viernes, 13 de noviembre de 2015

Sobre el dolor

"La vida sigue", suelen decir. Hoy esa frase me ha dado vueltas en la cabeza una y otra vez. ¿La vida sigue? ¿Qué me confirma que la vida sigue? Algunos podrán decir que un nuevo amanecer lo confirma, pero esto es algo muy general. Demasiado general para responder a una frase que supuestamente se le dice a una persona que está con algún dolor emocional. 

Entonces me puse a pensar, ¿qué es la vida?
Sin volverme existencial llegué a la sencilla conclusión de que la vida es vivir. Y que vivir implica una cantidad equis de cosas. Y digo equis porque, así como algunos disfrutan de cada pequeña cosa de la vida, otras disfrutan apenas de unas cuantas. Es aquí cuando me doy cuenta de que en el momento en que esas cosas que antes te gustaban han perdido su encanto, es cuando has dejado de vivir. Y no me refiero a vivir como sinónimo de "tener vida" o "estar vivo", porque estar vivo nunca ha sido suficiente. No para mí, al menos. Me refiero a despertar y de verdad querer estar despierto.
Sin embargo, y aclarando, este es sólo mi concepto.


El problema de la vida - y esta vez hablo en sentido general - es que siempre encuentra la manera de sabotear tu felicidad. Sí. No es que sea pesimista (o quizás sí lo soy); es que nunca he podido dejar de ver a la vida como una maldita montaña rusa. Yo sé que muchos la comparan con eso, pero en verdad no sé si entienden completamente lo que eso conlleva.
A mí me gustan las montañas rusas, me gustan los nervios de cuando está por arrancar, la adrenalina de la velocidad, de estar en lo más alto y verlos a todos tan pequeñitos, la sensación en el estómago en los descensos rápidos. Me gustan. Es irónico que no encuentre divertida - no en momentos de dolor, al menos - la analogía vida - montaña rusa. 


Hay veces en las que se muere alguien, te rompen el corazón, te peleas con tu mejor amigo, con tus viejos, con quién sea; en las que sientes que tu vida llegó a su fin. No literalmente - espero -, pero sientes que cada bocanada de aire que tomas es como un puñetazo en la garganta, que unas manos gigantes te estrujan el estómago, que te va a dar un infarto en cualquier momento. Al menos así me siento yo.

Cuando algo - o alguien - me duele, se me cae el mundo. Y creo que una de las principales razones tiene que ver muchísimo con los planes. Los planes. Los malditos planes.
Cuando estoy bien, suelo hacer muchísimos planes. Los haga sola o en compañía, estos son la gasolina que me mantiene en funcionamiento. Estas promesas tácitas de que lo bueno va a durar, de que tiene que durar para poder cumplirlos. Pero la realidad es que muchas veces no duran. O al menos no he tenido la suerte de que duren. Cada que un plan ha tenido la suficiente fuerza emocional como para que agradezca un amanecer, la vida, el destino, o mi autosabotaje interno, han decidido que es tiempo de que algo se termine, se rompa, o se destruya, y que este plan termine en la papelera de reciclaje. Sí, en la papelera de reciclaje. Porque, como muchas personas, siempre guardo esperanzas de poder reconstruirlos.

Yo puedo sobrevivir a un dolor. Sí puedo. Mas a la vida no le basta con uno sólo, no señor. Ella te manda uno tras otro, como si uno no fuese suficiente. Te manda mil. Te acribilla. 

El estar adolorida emocionalmente es agotador. Porque no te queda más gasolina, tu existencia hace ese molesto ruido de un auto que no enciende. Tú no enciendes. Y en ese momento, no estás con vida. En ese momento todas las flores del mundo se marchitan, el sol se opaca, los chistes hacen que nazcan las partes sociópatas en ti, la gente te duele. 

Podría escribir y seguir escribiendo sobre esto. Ese es el tema con el dolor. Que nunca se puede hablar suficiente, porque nunca es suficiente. Aparentemente nunca es suficiente dolor. No hay límites de sufrimiento emocional, y la vida te trata como se le da la reverenda gana.

Honestamente no creo que la vida continúe cuando uno está triste. Más bien, pienso que se estanca. Se queda ahí, quietecita, hasta que en algún momento llegue alguien y te eche gasolina, o consigas fuerzas para echártela tú mismo.  

