera que estés. Ya eres lo suficientemente grande para estas cosas y yo lo suficientemente maduro como para aguantarlas. Haz lo que te plazca. 
- Okay.

La noche se la comía entera a ella y a sus ganas de morir. Caprichosa de mierda, soy una caprichosa de mierda. Ojalá que Alfredo me deje y así se me pase toda la huevada. Estoy harta de quererme morir. Estoy harta de estos ataques de pánico. Entonces recordó. 
Estaba a punto de tomar el taxi de regreso a casa cuando sonó mi celular.

- ¿Aló?
- ¿Con Alfredo por favor?
- No estoy con él ahora, ¿quién habla?
- Soy Claudia, ¿tú quién eres?
- Su novia. 
- Ah. Mucho gusto, Olivia. Quería saber cuándo va a ir Alfredo a visitar a Marianita.
- ¿Marianita?

Ahí fue cuando me lo contó todo. Era a penas media noche y yo ya estaba tirada en plena av. La Marina llorando como una magdalena mientras me imaginaba los ojos de Marianita, la hija de Alfredo y Claudia. Resultó todo ser verdad, cuando llamé a la mamá de Alfredo haciéndome pasar por Claudia. Todos lo sabían. Todos se burlaron de mí. 
No sé cómo mi mente lo borró todo. No sé cómo lo suprimió todo. Pero ya estaban ahí los recuerdos, las palabras exactas que me dijo aquella mujer al teléfono. Y ya estaba ahí mi tajador del delineador de ojos. Y ya estaban ahí mis uñas desarmándolo. Y ya estaba ahí yo, desvaneciéndome viendo los hermosos árboles. Y ahí estaba yo, viendo luces de ambulancia mientras veía cómo rebuscaban mi bolso en busca de un documento de identidad.

Desperté con las muñecas atadas en una cama de hospital. En qué hospital de mierda habré venido a parar. Ha venido Claudia con Marianita a verme. Yo creo que quieren que termine por matarme de verdad. Denme más sedantes que no puedo más.