sábado, 4 de mayo de 2013

Como siempre

Me quedé sentada mientras veía cómo mi cigarrillo se consumía, tal cual mi vida. El humo se perdía entre la neblina y entre mis pensamientos, y juro que nunca me sentí tan confundida como aquel día.
Mi celular sonó. Era mi madre, como siempre. No contesté. Me paré y decidí tomar ese bus que me dejaba en la puerta de su departamento. No sabía muy bien porqué, ni para qué, simplemente alcé mi mano y paré el bus, que abrió sus puertas con sus pasajeros mirándome de pies a cabeza, como siempre.
Tomé asiento al lado de la ventana, como siempre, mientras veía cómo el paisaje se iba muriendo conforme avanzaba el carro. Saqué un libro y me puse a leer sin realmente entender nada, pues estaba pensando en demasiadas cosas y en nada en realidad, como siempre. El camino era largo, tal vez por eso me gustaba visitarle, porque siempre me gustaron los caminos largos en bus, como quien no hace nada y hace mucho a la misma vez. No sé. 
Ya faltaban cinco minutos para llegar a su casa, y de pronto me embargó la misma duda que me embargaba cada vez que iba a visitarle. ¿Y si no está? ¿Y si está ocupado? ¿Y si está acompañado de alguien más bella que yo? ¿Y si no quiere verme? Las manos comenzaron a sudarme, como siempre. Pero, como siempre también, me arriesgué a que me tirase un puertazo en la cara y me dejara más sola que hace dos horas.
- Bajo en el paradero, por favor. - Dije levantándome como quien  no lleva ningún peso encima.
Como siempre, era la única que le decía por favor al cobrador del bus. Y como siempre también, era la que llevaba la vida más triste y monótona del mundo. Puta mierda.
Ya había oscurecido y me empezaban a entrar los nervios. ¿Y si me asaltan? ¿Y si me secuestran? Mi alter ego paranoico sobresalía y me quitaba esa paz en la que estuve mientras fumaba confundida. 
Toqué el intercomunicador. Como siempre, él abrió el portón de abajo sin preguntar quién era. Subí los dos pisos lentamente, preguntándome en silencio si le desagradaría mi sorpresa, si quizás no estaba muy bien arreglada, si quizás no me había puesto demasiado perfume, si quizás estuviera con alguien más allí. Lento pero seguro, seguí subiendo. Dos gradas antes de llegar, lo vi parado en la puerta con cara de desconcierto.
- ¿Sam? - Dijo sonriendo confundido.
- Hola - le dije dándole un beso en la mejilla - me acordé de ti y decidí venir a visitarte. ¿Estás ocupado?
- Justo ya terminé de hacer unas cosas. Pasa - dijo tomándome de la cintura - qué rico hueles.
Bueno, al menos dos de mis preguntas habían sido ya respondidas. No estaba ocupado y sí me había puesto suficiente perfume. 
Me senté en el sofá mientras él me contaba algo a lo que no presté mucha atención. Estaba más ocupada observando aquel departamento, sintiendo aquel olor tan único de su sala, sintiendo todo el amor volver a mí. Se sentó a mi costado.
- ¿Y? Qué novedades Sam.
- Nada, pues, hoy no tuve clases en la universidad.
- ¿Cómo te va?
- Bien, me gusta bastante lo que hago, ¿a ti cómo te va?
- Bien.
Él nunca hablaba de cómo estaba. Me contaba de las cosas que hacía, de cómo las hacía y hasta de porqué las hacía. Sin embargo cuando le preguntaba cómo estaba, siempre me respondía que estaba bien, y nada más. Lo raro era que, como siempre, me hacía sentir una alegría inmensa escucharlo decir que estaba bien. Pues, según yo, él nunca me mentía. Él era él, y eso lo hacía perfecto.
Me sirvió una copa de vino y apagó la luz. Nos sentamos a oscuras a conversar, a fumar, a tomar vino, a ser inmensamente felices. Él disfrutaba de mi compañía tanto como yo la de él, o al menos eso quería pensar.
Nos acostamos en su cama a seguir conversando. Casi había olvidado el olor de aquella habitación. Ese olor que nunca volví a sentir en ningún otro lado. Me moría de amor. Nos echamos mientras yo le contaba algo y él me escuchaba muy atento, como siempre. Luego, como siempre, me abrazaba y lentamente juntábamos nuestros labios. Pero qué suaves eran sus labios, ya casi lo había olvidado también. Sus labios me hacían sentir como en casa. Sus labios eran el lugar en el que me quería quedar para siempre.
- Qué bonita estás - me dijo despacito.
- Gracias...
- No agradezcas. 
¡Cómo lo amaba! Pasamos aquella noche juntos, y al amanecer del día siguiente, me sentí sola de nuevo. Sola pero tan tranquila, tan contenta.
Él me contaba cosas, como si la noche anterior no hubiese significado nada. Como siempre. Tomé mi abrigo y le dije que ya me iba. Me acompañó al paradero, como siempre. Y partí.
Volví a aquel parque. Me senté. Prendí un cigarrillo y vi cómo el humo de éste se confundía con la neblina de aquella nueva tarde de soledad. Estaba inmensamente feliz, pero inmensamente triste también. ¿Cómo se puede estar feliz y triste a la misma vez? Pues no sé. Supongo que al conocerlo uno puede experimentar sentimientos extremos y opuestos, y aún así encontrarlos hermosos. Él tiene ese don. 
Pero al final, aquella noche, dormí con una enorme sonrisa en el rostro. Como siempre.