martes, 1 de agosto de 2017

¿Ya me puedo quitar la escarapela?

Oficialmente nos encontramos en Agosto. He usado mi escarapela desde la quincena de Julio y en verdad no entiendo porqué. Supongo que quería resaltar lo último de patriotismo que quedaba escondido en algunas de las esquinas de mi cuerpo. 
Estuve pensando, todos estos días, en por qué las personas se enojan cuando un peruano se va a vivir a otro país, o usa jergas extranjeras. ¿Por qué les dicen alienados? ¿Por qué les dicen cobardes por "no quedarse en su patria"? ¿Honestamente les preocupa nuestra identidad cultural, o simplemente están envidiosos de no poder estar en su lugar? No estoy segura de ninguna de las respuestas, porque en mi caso, la única vez que le dije alienado a alguien, fue la vez en la que me moría de ganas de estar esquiando en otro lugar y no compartiendo memes en Facebook.


Escuchado llorar la guitarra de Los Morochucos, pensé en qué motivos me había dado mi Perú de amarlo, de sentirme orgullosa de decir "soy peruana"  (y no, no como paloma), de inflar mi pecho y cantar el himno nacional - el cual, por cierto, no me sé de memoria -.

Le deseé entonces felices fiestas patrias, a esos compatriotas que me dijeron gorda en el colegio, a aquellos hermanos peruanos que me dijeron fea a los 11 años, a esos grandes hinchas del país que me gritaron groserías en la calle y me hicieron sentir insegura desde los 12, a ese hermoso compatriota que me metió a un lugar y me quiso manosear, a esos representantes de nuestra nación que se dicen presidentes y que le han robado a mis padres, a mis abuelos y a los padres de mis abuelos... y que me robarán hasta el día en que muera. 


Felices fiestas patrias, le dije a mi alter-ego mientras preparaba un plato de pasta escuchando "Cuenta conmigo Perú"; escuchándoles decir que todos los peruanos somos hermanos y que debemos estar unidos... ¿Unidos? Hermanos unidos que protestan en plena Javier Prado en contra de la igualdad de derechos para la comunidad LGTBQ, pero unidísimos, eso sí. Hermanos unidos para defender la belleza de Machu Picchu, para decirle a los chilenos que el Pisco es peruano y a mucha honra, carajo; unidos hasta para evitar en conjunto ayudar a una persona a la que están asaltando. Todo lo hacemos en mancha, caray.

Este hermoso país que me vio nacer me ha llenado de penas. Este hermoso país que no me dio una educación psicológica, o sexual; sino que me enseñó que si uso falda estoy provocando y que si no quiero tener hijos entonces para qué vivo. Este hermoso país que me repitió durante toda mi infancia que como yo era blanca, seguro iba a conseguir el trabajo que quisiera. El que subestimó mi inteligencia por ser mujer, por ser de Miraflores, por no saber "nada de la calle". 


Pero hay algo que me ha dado mi Perú que no me lo habría dado ni Japón: amores. Este país me ha dado una mejor amiga chilena, la cual evitó que yo tuviera esa  tradición peruanísima de odiar a nuestro país vecino. Me ha dado un amor de novela. Me ha dado una madre limeñísima. Pero por sobre todo: me ha dado arte. 

La nostalgia natural del hombre peruano es lo que aún me mantiene ligada a sentir orgullo de mi país. Orgullosa de la literatura peruana, la belleza del cielo aburrido de Lima, de la neblina de Miraflores, de las construcciones del centro de Lima. 

No sé si estoy enamorada de mi país. Quizás del país como tal, sí. De su cultura, de su música, de su comida, de sus tradiciones y de su literatura. Pero no de la gente. Jamás me he sentido parte de ningún lado, jamás sentí que perteneciera totalmente en algún sitio. Jamás sentí ese calor que dicen algunos sentir al estar rodeados de compatriotas. Nunca. Pero quizás ese es problema mío, y en realidad no haya ningún problema con la gente del Perú. 
Quizás fui yo la que nunca aprendió a adaptarse y prefirió vivir en un país ficticio que empezaba por la Costa Verde y terminaba en mi subconsciente. 

