miércoles, 13 de julio de 2016

Mar

Tiemblo. La marea amenaza con subir pero no me importa. Se avecinaba una tormenta, y tampoco me importa. ¿Qué tormenta más grande que la que siento en mi interior? Un remolino de tristeza que me atora los oídos. Dentro de todo no está tan mal, pienso, al menos así no puedo oír nada, al menos así no hay palabras que me ardan en los ojos, al menos así siento un poco menos.
Estoy sentada en la orilla de una playa que bien podría ser Miraflores o Máncora, no sé si está desierta porque hace tiempo que la vista me empezó a engañar, y sólo puedo sentir las olas revolcarse con las piedras, como tú y yo, ¿recuerdas? Claro que sí.  Y cuando la niebla de mi pecho se llega a disipar un poco, saco el espejo de mano que dice Barcelona, ese que me regalaste en Madrid, cuando nada te importaba, cuando te arriesgabas por mí. Vi mis ojos inyectados en sangre, no supe si eran las lágrimas del mar o las gotas de lluvia entre mis pestañas, no supe si era tu ausencia o mi eterno vaivén.
Hay una roca alargada y filuda a mi lado, casi como un cuchillo. La cojo con fuerza, como si parte de mí quisiera aferrarse a ella, como si esperara que el viento no me arrastrase gracias a esta. 
He olvidado mi edad, he olvidado cuál es mi color favorito, si es que tengo uno. Lo único que puedo recordar es esa margarita que llevo en un libro de Cortázar. ¿Lo habré traido? Claro que lo traje, siempre lo cargo conmigo. Decidí en ese momento que no quería ser más una margarita en la tierra, que quería pertenecer al mar.
Me despojé de mis zapatillas llenas de barro y me fui adentrando poco a poco en el agua helada, con la margarita en la mano derecha y en la izquierda un puño cerrado lleno de pasado. Me adentré hasta que las piedras se volvieron arena, y hasta que la arena no rozó más mis pies, hasta que era sólo el agua, las olas, la margarita, mi pasado y yo. 

Una voz me despertó, o más bien dos. Me sentí asqueada al devolver todo el mar que llevaba en mi alma y tirarlo a la sucia arena.
"¿Cómo te llamas? ¿Sabes cómo te llamas?" me gritaba una voz que por más que intentaba, no se parecía a la suya. Estaba echada sobre mi lado izquierdo, con la mano abierta, vacía de pasado, vacía de mí. "Quizás no te escucha", decía otra voz un tanto más antipática.
"¿Puedes oírme? Estás bien, me llamo Marcelo. ¿Puedes decirme tu nombre?"
Me lamí los labios para poder vocalizar, y un extrañamente agradable sabor salado me llenó de energías. "Mar." respondí. 

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