Mientras tanto, estoy aquí. Oliendo la gasolina tan de cerca, pero sin tener fuerzas para tomarla. Porque tomarla implicaría hacer planes nuevamente.Implicaría retomar el ciclo. Y es agotador.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Hasta pronto, Avellaneda (Fanfic La Tregua, Benedetti)



1984

Jueves 21 de Setiembre

Hoy mientras Blanca y yo desempolvábamos viejas cajas encontré este diario. Mis manos temblaron al cogerlo. No sé si es la vejez o la cantidad de dicha y desatino que éste lleva.

Sábado 22 de Setiembre

Blanca ha encontrado el carnet de Avellaneda.
No se ve tan hermosa como la recuerdo.

Domingo 23 de Setiembre

Han pasado 25 años desde que Avellaneda murió. Hace tanto que nadie la menciona, que nadie le hace honor a sus piernas flacas ni a su poca gracia.

Nunca logré saber si nos llegamos a quemar en ese fuego que ella anhelaba tanto de sus padres. Pobrecita, de haber sabido que su padre no era su padre, y que su madre le había armado todo un cuentillo para que no perdiera la fe en la vida. De nada sirvió, pues la vida perdió la fe en ella.
Ahora que sé que no queda mucho tiempo, no puedo sino concluir este diario haciéndole honor a Avellaneda, a mi Avellaneda, escribiendo algo que juré llevaría a mi tumba, que sería incorruptiblemente Mío. Pues lo sigue siendo, amor.

Aquel día tu madre me contó todo, detalle a detalle. Mi corazón le pedía que parase, que se callara, que no aguantaba más el dolor de escucharla llamarte Laura y no Avellaneda, que me partía la vida estar parado viendo tu fotografía en la pared sabiendo que no volverías a ser mía. Pero yo si fui tuyo, aún estos veinticinco años sin ti. He seguido siendo tuyo.

