lunes, 18 de agosto de 2014

Una Polaroid para sus ojos cafés

Bajé del tren y lo primero que vi fueron sus ojos. Fue aquella la primera vez que entendí aquella frase que alguna vez leí. Aún entre un mar de gente, yo buscaría sus ojos. Él me sonrió mientras se abría paso entre la gente que gritaba nombres de personas que no conocía ni quería conocer. Él me sonrió, a mí y sólo a mí. Yo corrí como una loca - una loca enamorada - a sus brazos, a llenarle la cara de besitos húmedos llenos de mis lágrimas y de todo el amor que me había contenido por esos cuatro meses sin verlo. Después de dejarle la cara bien besada y mojada, y de un cómo te extrañé mi amor, él me tomó por la cintura y me dijo "¿nos vamos?" Y ahí fue que me di cuenta que ya estaba jodida, lo amaba con tanta pasión que sin él me hubiese muerto en ese momento. No sé cómo sigo con vida.
Él había rentado un pequeño departamento en el centro de Roma, y se había dejado la barba. Sus ojos, más cafés que nunca, me insinuaban que tendría una gran noche de bienvenida. Nuestros amigos llegarían a la ciudad al día siguiente, así que teníamos el departamento para nosotros dos todo el día y nada me podía hacer tan feliz como eso, sumado con su piel canela y su cabello tan café como sus ojos. 
Saqué la Polaroid que papá me había regalado antes de volver a Italia, junto con un "cuidate mucho hijita" de mi mamá. Palabras que, por cierto, mi papá nunca pudo pronunciar. Por eso me regalaba tantas cosas, porque nunca supo decir te quiero. O porque, quizá, nunca me quiso.
Me encantaba besarlo en las fotos, como quien deja por siempre el recuerdo de un eterno amor juvenil. Yo tenía 23 y él 27, y nunca habíamos estado tan bien juntos.
Aquella noche hicimos el amor hasta el amanecer. Nos saqué muchas fotos besándonos, comiendo, sonriendo. Le saqué fotos a esos ojos tan oscuros que iluminaban mi alma. Y me preparé para la llegada de nuestros amigos, y la fiesta que vino con ella.

Cerré el álbum de fotos con lágrimas en los ojos. Aún lo amaba, mi corazón aún pedía a gritos sus labios y mis manos acariciaban al aire con la esperanza de encontrar su vientre en algún lado del departamento. Yo seguía ahí, en la vieja Roma. ¿Dónde estaría él? Manteníamos contacto esporádicamente, para decirnos que nos queríamos y que todo estaba bien. Que él la amaba y que todo estaba bien. Que yo estaba sola y muriéndome de tristeza y que todo estaba bien. Lo de siempre, palabras entre líneas. Nos habíamos dejado de decir las líneas pequeñas del contrato de amor que firmamos sin pensar. A veces pensaba en qué habría pasado si nos hubiésemos casado aquel día, a escondidas de nuestros padres. Quizá aún estaríamos juntos, y despertaríamos como antes. Con los ojos legañosos y llenecitos de amor para dar. Quizá él aún me haría masajes antes de hacer el amor. Quizá aún le haría pasta, y almorzaríamos a las 7 p.m. Pero cómo es la vida de injusta, que me dejó sola en un departamento en el que cabían dos.
Deseaba nunca haber tenido una polaroid, y nunca haber tenido unos ojos cafés tan oscuros que me iluminaran el alma. Deseaba olvidarlo, sin embargo ahí estaba en ese sofá, como cada 19 desde que él se fue, llorando a mares por un hombre que hace tiempo dejó de llorar por mí.