domingo, 23 de julio de 2017

He vuelto.

Desde que tengo memoria, he tenido la mala costumbre de dejar cada cosa que empiezo. Siempre ha sido algo que escapaba de mis manos, de mis ojos, de mis dedos. Por más fuerza de voluntad que tuviese, por más motivada que estuviese, el período de enamoramiento con cualquier actividad nunca me ha durado demasiado – o al menos, lo suficiente -.

He regresado porque tengo muchas cosas que decir. Muchos sentimientos que siento se me acumulan en la garganta y a veces no me dejan hablar. Muchas represiones internas que necesito de alguna manera solucionar.
Se me pasó por la cabeza “¿y por qué no abro otro blog?”, pero inmediatamente pensé “¿para abandonarlo a los dos meses?”. Entonces regresé aquí. Este es el único lugar que no he dejado del todo desde que tengo trece años. Hace ocho años abrí este blog, escribiendo historias mal redactadas pero llenecitas de sufrimiento. Porque en eso se ha basado mi pubertad-adolescencia, en sufrir. Y no por las grandes desgracias que me pudieron haber pasado, pues estoy clara hay tantas personas que día a día la pasan peor; sino porque mi mente pone en primer plano todo aquello que me causa dolor, y deja para después lo bonito de mi vida. Pero bueno, esto no es algo que pasa siempre, al menos ahora.

Han pasado ocho años y regreso aquí después de 1 año con 10 días de no escribir. Después del bloqueo más grande que he sufrido desde que decidí que quería ser escritora y me metí a la universidad a estudiar cualquier otra cosa pensando que esto jamás se iría, que la inspiración me acompañaría como un lunar en el cuello que no me puedo sacar.

He vuelto porque tengo veintiún años y la fragilidad de mi alma se esconde tras el estrés universitario del día a día, tras el amor que siento, tras las pequeñas alegrías que he aprendido a sentir que merezco. He vuelto porque ya no soy la niña de trece que se quiere morir, sino la joven de veintiuno que lucha consigo misma para no tener trece de nuevo. Porque hay cosas que son parte de uno. Y Un Paraíso Aparte es parte de mi piel, es una de las pocas cosas que pueden definirme tal cual: ambivalente, ansiosa, depresiva, histriónica.

Pero… en letras pequeñas te cuento que he vuelto porque me siento sola. Porque ya no lloro como antes y las lágrimas se me acumulan como un nudo en el estómago cuando no tengo la mente ocupada. Porque no tengo amigos – y probablemente algo en mí no quiere tenerlos -. Porque aquí puedo ser yo misma y desatarme en oraciones que quizás no tengan coherencia.




Aquí estoy, nuevamente, completamente expuesta y vulnerable. Y estoy bien con eso.