“Laura ya estaba enferma” Empezó a contar tu madre. Sentí mis rodillas temblar al oír esa primera frase. No sabía si en verdad estaba listo para oír el resto. No sabía si la traición del no saber que estuve contigo mientras estabas mal y no lo disfruté como debía nublaría mi entendimiento. “Aquel día llegó con el jarabe para la tos que usted le había comprado. Tenía una sonrisa cansada. Fue ahí cuando me di cuenta que la estaba perdiendo. La estaba perdiendo a ella también. El jarabe lo llevó a su habitación y lo puso sobre una mesita. Ese jarabe fue lo último que vio. Supongo que lo representaba a usted, qué se yo. Laura se quiso guardar eso, y la entiendo.
Ese día no probó bocado, sólo me dio un beso en la frente y se fue a acostar. Fue al día siguiente que todo comenzó a empeorar. No se podía levantar, pero ella decía que estaba bien. Me prometía que iba a mejorar. Ahora creo que se lo estaba prometiendo a usted.
Ese día sólo se levantó para cenar, mi esposo y yo estábamos preocupados. Pero ella seguía repitiendo que estaría bien. Todos, sin embargo, sabíamos que no era así.
El 18 me habló de usted. Fui llevándole un mate y ella me pidió que me sentara. Así lo hice. ‘Lo amo’, fue lo primero que me dijo. ‘Lo amo y no puedo hacerle esto. Quisiera estar en nuestro departamento, ¿sabés? Lo necesito. Me está matando más el saber la tristeza que le voy a causar que la propia enfermedad. ¿Vos creés que debería contarle a papá?’ Yo tontamente le respondí que no, que era mejor que no. Tenía esperanza de que mejorara. Ahora le pido disculpas. Disculpas por haberle arrebatado aquel momento. Pero si algo le puedo asegurar es que, aunque no estuvo presente, ella le dedicó cada segundo de sus últimos días.” Tuve que concientizar mi respiración por unos cuantos segundos. Casi me da un infarto. Ojalá me hubiera dado un infarto. “El viernes el médico llegó a verla. Nos dijo que su pronóstico no era positivo. Sentí que volvía a perderlo a él, ¿sabe? Como ya le mencioné, Laura era lo único que me quedaba suyo y el perderla era perderlo nuevamente. Una pérdida triple. Sé que sueno egoísta. En fin, a usted no debe interesarle esto. El médico nos dijo eso afuera de su habitación, pero estoy segura que lo escuchó. Cuando entré tenía los ojos llorosos. Estaba jugando con una llave, supongo que la de su apartamento. Por un momento se me ocurrió ir y buscarlo, hasta se me pasó por la mente llevarla. Pero mi esposo lo iba a impedir. Y, aún después de ese sombrío y asqueroso diagnóstico, yo aún tenía esperanza de que mejorase. No me va a alcanzar la vida para disculparme con usted, señor Santomé.
El sábado estaba volando en fiebre, se pasó toda la noche en cama. Deliraba, por momentos se despertaba diciendo Martín Santomé, Martín, o Santomé. Llamé a su oficina pero no me alcanzó el coraje para hablar con usted, y colgué al instante. Cuánto lo siento. Apenas a la media noche cayó dormida la pobre.
El domingo fue el peor día. Yo desperté a las seis de la mañana para ir a verla, pero cuando entré mi sorpresa fue enorme. Estaba saliendo de la ducha, con el cabello aún mojado. Casi me da un infarto de verla con el cabello goteando. ‘He mejorado, mamá. Voy a la oficina. Tengo que verlo. Tengo que decirle que estoy bien y que todo va a estar bien. ¿Ya ves mamá? Te lo dije’. Quedé tan impresionada que lo único que hice fue correr y tomar la primera toalla que encontré y secarle el cabello. Le dije que estaba bien, que iría a verlo pero que debía desayunar primero. Los últimos días había tomado apenas unas cucharadas de sopa y algunos sorbos de mate. Ella accedió. Se le veía contenta, tan contenta que mi esposo y yo nos asustamos un poco. Pero era un susto lleno de satisfacción. Era como si nos hubiésemos ganado la lotería. Sentía que mi esperanza no había sido en vano, sentía mi culpa desvanecerse. Ella lo vería a usted, le diría que sólo fue un resfrío y seguirían con su vida y construirían un futuro”.  Y construirían un futuro. Y construiríamos un futuro. Tenía ganas de reírme en su cara, de reírme tan fuerte que mi alma pudiese absorber por un segundo esa asquerosa esperanza de la que me contaba. “Tuvo un apetito voraz aquella mañana. Mi esposo estaba contento, se le veía en la cara. Tan contento que cuando Laura le pidió permiso para ir a la oficina él le dijo que sí. Pero la felicidad no le duró mucho, pues segundos después entró en razón y le dijo que no. Que era mejor que se quedase descansando. Yo accedí, ambos pensábamos que ella estaría mejor al día siguiente, y que la opción más segura era que se quedase reposando y que vaya a verlo a usted al día siguiente. Claro que mi esposo no sabía de usted en ese sentido, él sólo pensaba que Laura quería disculparse con usted por sus consecutivas faltas. Nos pasamos la tarde charlando, cuando mi esposo se fue ella me contó las últimas cosas que ustedes habían pasado. Me sentía alegre de que ella tuviese la oportunidad de vivirlo a usted, de vivir su amor, sus años, sus caricias.  ‘Antes de enfermar le escribí una carta. No sé bien si era una carta de despedida. No creo que jamás pueda despedirme de él. Era más bien una carta de disculpas. Le pedía perdón por dejarlo así, por no acompañarlo en sus años. Pero ya no es necesaria’. Le pregunté qué había hecho con ella, a lo que me respondió que la había guardado. ‘La guardé junto con el jarabe para la tos. ¿Vos creés que a papá le caería bien Martín? Yo creo que sí. Los dos son tipos serios, él es muy inteligente. Sé que a papá le caería bien. Ya no me da miedo contarle. Me siento segura, mamá. Me quiero casar con él. ¿Me das tu bendición? Yo sé que a él le da miedo. Nunca pude decirle que no me daba miedo. No lo hice por mi enfermedad, pero ahora estoy segura. Siento que nuestras vidas van a cambiar a partir de mañana, cuando vaya a verlo’. ¿Usted cree en los milagros?” Ya no sé en qué creo, señora, respondí. “Yo ese día creí en los milagros. Hoy no creo en Dios, y si en verdad existe pues tengo unas cuantas cosas que decirle.
Aquella noche comimos y reímos a más no poder mientras contábamos anécdotas antiguas. A la mañana siguiente no despertó más. La encontré con la cabeza en dirección a la mesita, donde, como ya le dije, estaba aquel jarabe que usted le compró. El médico dijo que los pacientes mejoran antes de morir. Algo como la madrugada, que se pone más oscura justo cuando va a amanecer”. Avellaneda amaneció, pero no en mis brazos. Cómo quisiera que hubiese amanecido en mis brazos.