En fin, que ya es primero de Agosto y creo que ya es momento de guardar mi escarapela, ¿no es lo que todos hacen? El orgullo peruano sólo dura el 28 y el 29. Felices no fiestas patrias.


(Fotografía: Renzo Salazar/ Perú 21)

domingo, 23 de julio de 2017

He vuelto.

Desde que tengo memoria, he tenido la mala costumbre de dejar cada cosa que empiezo. Siempre ha sido algo que escapaba de mis manos, de mis ojos, de mis dedos. Por más fuerza de voluntad que tuviese, por más motivada que estuviese, el período de enamoramiento con cualquier actividad nunca me ha durado demasiado – o al menos, lo suficiente -.

He regresado porque tengo muchas cosas que decir. Muchos sentimientos que siento se me acumulan en la garganta y a veces no me dejan hablar. Muchas represiones internas que necesito de alguna manera solucionar.
Se me pasó por la cabeza “¿y por qué no abro otro blog?”, pero inmediatamente pensé “¿para abandonarlo a los dos meses?”. Entonces regresé aquí. Este es el único lugar que no he dejado del todo desde que tengo trece años. Hace ocho años abrí este blog, escribiendo historias mal redactadas pero llenecitas de sufrimiento. Porque en eso se ha basado mi pubertad-adolescencia, en sufrir. Y no por las grandes desgracias que me pudieron haber pasado, pues estoy clara hay tantas personas que día a día la pasan peor; sino porque mi mente pone en primer plano todo aquello que me causa dolor, y deja para después lo bonito de mi vida. Pero bueno, esto no es algo que pasa siempre, al menos ahora.

Han pasado ocho años y regreso aquí después de 1 año con 10 días de no escribir. Después del bloqueo más grande que he sufrido desde que decidí que quería ser escritora y me metí a la universidad a estudiar cualquier otra cosa pensando que esto jamás se iría, que la inspiración me acompañaría como un lunar en el cuello que no me puedo sacar.

He vuelto porque tengo veintiún años y la fragilidad de mi alma se esconde tras el estrés universitario del día a día, tras el amor que siento, tras las pequeñas alegrías que he aprendido a sentir que merezco. He vuelto porque ya no soy la niña de trece que se quiere morir, sino la joven de veintiuno que lucha consigo misma para no tener trece de nuevo. Porque hay cosas que son parte de uno. Y Un Paraíso Aparte es parte de mi piel, es una de las pocas cosas que pueden definirme tal cual: ambivalente, ansiosa, depresiva, histriónica.

Pero… en letras pequeñas te cuento que he vuelto porque me siento sola. Porque ya no lloro como antes y las lágrimas se me acumulan como un nudo en el estómago cuando no tengo la mente ocupada. Porque no tengo amigos – y probablemente algo en mí no quiere tenerlos -. Porque aquí puedo ser yo misma y desatarme en oraciones que quizás no tengan coherencia.




Aquí estoy, nuevamente, completamente expuesta y vulnerable. Y estoy bien con eso.

