viernes, 17 de julio de 2015

Hasta que se enfríe el café

Te he esperado sentada tanto tiempo,
Que ya ni recuerdo cómo caminar...
Mis pies aprendieron a obedecerle sólo
al sonido de tus pasos sobre la madera de esa casa antigua
Que tantos cuentos nos ha guardado;
Y estas putas manos entumecidas 
Que te suplican que vuelvas,
Aunque sea por un minuto.
Si quieres, te puedes quedar a cenar
No será nada especial;
pueden ser mis entrañas en una bandeja de plata...
                                    Total, de nada me sirven si no estás.

Te puedo invitar un café,
y espero me disculpes
si no está tan amargo
como esa mirada previa
a decir que ya te tienes que ir.


                                   Te espero recordando las constelaciones de tu espalda,
cayendo en el agujero de tu voz
como ratón en una trampa...
una y otra vez;
Obstinada por volverte a tener un amanecer más,
peleándome con el tiempo y con la razón.
Con esa maldita voz que me dice
que es momento de volverte a olvidar;
esa maldita voz que aturde mis sentidos,
y los llena de realidad.
Pero ya es hora,
Nuevamente.

Olvidarte se hizo mi deporte favorito,
convertí en habilidad esto de creer que estoy mejor sin ti,
para dos segundos después
desear tus manos en mis caderas,
y tu aliento sabor miel calentando mi nuca.
Tu cuerpo siempre fue la mejor calefacción
para mis rodillas temblorosas
y mis pies helados,
que tanto adorabas calentar.

Ven y toca mis manos,
que no sé qué es sentir desde que te volviste a ir.
Ven, así sean las cuatro de la mañana.
O las cinco.
O las seis.
Pues mi corazón no sabe de horarios
cuando se trata de tu nombre.
Y no te preocupes si te he olvidado ya,
pues sólo necesitas susurrarme.
Despacito.
                         Con cariño,
Para tenerme nuevamente.
Hasta que se enfríe el café.
Y, quizás, tú también;
y decidas que ya tuviste suficiente de mí.

Te espero sentada;
                                                                         Mientras te olvido de a poquitos.



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