Luego de eso me entregó la carta. “Le daría el jarabe también, pero la enterramos con eso. Mi esposo no entendía, pero no importa. Lo dejé como un secreto entre Laura y yo”.
Ojalá me hubiese dado la carta antes.

Hace veinticinco años que me morí junto con ella. Pero ahora espero morirme por completo, ya no falta mucho. Me ha alcanzado el día para escribirte esto, amor. No pensé vivir tanto, no pensé encontrarte a mis cuarenta y nueve años y perderte a mis cincuenta. No pensé que la vida pudiese tener y perder tanto el sentido en tan poco tiempo. Lo cierto es que te amé, y cada día sin ti te he amado con un vacío en el pecho, en el despertar, en el caminar. No he vendido el apartamento, espero que Blanca se lo venda a alguien que valga la pena.

Al final tuve razón. Lo que me contó tu madre fue, es, y seguirá siendo por siempre Mío. Hasta pronto, Avellaneda. Espero poder encontrarte allá. Si es que hay un allá.



Te amo.

viernes, 17 de julio de 2015

Hasta que se enfríe el café

Te he esperado sentada tanto tiempo,
Que ya ni recuerdo cómo caminar...
Mis pies aprendieron a obedecerle sólo
al sonido de tus pasos sobre la madera de esa casa antigua
Que tantos cuentos nos ha guardado;
Y estas putas manos entumecidas 
Que te suplican que vuelvas,
Aunque sea por un minuto.
Si quieres, te puedes quedar a cenar
No será nada especial;
pueden ser mis entrañas en una bandeja de plata...
                                    Total, de nada me sirven si no estás.

Te puedo invitar un café,
y espero me disculpes
si no está tan amargo
como esa mirada previa
a decir que ya te tienes que ir.


                                   Te espero recordando las constelaciones de tu espalda,
cayendo en el agujero de tu voz
como ratón en una trampa...
una y otra vez;
Obstinada por volverte a tener un amanecer más,
peleándome con el tiempo y con la razón.
Con esa maldita voz que me dice
que es momento de volverte a olvidar;
esa maldita voz que aturde mis sentidos,
y los llena de realidad.
Pero ya es hora,
Nuevamente.

Olvidarte se hizo mi deporte favorito,
convertí en habilidad esto de creer que estoy mejor sin ti,
para dos segundos después
desear tus manos en mis caderas,
y tu aliento sabor miel calentando mi nuca.
Tu cuerpo siempre fue la mejor calefacción
para mis rodillas temblorosas
y mis pies helados,
que tanto adorabas calentar.

Ven y toca mis manos,
que no sé qué es sentir desde que te volviste a ir.
Ven, así sean las cuatro de la mañana.
O las cinco.
O las seis.
Pues mi corazón no sabe de horarios
cuando se trata de tu nombre.
Y no te preocupes si te he olvidado ya,
pues sólo necesitas susurrarme.
Despacito.
                         Con cariño,
Para tenerme nuevamente.
Hasta que se enfríe el café.
Y, quizás, tú también;
y decidas que ya tuviste suficiente de mí.