miércoles, 13 de julio de 2016

Mar

Tiemblo. La marea amenaza con subir pero no me importa. Se avecinaba una tormenta, y tampoco me importa. ¿Qué tormenta más grande que la que siento en mi interior? Un remolino de tristeza que me atora los oídos. Dentro de todo no está tan mal, pienso, al menos así no puedo oír nada, al menos así no hay palabras que me ardan en los ojos, al menos así siento un poco menos.
Estoy sentada en la orilla de una playa que bien podría ser Miraflores o Máncora, no sé si está desierta porque hace tiempo que la vista me empezó a engañar, y sólo puedo sentir las olas revolcarse con las piedras, como tú y yo, ¿recuerdas? Claro que sí.  Y cuando la niebla de mi pecho se llega a disipar un poco, saco el espejo de mano que dice Barcelona, ese que me regalaste en Madrid, cuando nada te importaba, cuando te arriesgabas por mí. Vi mis ojos inyectados en sangre, no supe si eran las lágrimas del mar o las gotas de lluvia entre mis pestañas, no supe si era tu ausencia o mi eterno vaivén.
Hay una roca alargada y filuda a mi lado, casi como un cuchillo. La cojo con fuerza, como si parte de mí quisiera aferrarse a ella, como si esperara que el viento no me arrastrase gracias a esta. 
He olvidado mi edad, he olvidado cuál es mi color favorito, si es que tengo uno. Lo único que puedo recordar es esa margarita que llevo en un libro de Cortázar. ¿Lo habré traido? Claro que lo traje, siempre lo cargo conmigo. Decidí en ese momento que no quería ser más una margarita en la tierra, que quería pertenecer al mar.
Me despojé de mis zapatillas llenas de barro y me fui adentrando poco a poco en el agua helada, con la margarita en la mano derecha y en la izquierda un puño cerrado lleno de pasado. Me adentré hasta que las piedras se volvieron arena, y hasta que la arena no rozó más mis pies, hasta que era sólo el agua, las olas, la margarita, mi pasado y yo. 

Una voz me despertó, o más bien dos. Me sentí asqueada al devolver todo el mar que llevaba en mi alma y tirarlo a la sucia arena.
"¿Cómo te llamas? ¿Sabes cómo te llamas?" me gritaba una voz que por más que intentaba, no se parecía a la suya. Estaba echada sobre mi lado izquierdo, con la mano abierta, vacía de pasado, vacía de mí. "Quizás no te escucha", decía otra voz un tanto más antipática.
"¿Puedes oírme? Estás bien, me llamo Marcelo. ¿Puedes decirme tu nombre?"
Me lamí los labios para poder vocalizar, y un extrañamente agradable sabor salado me llenó de energías. "Mar." respondí. 

viernes, 1 de abril de 2016

Una madrugada más pensando en ti

Me he encontrado
una madrugada más
pensando en ti;
me he encontrado
pensando en tus dedos,
esos que recorren mi rostro
con tanta delicadeza,
como si fuera de porcelana,
como si me pudiese romper…
pero lo cierto, amor,
es que si tú me sostienes
no habrá parte de mí que se pueda quebrar.
Y descubrí que estas cuatro paredes
no me pueden proteger de extrañarte,
y que el viento me recuerda
que ya es otoño,
que ya podemos jugar a pisar hojas secas en la acera,
que me vas a quitar el frío por las noches,
así como me quitas el sueño cuando no estás.
Las ansias de sentir tu saliva entre mis labios
me pican en la piel,
las ganas que tengo de estrujarte
y decirte
que te he esperado,
que te espero,
y que gracias por estar aquí
– por favor no te vayas más-.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Sobre el dolor

"La vida sigue", suelen decir. Hoy esa frase me ha dado vueltas en la cabeza una y otra vez. ¿La vida sigue? ¿Qué me confirma que la vida sigue? Algunos podrán decir que un nuevo amanecer lo confirma, pero esto es algo muy general. Demasiado general para responder a una frase que supuestamente se le dice a una persona que está con algún dolor emocional. 

Entonces me puse a pensar, ¿qué es la vida?
Sin volverme existencial llegué a la sencilla conclusión de que la vida es vivir. Y que vivir implica una cantidad equis de cosas. Y digo equis porque, así como algunos disfrutan de cada pequeña cosa de la vida, otras disfrutan apenas de unas cuantas. Es aquí cuando me doy cuenta de que en el momento en que esas cosas que antes te gustaban han perdido su encanto, es cuando has dejado de vivir. Y no me refiero a vivir como sinónimo de "tener vida" o "estar vivo", porque estar vivo nunca ha sido suficiente. No para mí, al menos. Me refiero a despertar y de verdad querer estar despierto.
Sin embargo, y aclarando, este es sólo mi concepto.


