domingo, 9 de noviembre de 2014

Me acuerdo

Me acuerdo cuando los sábados me quedaba a dormir en casa de mis abuelos. El domingo en la mañana, acompañaba mi abuelo a comprar el pan, mientras que mi abuela preparaba la leche y ponía la mesa. A las 10 de la mañana, llegaba  mi mamá con tamales o con chicharrón y camote frito. Mientras tanto, mi abuelo me preparaba únicamente a mí chocolate caliente batido. Desayunábamos. Era perfecto, sólo las tres personas que más amaba en la vida, y las tres que más me amaban. Mi abuelo, mi abuela, y mi bella madre.
Eso fue hasta los 11 años, hasta que mi abuelo enfermó. Los domingos ya no habían tantos desayunos matutinos, mi mamá ya no llevaba chicharrón, y mi abuelo ya no me llevaba al mercado a comprar.
Me acuerdo cuando los domingos, en las tardes, mi mamá nos llevaba a mis abuelos y a mí a almorzar a algún lugar lindo y caro, preferiblemente cerca al mar. Mi abuela adora el mar. Y hablo en presente, porque espero que nunca se le vaya ese gusto, pero sobre todo, porque espero que nunca se vaya de este mundo. Luego de almorzar, volvíamos a casa de mis abuelos y veíamos alguna película en la sala.
Yo era tan feliz, y ni siquiera lo sabía. Era tan feliz aquellos sábados en la noche, en los que mi abuelo, mi abuela y yo nos sentábamos en la cama y nos poníamos a jugar Casino. Era tan feliz cuando mi abuelo hacía trampa, pero igual mi abuelita siempre ganaba.
Me acuerdo cuando los sábados en la noche, mi abuelo nos calentaba la cena a mi abuelita y a mí y nos sentábamos a comer viendo el noticiero. Luego de eso, nos poníamos pijama. Yo siempre usaba algún pijama de mi abuelita, por lo general uno rosado con un lazo en el centro. Nos sentábamos los tres en el cuarto y nos poníamos a ver noticias.
Yo era tan feliz, y ni siquiera lo sabía. Era tan feliz cuando mi abuelita me rascaba la espalda y yo fingía dormir mientras ellos veían el noticiero. Era tan feliz cuando, a la mañana siguiente, mi abuelo silbaba desde el primer piso de la nueva casa.
Me acuerdo cuando los sábados en la tarde, yo regresaba de la casa de mi papá. Mi abuelo me recibiía siempre gritando "¡Francesca!", con el mismo tono con el que silbaba los domingos en la mañana cuando mi mamá estaba en Italia, para que bajemos a desayunar. Mi abuelita me veía y su cara se ponía tan sonriente, sus ojos japoneses brillaban.
Yo era tan feliz, pero ellos también eran muy felices.
Eso fue hasta los 12 años, hasta que mi abuelo finalmente falleció después de haber estado hospitalizado. Después de aquel día, ningún domingo fue tan familiar. No hubieron más sábados de Casino, ni de trampas, ni de bailes. Nunca más acompañé a mi abuelo a comprar pan, Nunca más lo volví a escuchar silbar desde el primer piso, nunca más lo vi alegrarse y gritar "¡Francesca!"
Mi nombre nunca volvió a sonar tan bonito en otros labios que no fueran los de él.

Hoy no duermo más los sábados en la casa de ellos. Los domingos ya no hay desayunos familiares, ni salimos a almorzar cerca al mar los cuatro juntos. Mi abuela, sin embargo, se sigue alegrando al verme. Sus ojos japoneses siguen brillando con la misma intensidad, aunque con mucha más nostalgia cada semana que pasa. Ya no los veo tres días a la semana, ahora sólo la veo unas horas.

Yo era tan feliz, y ni siquiera lo sabía. Y ahora sólo me queda seguir, con el vacío del mejor abuelo del mundo, y con el temor de perder a la mejor abuela del mundo, y a la mejor madre del mundo. Yo era tan feliz, y ahora no lo soy. Cómo quisiera volver a ser niña.

Jueves 9 de Octubre del 2014  2:49 a.m.