Te espero sentada;
                                                                         Mientras te olvido de a poquitos.



domingo, 12 de julio de 2015

El desastre que soy



Hay días en los que despierto sin saber quién soy,
Ni donde estoy.
Hay días en los que no puedo levantarme de la cama,
Todo me pesa, todo me duele, todo me quema.
A veces lloro en la mitad de un libro,
O con una frase de alguna película romántica.
Siempre fui un poco más sensible de lo normal,
Un poco tonta, ilusa, ingenua;
Porque siempre creí cuando alguien me dijo te quiero,
Les creí a mis ojos,
Cuando me dijeron que tú eras lo que yo quería ver
Cada mañana, cada noche, cada tarde;
Les creí a mis manos,
Cuando me dijeron que tu piel me haría tiritar cada día por el resto de mi vida;
Le creí a mi nariz,
Cuando me dijo que el olor de tu pelo al levantarte me gustaba más que el olor del café recién pasado;
También les creí a mis oídos,
Cuando me susurraron que tu voz era la que me guiaría a casa;
Y qué decir de mis labios
Que te besaron incesantemente hasta adormecerse,
Y aún dormidos no podían despegarse de tu boca,
Pensando tontamente que moriría ahí, con tu saliva en mis labios,
Con tu voz grabada en mi celular, diciéndome que me querías,
Con el olor de ese suéter que te regalé en tu cumpleaños,
Con tus manos tomándome de la cintura, con tanta propiedad...
Y lo peor de todo, con tus ojos sonriéndome tan frescamente día a día.
Pensé que moriría contigo. Mañana, o en cincuenta años, no importaba realmente.
¡Ah, qué bella era la vida cuando tenía esperanzas!
Sin embargo hoy todo es más denso.
Desperté un día…
Y deseé no haber despertado,
Deseé con todas mis fuerzas no tener que cepillar mi cabello nunca más,
Deseé por un breve instante, nunca haberte conocido;
Porque de no haberlo hecho,
Quizás aún tendría fuerzas para levantarme,
Quizás podría pasar la comida sin sentir siempre que tengo un nudo atorado en medio de la garganta,
Y que ese maldito nudo tiene tu nombre, apellido, dirección y número de teléfono.
Pero bueno… ¿a qué iba?
Iba a que me pesa caminar y pensar que nunca encontraré a nadie que me quiera.
Que me quiera así, digo.
Que me quiera aun cuando no consigo del todo quererme a mí misma…
Tengo la piel seca y las uñas quebradas,
Lloro cada noche, cada que llueve y cada que no,
No sé cuántos años han pasado desde que no estás.
Quizá fue ayer, quizá hace cincuenta años. No importa realmente,
Porque no es a ti a quién extraño.
Es a mí.
Extraño quién yo era cuando estaba contigo.
Extraño sentirme hermosa al caminar,
Extraño bailar en las calles y saber que alguien siempre tendría la respuesta a esa ecuación que no podía resolver.
Extraño que me consuelen y me reconforten con una mirada.
Extraño ser feliz,
Y no  el desastre que soy ahora.
Soy ese desastre que toma café a las tres de la mañana
Porque la madrugada no significa más que otro día que se va.
O que empieza, qué importa si total no he conseguido nada.
Soy una mirada triste en el alba,
Y una lágrima en el atardecer.
La que abandona porque la han abandonado,
Y se quiere de vez en cuando...
Pero siempre es más cuándo que alguna vez.
Soy ese desastre que camina mirando al piso,
Porque los ojos de la gente sólo le recuerdan
que es más el dolor de lo que no tiene que de lo que es,
y que hay más guerras en su cabeza que en cualquier parte del mundo.
Pero este es el desastre que soy ahora
Y la verdad que no me importa mucho ahora que lo pienso
Pero aun así me pregunto
Si alguien logrará aceptar el desastre que soy
Como lo he llegado a hacer yo.



sábado, 30 de mayo de 2015

-         

 ¿A dónde vas?
-      –  No sé – respondí mientras caminaba rápidamente.

No sabía bien a dónde iba, lo único que sí sabía era que iba hacia algún lugar lejos de él y de su mirada punzante.

Las nubes se habían oscurecido y casi podía sentirlas siguiéndome, como la mala suerte que me había acechado desde que lo conocí. Él había sido ese perro negro que te muerde mientras le das de comer, y yo siempre había sido ese gato que te araña cuando lo tratas de acariciar. Éramos incompatibles desde el inicio de los tiempos, pero cómo amábamos destruirnos.

Seguí caminando con la enorme tristeza del saber que él no iba detrás de mí esta vez. Las casas se volvían más tristes y viejas, el sol huía de mí mientras las primeras gotas de lluvia caían avisándome que esta sería una noche tristísima. Justo hoy me olvidaba el paraguas, justo hoy que no podía amar la lluvia porque él ya no me amaba más. Justo hoy llovía sobre mí la realidad de ser una eterna navaja que corta lo que quiere tener más cerca.