El problema de la vida - y esta vez hablo en sentido general - es que siempre encuentra la manera de sabotear tu felicidad. Sí. No es que sea pesimista (o quizás sí lo soy); es que nunca he podido dejar de ver a la vida como una maldita montaña rusa. Yo sé que muchos la comparan con eso, pero en verdad no sé si entienden completamente lo que eso conlleva.
A mí me gustan las montañas rusas, me gustan los nervios de cuando está por arrancar, la adrenalina de la velocidad, de estar en lo más alto y verlos a todos tan pequeñitos, la sensación en el estómago en los descensos rápidos. Me gustan. Es irónico que no encuentre divertida - no en momentos de dolor, al menos - la analogía vida - montaña rusa. 


Hay veces en las que se muere alguien, te rompen el corazón, te peleas con tu mejor amigo, con tus viejos, con quién sea; en las que sientes que tu vida llegó a su fin. No literalmente - espero -, pero sientes que cada bocanada de aire que tomas es como un puñetazo en la garganta, que unas manos gigantes te estrujan el estómago, que te va a dar un infarto en cualquier momento. Al menos así me siento yo.

Cuando algo - o alguien - me duele, se me cae el mundo. Y creo que una de las principales razones tiene que ver muchísimo con los planes. Los planes. Los malditos planes.
Cuando estoy bien, suelo hacer muchísimos planes. Los haga sola o en compañía, estos son la gasolina que me mantiene en funcionamiento. Estas promesas tácitas de que lo bueno va a durar, de que tiene que durar para poder cumplirlos. Pero la realidad es que muchas veces no duran. O al menos no he tenido la suerte de que duren. Cada que un plan ha tenido la suficiente fuerza emocional como para que agradezca un amanecer, la vida, el destino, o mi autosabotaje interno, han decidido que es tiempo de que algo se termine, se rompa, o se destruya, y que este plan termine en la papelera de reciclaje. Sí, en la papelera de reciclaje. Porque, como muchas personas, siempre guardo esperanzas de poder reconstruirlos.

Yo puedo sobrevivir a un dolor. Sí puedo. Mas a la vida no le basta con uno sólo, no señor. Ella te manda uno tras otro, como si uno no fuese suficiente. Te manda mil. Te acribilla. 

El estar adolorida emocionalmente es agotador. Porque no te queda más gasolina, tu existencia hace ese molesto ruido de un auto que no enciende. Tú no enciendes. Y en ese momento, no estás con vida. En ese momento todas las flores del mundo se marchitan, el sol se opaca, los chistes hacen que nazcan las partes sociópatas en ti, la gente te duele. 

Podría escribir y seguir escribiendo sobre esto. Ese es el tema con el dolor. Que nunca se puede hablar suficiente, porque nunca es suficiente. Aparentemente nunca es suficiente dolor. No hay límites de sufrimiento emocional, y la vida te trata como se le da la reverenda gana.

Honestamente no creo que la vida continúe cuando uno está triste. Más bien, pienso que se estanca. Se queda ahí, quietecita, hasta que en algún momento llegue alguien y te eche gasolina, o consigas fuerzas para echártela tú mismo.  

Mientras tanto, estoy aquí. Oliendo la gasolina tan de cerca, pero sin tener fuerzas para tomarla. Porque tomarla implicaría hacer planes nuevamente.Implicaría retomar el ciclo. Y es agotador.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Hasta pronto, Avellaneda (Fanfic La Tregua, Benedetti)



1984

Jueves 21 de Setiembre

Hoy mientras Blanca y yo desempolvábamos viejas cajas encontré este diario. Mis manos temblaron al cogerlo. No sé si es la vejez o la cantidad de dicha y desatino que éste lleva.

