martes, 9 de septiembre de 2014

Orégano

Hay momentos en los que la vida se te resume en unas cuantas imágenes. Y no porque estés muriendo en realidad, al menos no físicamente. Hay momentos en los que desearías volver el tiempo atrás con tantas pero tantas fuerzas que logras sentir cómo se estruja tu corazón y pareciera que tu garganta quiere explotar en mil. Hay momentos en los que la vida se te resume en unas cuantas imágenes. Y no porque estés muriendo en realidad, aunque desearías estarlo. 

Todo lo que yo quería en ese momento era despertar y que todo fuera una pesadilla, mi vida no podía ser tan patética. Había superado todos mis límites, todititos. De pasar de ser la envidia de todas, a dar lástima. De ser esa estúpida a la que todos le dicen "date tu lugar". De esas pobres chicas que dan pena. Esa era yo, y todo lo que yo quería en ese momento era despertar y que todo fuera una pesadilla. 
La repetición era algo cotidiano, repetía frases a cada momento. No por algún tipo de compulsión, sino porque quería restarles significado. Las repetía todo el tiempo a ver si así, quizá, dejaban de ser tan reales. Sin embargo mientras más las repetía más se me hundía el corazón y más me quería morir. Era un rito estúpido y masoquista, pero supongo que siempre fui así. Estúpida y masoquista.

Todo lo que podía pensar era en que nunca supe darme mi lugar, nunca aprendí a quererme. Dejé que él pensara que yo era una persona sana, una persona cuerda, alguien que sabía lo que hacía. Pero cualquier persona en su sano juicio habría sabido que de cuerda yo no tenía un gramo. Quizá él también estaba un poco loco, después de todo, para jugar así conmigo, con ella, con todos. Quizá por eso los dos nos llevábamos tan bien, porque ambos estábamos un poco locos.
Sin embargo y después de todo, ¿quién era la que estaba sola llorando sobre un cubre cama rosa? Yo. ¿Quién fue siempre la que terminó en las mismas cuatro paredes llorando? Yo. Al final de todo, la única que salió siempre perdiendo fui yo. Él siempre tenía la habilidad de zafarse, como uno de esos grandes predadores, de esos que el hombre no puede cazar. Él era el predador y yo el hombre indefenso, que se maravillaba ante él pero a la vez le temía. Él era el predador y podía matarme cuando quisiera, pero se divertía jugando un rato conmigo. 


Siempre fui su libro favorito en la repisa. Pero, ¡vamos! ¿Quién quiere leer el mismo libro para siempre? Él no, obviamente. Él tenía otros libros, convertía un nuevo libro en su favorito y cada que podía, me echaba una ojeada a ver si todo estaba en orden, si él seguía siendo mi dueño favorito. Pero mis páginas terminaron por mancharse, la tinta se terminó corriendo y me volví ilegible. Me perdí. 

Todo lo que yo quería en ese momento era despertar y que todo fuera una pesadilla, mi vida no podía ser tan patética. Había vaciado en una taza con agua hirviendo todo el orégano que pude encontrar, y lo tomaba con asco. Amargo, desagradable. Era como beber a la decepción en una taza de cerámica, Y repetía las palabras una y mil veces, esperando que el dolor de pecho se fuera. Y me preguntaba, ¿tan insignificante fui toda mi vida? Nunca fui lo suficiente para nadie, nunca fui lo suficientemente buena para nadie que yo amara. Siempre salía lastimada, siempre me hacían daño. Y no es que haya amado alguna vez tanto a alguien como lo amé a él. Jamás.
Nunca fui suficiente y eso me ardía en el estómago. Jamás logré ser lo suficientemente bonita, inteligente, amable, o lo que fuera que ellos buscaran en alguien. Siempre encontraban a alguien mejor, un libro mejor, una presa mejor. Excepto por mi madre, claro. Ella nunca pudo encontrar un libro mejor, y por eso sufrió tanto. La decepción hecha carne, esa era yo. Y ahora, esa decepción que era yo, estaba en el debate más grande de su vida. Dejar vivir, o dejar morir. Jugar a ser Dios nunca había sido tan triste. 


Tragué un sorbo más de ese asqueroso té.
Yo lo habría leído para siempre, jamás habría escogido otro libro. A pesar de sus páginas, algunas ilegibles. Jamás habría escogido otro libro.

Yo lo habría leído para siempre. 
Tragué el último sorbo de decepción.