sábado, 30 de mayo de 2015

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 ¿A dónde vas?
-      –  No sé – respondí mientras caminaba rápidamente.

No sabía bien a dónde iba, lo único que sí sabía era que iba hacia algún lugar lejos de él y de su mirada punzante.

Las nubes se habían oscurecido y casi podía sentirlas siguiéndome, como la mala suerte que me había acechado desde que lo conocí. Él había sido ese perro negro que te muerde mientras le das de comer, y yo siempre había sido ese gato que te araña cuando lo tratas de acariciar. Éramos incompatibles desde el inicio de los tiempos, pero cómo amábamos destruirnos.

Seguí caminando con la enorme tristeza del saber que él no iba detrás de mí esta vez. Las casas se volvían más tristes y viejas, el sol huía de mí mientras las primeras gotas de lluvia caían avisándome que esta sería una noche tristísima. Justo hoy me olvidaba el paraguas, justo hoy que no podía amar la lluvia porque él ya no me amaba más. Justo hoy llovía sobre mí la realidad de ser una eterna navaja que corta lo que quiere tener más cerca.

Me perdí en mi mente por unos segundos y cuando reaccioné me di cuenta de lo terrible de mi inconsciencia. Había aparecido – casi mágicamente, debo decir – en la iglesia en la que me propuso matrimonio. Me quedé parada bajo ella, sintiéndome chiquitita y viendo hacia arriba. Ella me miraba imponente y cachosísima, como quien te dice ja ja, tu vida es una mierda. Y sí que mi vida era una mierda, al menos desde que fui tan ilusa de pensar que algún día me llegaría a casar. Y en esa iglesia, todavía. Ella seguía allí, mirándome, mostrándome esa cruz gigante como si fuese un gran dedo medio, y esas puertas más cerradas que la mente de la persona con la que ya no me iba a casar. Enorme, marrón y muy burlona me miraba esa iglesia de mierda. ¿Cómo es que llegué aquí?

Me senté en una banca que encontré casi frente a ella a esperar. A esperarlo. Miraba para todos lados, pensando que quizá aparecería en alguna de las cuatro esquinas que me rodeaban, que quizá vendría por mí a decirme que en verdad me quería a pesar y además de todo. Cada hombre que pasaba lo confundía con él. Los confundía a todos para luego darme cuenta que ninguno tenía su piel morena y sus ojos negros, y mezclar gotas de lluvia con lágrimas en mi rostro. 


Quizá no debí irme de esa manera. Quizá no debí dar por sentado que un anillo en la mano derecha significaba que él vendría tras de mí por el resto de mi vida. Quizá no debí aparecer en esta iglesia de mierda, carajo. Quizá debía aceptar que lo nuestro se había acabado ya hace tiempo, y que aunque él nunca me pidió que le devolviese el anillo, este ya había perdido todo su valor desde que, hace dos años, me fui y él tampoco vino por mí.


La cruz de esa iglesia me seguía mirando, esta vez insinuándome que era la representación de la tumba que él había cavado en mi corazón.