Sábado 22 de Setiembre

Blanca ha encontrado el carnet de Avellaneda.
No se ve tan hermosa como la recuerdo.

Domingo 23 de Setiembre

Han pasado 25 años desde que Avellaneda murió. Hace tanto que nadie la menciona, que nadie le hace honor a sus piernas flacas ni a su poca gracia.

Nunca logré saber si nos llegamos a quemar en ese fuego que ella anhelaba tanto de sus padres. Pobrecita, de haber sabido que su padre no era su padre, y que su madre le había armado todo un cuentillo para que no perdiera la fe en la vida. De nada sirvió, pues la vida perdió la fe en ella.
Ahora que sé que no queda mucho tiempo, no puedo sino concluir este diario haciéndole honor a Avellaneda, a mi Avellaneda, escribiendo algo que juré llevaría a mi tumba, que sería incorruptiblemente Mío. Pues lo sigue siendo, amor.

Aquel día tu madre me contó todo, detalle a detalle. Mi corazón le pedía que parase, que se callara, que no aguantaba más el dolor de escucharla llamarte Laura y no Avellaneda, que me partía la vida estar parado viendo tu fotografía en la pared sabiendo que no volverías a ser mía. Pero yo si fui tuyo, aún estos veinticinco años sin ti. He seguido siendo tuyo.