Me perdí en mi mente por unos segundos y cuando reaccioné me di cuenta de lo terrible de mi inconsciencia. Había aparecido – casi mágicamente, debo decir – en la iglesia en la que me propuso matrimonio. Me quedé parada bajo ella, sintiéndome chiquitita y viendo hacia arriba. Ella me miraba imponente y cachosísima, como quien te dice ja ja, tu vida es una mierda. Y sí que mi vida era una mierda, al menos desde que fui tan ilusa de pensar que algún día me llegaría a casar. Y en esa iglesia, todavía. Ella seguía allí, mirándome, mostrándome esa cruz gigante como si fuese un gran dedo medio, y esas puertas más cerradas que la mente de la persona con la que ya no me iba a casar. Enorme, marrón y muy burlona me miraba esa iglesia de mierda. ¿Cómo es que llegué aquí?

Me senté en una banca que encontré casi frente a ella a esperar. A esperarlo. Miraba para todos lados, pensando que quizá aparecería en alguna de las cuatro esquinas que me rodeaban, que quizá vendría por mí a decirme que en verdad me quería a pesar y además de todo. Cada hombre que pasaba lo confundía con él. Los confundía a todos para luego darme cuenta que ninguno tenía su piel morena y sus ojos negros, y mezclar gotas de lluvia con lágrimas en mi rostro. 


Quizá no debí irme de esa manera. Quizá no debí dar por sentado que un anillo en la mano derecha significaba que él vendría tras de mí por el resto de mi vida. Quizá no debí aparecer en esta iglesia de mierda, carajo. Quizá debía aceptar que lo nuestro se había acabado ya hace tiempo, y que aunque él nunca me pidió que le devolviese el anillo, este ya había perdido todo su valor desde que, hace dos años, me fui y él tampoco vino por mí.


La cruz de esa iglesia me seguía mirando, esta vez insinuándome que era la representación de la tumba que él había cavado en mi corazón.

domingo, 22 de marzo de 2015

Así se ven los sueños rotos

Te levantas una mañana y los rayos de sol ya no te hacen feliz. Te estás quemando la pierna y la persiana de mierda que no cierra. 
Tienes una ballena azul al pie de tu cama. Pero tú simplemente no la quieres ver. Así se siente.


Aquella mañana me sentía como ese profesor de matemáticas, que sabía las respuestas a los problemas y sin embargo no podía decirlos. No en voz alta, al menos. Me sentía como el avestruz, intentando que mis problemas no me vean. El asunto es que yo seguía allí. Los problemas seguían allí. Toda la mierda seguía allí. Y no quería decirlo en voz alta. 



Me vi en el espejo y vi unas ojeras que sobresalían incluso con mi fallido bronceado. Vi una cola de caballo deshecha por las mil vueltas que me di al dormir anoche. Vi un granito en la frente y otro en la mejilla derecha. Vi tristeza. 



Mi cuarto era un desastre, tenía toda mi vida regada por el piso y no era capaz de recogerla. Mi teléfono tenía muchos mensajes sin leer, pero ninguno era de él. Tenía muchos mensajes, pero ninguno de mis mejores amigas. Tenía muchos pretendientes, pero ninguno era él. Ninguno se le parecía si quiera un poquito. 



Sales de casa y todo lo que ves son caras, todo lo que ves son miradas que no significan nada para ti. Ves los autos pasar, las luces del semáforo cambiar. Y allí estás, parado en medio de la autopista esperando que un trailer pase sobre ti, preguntándote qué carajos has hecho mal si todo está bien. Es que esta gente de mierda, puta madre. Estás cansado de que te juzguen sin saber. Cansado de la gente que quiere hacerse la interesante, de los que asumen totalmente mal. De los que piensan que extrañas a tu ex si hablas de ella. Estás cansada de los que te dicen puta porque te comiste a alguien el fin de semana pasado. Estás cansado de los planes para el sábado, cuando sólo quieres dormir y ser un avestruz. 