“Laura ya estaba enferma” Empezó a contar tu madre. Sentí mis rodillas temblar al oír esa primera frase. No sabía si en verdad estaba listo para oír el resto. No sabía si la traición del no saber que estuve contigo mientras estabas mal y no lo disfruté como debía nublaría mi entendimiento. “Aquel día llegó con el jarabe para la tos que usted le había comprado. Tenía una sonrisa cansada. Fue ahí cuando me di cuenta que la estaba perdiendo. La estaba perdiendo a ella también. El jarabe lo llevó a su habitación y lo puso sobre una mesita. Ese jarabe fue lo último que vio. Supongo que lo representaba a usted, qué se yo. Laura se quiso guardar eso, y la entiendo.
Ese día no probó bocado, sólo me dio un beso en la frente y se fue a acostar. Fue al día siguiente que todo comenzó a empeorar. No se podía levantar, pero ella decía que estaba bien. Me prometía que iba a mejorar. Ahora creo que se lo estaba prometiendo a usted.
Ese día sólo se levantó para cenar, mi esposo y yo estábamos preocupados. Pero ella seguía repitiendo que estaría bien. Todos, sin embargo, sabíamos que no era así.
El 18 me habló de usted. Fui llevándole un mate y ella me pidió que me sentara. Así lo hice. ‘Lo amo’, fue lo primero que me dijo. ‘Lo amo y no puedo hacerle esto. Quisiera estar en nuestro departamento, ¿sabés? Lo necesito. Me está matando más el saber la tristeza que le voy a causar que la propia enfermedad. ¿Vos creés que debería contarle a papá?’ Yo tontamente le respondí que no, que era mejor que no. Tenía esperanza de que mejorara. Ahora le pido disculpas. Disculpas por haberle arrebatado aquel momento. Pero si algo le puedo asegurar es que, aunque no estuvo presente, ella le dedicó cada segundo de sus últimos días.” Tuve que concientizar mi respiración por unos cuantos segundos. Casi me da un infarto. Ojalá me hubiera dado un infarto. “El viernes el médico llegó a verla. Nos dijo que su pronóstico no era positivo. Sentí que volvía a perderlo a él, ¿sabe? Como ya le mencioné, Laura era lo único que me quedaba suyo y el perderla era perderlo nuevamente. Una pérdida triple. Sé que sueno egoísta. En fin, a usted no debe interesarle esto. El médico nos dijo eso afuera de su habitación, pero estoy segura que lo escuchó. Cuando entré tenía los ojos llorosos. Estaba jugando con una llave, supongo que la de su apartamento. Por un momento se me ocurrió ir y buscarlo, hasta se me pasó por la mente llevarla. Pero mi esposo lo iba a impedir. Y, aún después de ese sombrío y asqueroso diagnóstico, yo aún tenía esperanza de que mejorase. No me va a alcanzar la vida para disculparme con usted, señor Santomé.
El sábado estaba volando en fiebre, se pasó toda la noche en cama. Deliraba, por momentos se despertaba diciendo Martín Santomé, Martín, o Santomé. Llamé a su oficina pero no me alcanzó el coraje para hablar con usted, y colgué al instante. Cuánto lo siento. Apenas a la media noche cayó dormida la pobre.
El domingo fue el peor día. Yo desperté a las seis de la mañana para ir a verla, pero cuando entré mi sorpresa fue enorme. Estaba saliendo de la ducha, con el cabello aún mojado. Casi me da un infarto de verla con el cabello goteando. ‘He mejorado, mamá. Voy a la oficina. Tengo que verlo. Tengo que decirle que estoy bien y que todo va a estar bien. ¿Ya ves mamá? Te lo dije’. Quedé tan impresionada que lo único que hice fue correr y tomar la primera toalla que encontré y secarle el cabello. Le dije que estaba bien, que iría a verlo pero que debía desayunar primero. Los últimos días había tomado apenas unas cucharadas de sopa y algunos sorbos de mate. Ella accedió. Se le veía contenta, tan contenta que mi esposo y yo nos asustamos un poco. Pero era un susto lleno de satisfacción. Era como si nos hubiésemos ganado la lotería. Sentía que mi esperanza no había sido en vano, sentía mi culpa desvanecerse. Ella lo vería a usted, le diría que sólo fue un resfrío y seguirían con su vida y construirían un futuro”.  Y construirían un futuro. Y construiríamos un futuro. Tenía ganas de reírme en su cara, de reírme tan fuerte que mi alma pudiese absorber por un segundo esa asquerosa esperanza de la que me contaba. “Tuvo un apetito voraz aquella mañana. Mi esposo estaba contento, se le veía en la cara. Tan contento que cuando Laura le pidió permiso para ir a la oficina él le dijo que sí. Pero la felicidad no le duró mucho, pues segundos después entró en razón y le dijo que no. Que era mejor que se quedase descansando. Yo accedí, ambos pensábamos que ella estaría mejor al día siguiente, y que la opción más segura era que se quedase reposando y que vaya a verlo a usted al día siguiente. Claro que mi esposo no sabía de usted en ese sentido, él sólo pensaba que Laura quería disculparse con usted por sus consecutivas faltas. Nos pasamos la tarde charlando, cuando mi esposo se fue ella me contó las últimas cosas que ustedes habían pasado. Me sentía alegre de que ella tuviese la oportunidad de vivirlo a usted, de vivir su amor, sus años, sus caricias.  ‘Antes de enfermar le escribí una carta. No sé bien si era una carta de despedida. No creo que jamás pueda despedirme de él. Era más bien una carta de disculpas. Le pedía perdón por dejarlo así, por no acompañarlo en sus años. Pero ya no es necesaria’. Le pregunté qué había hecho con ella, a lo que me respondió que la había guardado. ‘La guardé junto con el jarabe para la tos. ¿Vos creés que a papá le caería bien Martín? Yo creo que sí. Los dos son tipos serios, él es muy inteligente. Sé que a papá le caería bien. Ya no me da miedo contarle. Me siento segura, mamá. Me quiero casar con él. ¿Me das tu bendición? Yo sé que a él le da miedo. Nunca pude decirle que no me daba miedo. No lo hice por mi enfermedad, pero ahora estoy segura. Siento que nuestras vidas van a cambiar a partir de mañana, cuando vaya a verlo’. ¿Usted cree en los milagros?” Ya no sé en qué creo, señora, respondí. “Yo ese día creí en los milagros. Hoy no creo en Dios, y si en verdad existe pues tengo unas cuantas cosas que decirle.
Aquella noche comimos y reímos a más no poder mientras contábamos anécdotas antiguas. A la mañana siguiente no despertó más. La encontré con la cabeza en dirección a la mesita, donde, como ya le dije, estaba aquel jarabe que usted le compró. El médico dijo que los pacientes mejoran antes de morir. Algo como la madrugada, que se pone más oscura justo cuando va a amanecer”. Avellaneda amaneció, pero no en mis brazos. Cómo quisiera que hubiese amanecido en mis brazos.

Luego de eso me entregó la carta. “Le daría el jarabe también, pero la enterramos con eso. Mi esposo no entendía, pero no importa. Lo dejé como un secreto entre Laura y yo”.
Ojalá me hubiese dado la carta antes.

Hace veinticinco años que me morí junto con ella. Pero ahora espero morirme por completo, ya no falta mucho. Me ha alcanzado el día para escribirte esto, amor. No pensé vivir tanto, no pensé encontrarte a mis cuarenta y nueve años y perderte a mis cincuenta. No pensé que la vida pudiese tener y perder tanto el sentido en tan poco tiempo. Lo cierto es que te amé, y cada día sin ti te he amado con un vacío en el pecho, en el despertar, en el caminar. No he vendido el apartamento, espero que Blanca se lo venda a alguien que valga la pena.

Al final tuve razón. Lo que me contó tu madre fue, es, y seguirá siendo por siempre Mío. Hasta pronto, Avellaneda. Espero poder encontrarte allá. Si es que hay un allá.



Te amo.

viernes, 17 de julio de 2015

Hasta que se enfríe el café

Te he esperado sentada tanto tiempo,
Que ya ni recuerdo cómo caminar...
Mis pies aprendieron a obedecerle sólo
al sonido de tus pasos sobre la madera de esa casa antigua
Que tantos cuentos nos ha guardado;
Y estas putas manos entumecidas 
Que te suplican que vuelvas,
Aunque sea por un minuto.
Si quieres, te puedes quedar a cenar
No será nada especial;
pueden ser mis entrañas en una bandeja de plata...
                                    Total, de nada me sirven si no estás.

Te puedo invitar un café,
y espero me disculpes
si no está tan amargo
como esa mirada previa
a decir que ya te tienes que ir.


                                   Te espero recordando las constelaciones de tu espalda,
cayendo en el agujero de tu voz
como ratón en una trampa...
una y otra vez;
Obstinada por volverte a tener un amanecer más,
peleándome con el tiempo y con la razón.
Con esa maldita voz que me dice
que es momento de volverte a olvidar;
esa maldita voz que aturde mis sentidos,
y los llena de realidad.
Pero ya es hora,
Nuevamente.

Olvidarte se hizo mi deporte favorito,
convertí en habilidad esto de creer que estoy mejor sin ti,
para dos segundos después
desear tus manos en mis caderas,
y tu aliento sabor miel calentando mi nuca.
Tu cuerpo siempre fue la mejor calefacción
para mis rodillas temblorosas
y mis pies helados,
que tanto adorabas calentar.

Ven y toca mis manos,
que no sé qué es sentir desde que te volviste a ir.
Ven, así sean las cuatro de la mañana.
O las cinco.
O las seis.
Pues mi corazón no sabe de horarios
cuando se trata de tu nombre.
Y no te preocupes si te he olvidado ya,
pues sólo necesitas susurrarme.
Despacito.
                         Con cariño,
Para tenerme nuevamente.
Hasta que se enfríe el café.
Y, quizás, tú también;
y decidas que ya tuviste suficiente de mí.

Te espero sentada;
                                                                         Mientras te olvido de a poquitos.