Mis uñas se están despintando y no tengo ganas de pintarlas. Se acerca mi cumpleaños numero veintitrés, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Ya debería haber terminado la universidad. Pero sigo aquí. Buscando mensajes, intentando no pensar en lo que antes pensaba me hacía feliz. 



Caminas un poco encorvada, un poco ida. Ya no te importa mucho desenredar tus audífonos ni hacerte una cola de caballo para ir a la universidad. Tienes los mismos jeans que te pusiste ayer, pero ¿qué importa? Te ríes de un chiste que no da risa, pero da igual. Apagas el despertador sin esperar que vuelva a sonar. Te duermes sin esperar un buenas noches de alguien. Porque no tienes un alguien, o quizás si lo tienes. Pero tú no eres el alguien de tu alguien. Eres un corazón roto. Eres más que eso.



Soy un corazón roto. Un alma perdida. No sé si podría explicar lo que se siente ver tu vida, o lo que creías que era tu vida, resbalándose de tus manos, desmoronándose poco a poco y no sentirse capaz de hacer algo al respecto. Pero puedo explicar cómo se ve. Se divisa entre las voces entrecortadas, entre las carcajadas más fuertes de lo normal, entre los shots uno tras otro, entre lavar los platos sin que te lo pidan. Se ve en crecer. Así es como se ven los sueños rotos. Justo así.


martes, 13 de enero de 2015

Buenos días

6:48 a.m.

¿Qué estás haciendo?
Acabo de salir de la ducha y me preparo una taza de té. Aún en toalla, me siento en el borde de mi cama y miro el vacío, ignorando a la taza quemando la palma de mi mano.
Pensaba en lo que tenía que hacer en el día. Era muy extraño para mí estar despierta tan temprano por mi propia cuenta. Hacía mucho, mucho tiempo que no lo hacía. O quizá nunca lo hice. Siempre que despertaba temprano era porque tenía alguna obligación por cumplir. Pero esta vez era diferente, y se sentía tan extraño hacer cosas por mí misma. Sobre todo se sentía muy extraño hacer cosas para mí. Para mí y nadie más.
Ahí estaba. Sentada con una taza infantil sin que me importara realmente. Sintiéndome extraña. ¿Qué estaba haciendo?


7:35 a.m. 

Las cosas no pasan por algo.
Me recuesto y observo el techo. Podría quedarme así todo el día. Estar en toalla me da cierta tranquilidad, no sabría explicarlo. Sin embargo pienso y a pesar de sentirme bien, me siento tan triste. Profundamente triste. Pienso en todo lo que he perdido en los últimos meses, en lo mal que me ha ido. Es muy temprano para lamentarse, pero ahí estaba yo como siempre, dándole la contra a todo.
Me encuentro a mí misma diciéndome "las cosas pasan por algo, todo pasa por algo", para luego darme cuenta de lo mediocre que esto suena. ¿Por qué las cosas siempre tienen que suceder por alguna razón en especial? Entonces me di cuenta. Las cosas no pasan por ninguna razón en especial, no siempre al menos. El universo tiene cosas más importantes que hacer que conspirar para que a nosotros no nos pase algo. Quizá eso que nos molesta no habría pasado si hubiésemos hecho las cosas diferentes. Pero a la gente le encanta excusar sus desgracias. Todo es más fácil si le echamos la culpa a otra cosa. Pero dentro, muy dentro, sabemos que no es así. 
Entendí entonces que el consolarme diciendo que las cosas pasan por algo, en verdad era taparme los ojos y no aprender de mis errores nunca. 
Las cosas no pasan por algo. No siempre, al menos. 


8:16 a.m.

Reinventando. 
El cabello se me aclaró de nuevo. He llevado meses tratando de oscurecerlo. 
Me levanto de la cama automáticamente. Hoy no tengo ganas de nada, sin embargo quiero hacer las cosas. Pongo un poco de música y fabrico mis ganas de vivir nuevamente. Es difícil, para alguien con depresión, poder hacer todo lo que yo hago. He pasado tantos años hundida que creo que es hora de moldear una nueva yo, o al menos creérmelo. 


8:20 a.m.

Tranquila.
Todo va a estar bien. Todo va a estar bien si tú quieres que esté bien. Tranquila. Me lo repito una y otra y otra vez. Hoy va a ser un buen día. Hoy tiene que ser un buen día.